domingo, 29 de mayo de 2016
domingo, 22 de mayo de 2016
Duda razonable
Puede ser
que la gravedad
sea mentira,
la física nos
mantuvo engañados,
tantos años de
cabeza entre las nubes
de ojos vueltos
a la niebla
que heredamos
la ceguera en la sangre;
tanto que levantamos
la frente
mientras
alabamos la desgracia.
“Es soberbia una
roca sepultada
Y la poesía suena
igual al silencio”.
Talvez
la manzana de
Newton
se detuvo a la
altura de la rama
el mono
desciende del hombre
el mundo se
creó en un mes
el sol, durante
un año(o mil)
se desplaza
soberbio desamparado
en torno a un
planeta ridículo
que no Galilei,
NO se mueve.
Hielo a cien
centígrados,
la madera
descorre al diamante
cuando la llama
la abandona,
todo florece en
invierno,
el verano
desvanece la vida
la tierra, las
alas, los espejos.
Agosto 2012.
"A un niño que baila en el viento" - W.B. Yeats (1914)
Allí,
sobre la costa, baila;
¿por
qué ha de importarle
el rugido
del viento o del agua?
Y
despeina tu pelo
que las
gotas de sal han mojado;
por ser
joven, aún no has conocido
el triunfo
del necio, ni tampoco
perdiste
un amor tan pronto conquistado,
ni viste
al mejor trabajador muerto
con sus
gavillas sin atar.
Entonces,
¿por qué has de temer
al monstruoso
grito del viento?
Responsabilidades, 1914
domingo, 15 de mayo de 2016
Guy Fawkes
El pasado no deja marcas,
todo se resuelve en ¿odio y guerra?
¿qué odio y qué guerra?
Gira el planeta y golpea
cien, mil, un millón cerca del acero
tiran del gatillo y no apuntan, sin escape.
La batalla terminó pero no el humo
las heridas, el socorro, los escombros.
Aunque faltó poco para tenerlo todo,
se apagó como faro entre la niebla.
Sin secretos para guardar, son en vano los
poetas
cien, mil, un millón de palabras
tan vacías, tan sordas, tan grito bajo el
agua.
Ya cada cosa en su lugar,
inmóvil al fuego y la fuerza no alcanza,
jamás alcanzó.
La revolución es rutina.
de "Seis de copas" (Ed. Voces, 2008)
BURN BABY BURN!
domingo, 8 de mayo de 2016
"Cerveza" - videopoema de Charles Bukowski
BEER by Charles Bukowski from NERDO on Vimeo.
Cerveza
No sé cuántas botellas de cerveza
bebí mientras esperaba que
las cosas mejoraran.
No sé cuanto vino, whisky y
cerveza,
principalmente cerveza,
bebí después de haber roto
con una mujer,
esperando que el teléfono
sonara
esperando el sonido de los
pasos;
y el teléfono no suena
sino mucho más tarde
y los pasos no llegan
sino mucho más tarde.
Cuando el estómago se me sale
por la boca,
ellas llegan frescas como
flores en primavera:
-“¿Qué carajo hiciste?
Pasarán tres días antes de
que puedas metérmela”
Una hembra dura más,
vive siete años y medio más que
el macho,
y toma muy poca cerveza
porque sabe que es mala para
la silueta.
Mientras nos volvemos locos,
ellas están fuera, bailando y
riendo
con muchachos divertidos.
Bueno, hay cerveza
bolsas y bolsas de botellas
vacías de cerveza
y cuando levantas una se
desfonda,
y las botellas caen, rodando
entrechocándose,
derramando ceniza gris húmeda,
y cerveza vieja
o las bolsas caen a las 4 de
la mañana,
produciendo el único sonido
en tu vida.
Cerveza:
ríos y mares de cerveza
cerveza, cerveza, cerveza.
La radio pasa canciones de
amor,
mientras el teléfono
permanece en silencio
y las paredes se ciernen
y cerveza es todo lo que hay.
De “El amor es un perro del infierno” (Poemas: 1974-1977)
domingo, 1 de mayo de 2016
"La calle de los caídos: (la TV)" - Felipe Polleri (2013)
Extraído de "Todos los cuentos" (Irrupciones Grupo Editor, 2013)
(La TV)
Aparece el enano (carita de chiquilín
vicioso, puesta como un huevo gris en un nido negro) y saca un revólver
gigantesco, un revólver más grande que todo el supermercado.
Fundido en negro.
El conductor del programa, un viejo gordo,
teñido de castaño rojizo, anuncia “sangre” y “tiroteos” y “más, más y más”.
Corte.
Nina en la ducha se acaricia un hombro
desnudo y le sonríe a la cámara.
-Dicen que la sangre se lava con sangre. Yo
prefiero usar MACBETH: el-jabón-que-lava-hasta-la-sangre –dice Nina-. Siete de
cada diez ladrones de supermercado usan MACBETH. Favorece la cicatrización y
humecta la piel seca por la fiebre y el delirio. MACBETH es el jabón de los
malheridos, de los agonizantes.
Fundido en rojo.
Primer plano del revólver más grande que todo
el supermercado.
Primer plano de una bala.
Corte.
-Solo los muertos no usan MACBETH –agrega Nina,
y el camarógrafo recorre sus largas piernas hasta encontrarme (desnudo y
ensangrentado y muerto) en el piso de la ducha-. ¡NO TE MUERAS, RATA!
Fundido en rojo. Aparece el viejo teñido y
señala la pantalla gigante: Nina, con una escopeta, y yo, con ese revólver más
grande que el supermercado, acribillamos a dos guardias de seguridad y a una
cajera y a una familia que estaba haciendo el surtido y a tres consumidores
más. Y seguimos avanzando hacia el botín, parapetándonos en las góndolas y en
UNA JOVEN MADRE EMBARAZADA DE SIETE MESES. La policía, diez patrullas con
sirenas y armas largas, nos hace frente; los picamos finito. Después, nos
atacan las fuerzas armadas con aviones y lanzatorpedos…
En la última escena, Nina sonríe extasiada y
estira su largo brazo hacia una sola barra de jabón MACBETH y la besa y la
aprieta contra su gran corazón y su gran teta izquierda y, por supuesto, yo
salto de alegría.
(Ilustración: Toshio Saeki) - Ver más en http://art.vniz.net/en/saeki/
domingo, 24 de abril de 2016
"Milagro" - Raymond Carver (1989)
Van en un vuelo, desde el aeropuerto de Los Angeles
al
de San Francisco, los dos borrachos y semitumbados
después de haber sorportado la vista del juicio,
su segunda bancarrota en siete años.
¿Y quién sabe lo que se dijo, si se dijo algo,
en el avión, o quién lo dijo?
Podría tratarse únicamente de una acumulación
de los sucesos del día, o de años y años
de fracaso y corrupción lo que disparó la violencia.
Antes, dados la vuelta, crucificados y considerados
muertos, habían quedado igual que la
basura delante de la terminal. Pero
una vez dentro encontraron sus pertenencias,
se refugiaron en el bar del aeropuerto donde bebieron
sin parar dobles bajo un banderín que decía ¡Vamos Dodgers!
Estaban en curda, como de costumbre, cuando se sujetaron
los cinturones de sus asientos y, como siempre, dispuestos
a asumir que era la condición humana universal, esta batalla
entablada continuamente con fuerzas más allá de todo cálculo
fuerzas que superan la comprensión de los humanos.
Pero ella está trastornada. No lo puede soportar más
y pronto, sin una palabra, se vuelve
en su asiento y le da codazos. Le da puñetazos sin parar,
y él no hace nada. En el fondo sabe que lo merece
—lo que ella quiera hacerle— que merece
que le peguen por algo, que hay buenas
razones. Y todo este tiempo le sacude en la cabeza,
que se zarandea de un lado a otro, mientras los puños
de ella caen sobre sus orejas, sus labios, su barbilla, protege
su whisky. Se aferra al vaso de plástico como si, sí,
se tratara de un tesoro largo tiempo buscado que tiene
allí en la bandeja de delante.
Ella sigue así hasta que a él le empieza a sangrar la nariz,
y entonces la ruega que pare. Por favor, querida,
por el amor de Dios, basta. Es como si su súplica
llegara a la mujer igual que una débil señal de otra
galaxia, una estrella moribunda, pues eso es lo que es,
una señal codificada de otro tiempo y espacio
que pincha su cerebro, recordándole algo
tan perdido que se ha ido para siempre. En todo caso,
ella deja de pegarle, y vuelve a su copa. ¿Por qué para?
¿Acaso recuerda los años de vacas gordas
que precedieron a los de las flacas? Todas las historias
que han compartido, se unen unas a otras, ¿los dos
solos contra el mundo? Imposible. Si de verdad
recordara todo eso y los años hubieran caído
de golpe en su regazo
ella le habría matado allí mismo.
Puede que tenga los brazos cansados, y por eso pare.
Digamos entonces que está cansada. Por eso para. Toma
su vaso igual que si no hubiera pasado nada
aunque ha pasado, claro, y a él le duele la cabeza
y le da vueltas. Ella vuelve a su whisky
sin decir una palabra, ni siquiera las usuales
«cabrón» o «hijo de puta». Callada como una muerta.
Él está en silencio como un miserable. Levanta su vaso
con la servilleta bajo la nariz para contener la sangre
y vuelve lentamente la cabeza para mirar fuera.
Allá muy abajo, las lucecitas continuas de casas
suben y bajan por un valle de la costa. Allí
abajo es la hora de cenar. La gente se sienta a
mesas puestas, dan las gracias,
manos juntas bajo techos tan sólidos
que nunca volarán de sus casas—casas donde,
imagina él, viven personas honradas que comen, rezan
y cooperan unas con otras. Personas que, si se levantaran
de la mesa y miraran por las ventanas
del comedor, verían una luna llena de setiembre y
justo debajo, como un insecto con luz, el apagado resplandor
de un reactor. Se esfuerza para mirar más allá
del ala, hacia la miriada de luces
de la ciudad que se acercan rápidamente,
el sitio donde los dos viven con otros parecidos a ellos,
el sitio al que llaman su casa.
Pasea la vista por el avión. Hay más personas,
eso es todo. Personas como ellos mismos
en cierto modo, personas no completamente distintas
a ellos mismos —pelo, orejas, ojos, nariz, hombros,
genitales— Dios mío, hasta la ropa que llevan
es parecida, y está ese cinturón
que les sujeta por la cintura. Pero sabe que él y ella
no son como los demás, aunque le gustaría ser,
y a ella también le gustaría serlo.
La sangre empapa la servilleta. La cabeza llama y llama
pero no puede contestar. ¿Y qué diría si pudiera?
Lo siento ya no están aquí. Se marcharon,
hace años. Desgarran
el tenue aire nocturno sujetos por el cinturón, un marido
que sangra y su mujer, los dos tan quietos y pálidos que
podrían estar muertos. Pero no lo están, y eso es parte del
milagro. Todo esto es un paso de gigante más
en la misteriosa experiencia de su vida.
¿Quién podría haber previsto algo de esto años atrás
cuando, sujetando el cuchillo, hicieron
el primer corte profundo en la tarta de la boda?
Y luego el siguiente. ¿Quién lo habría escuchado?
Cualquiera que trajera semejantes noticias del futuro
habría sido echado a latigazos de la puerta.
El avión baja, luego se ladea bruscamente. Él le toca
el brazo. Ella le deja. Incluso le coge la mano.
Estaban hechos el uno para el otro, ¿o no? Es el destino.
Sobrevivirán. Aterrizarán y seguirán
juntos, alejándose de este terrible problema
simplemente lo tienen, deben tenerlo.
Sin embargo hay muchas cosas esperándoles, demasiadas
sorpresas desagradables, y pocas exquisitas. Y ahora
tienen que ocuparse de la sangre
de su cuello, de la mancha oscura
que destaca en el puño de la blusa de la mujer.
después de haber sorportado la vista del juicio,
su segunda bancarrota en siete años.
¿Y quién sabe lo que se dijo, si se dijo algo,
en el avión, o quién lo dijo?
Podría tratarse únicamente de una acumulación
de los sucesos del día, o de años y años
de fracaso y corrupción lo que disparó la violencia.
Antes, dados la vuelta, crucificados y considerados
muertos, habían quedado igual que la
basura delante de la terminal. Pero
una vez dentro encontraron sus pertenencias,
se refugiaron en el bar del aeropuerto donde bebieron
sin parar dobles bajo un banderín que decía ¡Vamos Dodgers!
Estaban en curda, como de costumbre, cuando se sujetaron
los cinturones de sus asientos y, como siempre, dispuestos
a asumir que era la condición humana universal, esta batalla
entablada continuamente con fuerzas más allá de todo cálculo
fuerzas que superan la comprensión de los humanos.
Pero ella está trastornada. No lo puede soportar más
y pronto, sin una palabra, se vuelve
en su asiento y le da codazos. Le da puñetazos sin parar,
y él no hace nada. En el fondo sabe que lo merece
—lo que ella quiera hacerle— que merece
que le peguen por algo, que hay buenas
razones. Y todo este tiempo le sacude en la cabeza,
que se zarandea de un lado a otro, mientras los puños
de ella caen sobre sus orejas, sus labios, su barbilla, protege
su whisky. Se aferra al vaso de plástico como si, sí,
se tratara de un tesoro largo tiempo buscado que tiene
allí en la bandeja de delante.
Ella sigue así hasta que a él le empieza a sangrar la nariz,
y entonces la ruega que pare. Por favor, querida,
por el amor de Dios, basta. Es como si su súplica
llegara a la mujer igual que una débil señal de otra
galaxia, una estrella moribunda, pues eso es lo que es,
una señal codificada de otro tiempo y espacio
que pincha su cerebro, recordándole algo
tan perdido que se ha ido para siempre. En todo caso,
ella deja de pegarle, y vuelve a su copa. ¿Por qué para?
¿Acaso recuerda los años de vacas gordas
que precedieron a los de las flacas? Todas las historias
que han compartido, se unen unas a otras, ¿los dos
solos contra el mundo? Imposible. Si de verdad
recordara todo eso y los años hubieran caído
de golpe en su regazo
ella le habría matado allí mismo.
Puede que tenga los brazos cansados, y por eso pare.
Digamos entonces que está cansada. Por eso para. Toma
su vaso igual que si no hubiera pasado nada
aunque ha pasado, claro, y a él le duele la cabeza
y le da vueltas. Ella vuelve a su whisky
sin decir una palabra, ni siquiera las usuales
«cabrón» o «hijo de puta». Callada como una muerta.
Él está en silencio como un miserable. Levanta su vaso
con la servilleta bajo la nariz para contener la sangre
y vuelve lentamente la cabeza para mirar fuera.
Allá muy abajo, las lucecitas continuas de casas
suben y bajan por un valle de la costa. Allí
abajo es la hora de cenar. La gente se sienta a
mesas puestas, dan las gracias,
manos juntas bajo techos tan sólidos
que nunca volarán de sus casas—casas donde,
imagina él, viven personas honradas que comen, rezan
y cooperan unas con otras. Personas que, si se levantaran
de la mesa y miraran por las ventanas
del comedor, verían una luna llena de setiembre y
justo debajo, como un insecto con luz, el apagado resplandor
de un reactor. Se esfuerza para mirar más allá
del ala, hacia la miriada de luces
de la ciudad que se acercan rápidamente,
el sitio donde los dos viven con otros parecidos a ellos,
el sitio al que llaman su casa.
Pasea la vista por el avión. Hay más personas,
eso es todo. Personas como ellos mismos
en cierto modo, personas no completamente distintas
a ellos mismos —pelo, orejas, ojos, nariz, hombros,
genitales— Dios mío, hasta la ropa que llevan
es parecida, y está ese cinturón
que les sujeta por la cintura. Pero sabe que él y ella
no son como los demás, aunque le gustaría ser,
y a ella también le gustaría serlo.
La sangre empapa la servilleta. La cabeza llama y llama
pero no puede contestar. ¿Y qué diría si pudiera?
Lo siento ya no están aquí. Se marcharon,
hace años. Desgarran
el tenue aire nocturno sujetos por el cinturón, un marido
que sangra y su mujer, los dos tan quietos y pálidos que
podrían estar muertos. Pero no lo están, y eso es parte del
milagro. Todo esto es un paso de gigante más
en la misteriosa experiencia de su vida.
¿Quién podría haber previsto algo de esto años atrás
cuando, sujetando el cuchillo, hicieron
el primer corte profundo en la tarta de la boda?
Y luego el siguiente. ¿Quién lo habría escuchado?
Cualquiera que trajera semejantes noticias del futuro
habría sido echado a latigazos de la puerta.
El avión baja, luego se ladea bruscamente. Él le toca
el brazo. Ella le deja. Incluso le coge la mano.
Estaban hechos el uno para el otro, ¿o no? Es el destino.
Sobrevivirán. Aterrizarán y seguirán
juntos, alejándose de este terrible problema
simplemente lo tienen, deben tenerlo.
Sin embargo hay muchas cosas esperándoles, demasiadas
sorpresas desagradables, y pocas exquisitas. Y ahora
tienen que ocuparse de la sangre
de su cuello, de la mancha oscura
que destaca en el puño de la blusa de la mujer.
"Un sendero nuevo a la cascada: últimos
poemas" (1989)
"La pena inevitable del ave"
domingo, 17 de abril de 2016
Canto ajeno I
Mentiré además mi nombre:
(Carlos también es el nombre de un muerto).
También es cierto que fui alguno,
anduve por los años ajeno a la marea,
los ojos esquivando la orilla también.
Mis huesos nunca se quebraron, ni lloré por amor,
codicié convicciones o cualquier adicción grave,
reflejé sombras, tuve dioses.
Camino todo el día con zapatos desatados
dentro de mi casa alquilada.
Tapo la luz con cortinas blancas,
muevo la luna para que ilumine el patio.
No fui a la guerra donde mataron a mi padre;
escuché en la plaza, un día festivo,
-no fui a su funeral-
que cayó de espaldas en el barro de una laguna
con la pistola cargada y un grito en la garganta.
Yo veo caer la lluvia desde mi ventana y elijo no salir,
releo lo que escribo, corrijo referencias, evito cargos por plagio,
elimino palabras, páginas enteras, apuro mi café a propósito
y presiento un poema que no habla de poesía.
"Las máscaras del modernismo"
domingo, 10 de abril de 2016
T.E. Hulme (1883 - 1917)
La obra completa de T.E. Hulme (Endon [Inglaterra] 1883; campo de batalla desconocido [Francia] 1917) consta de 5 (cinco) poemas. Fueron incluidos en la recopilación de los poemas breves de Ezra Pound "Personae" (Hiperión, 2007) "por camaradería; siguiendo una buena costumbre propia de la Toscana y de Provenza (...) por conveniencia, visto lo delgado de su tamaño y como rememoración, visto que evocan ciertas noches y encuentros de hace dos años (...)"
Vida y obra de Hulme son magníficos ejemplos a imitar en lo que a quehacer literario se refiere: leer mucho, escribir poco y morirse en una escaramuza de proporciones globales.
OTOÑO
Un
toque de frío en la noche otoñal,
salí
a dar una vuelta
y
vi la luna rojiza apoyada en una cerca
como
un granjero enrojecido.
Yo
no paraba de hablar, aunque cabeceaba,
y
en torno estaban las tristes estrellas
con
rostros blancos como niños de pueblo.
MANA
ABODA
La belleza es el tiempo indeleble, la vibración
estacionaria, el éxtasis
fingido de un impulso detenido incapaz de abandonar
su fin natural.
Mana
Aboda, cuya forma encorvada
es
en el cielo en círculo arqueado,
parece
quejarse siempre de un dolor desconocido.
Pero
un día le oí gritar:
“estoy
harto de las rosas y de los poetas cantores;
todos
vestidos con ropas que les quedan grandes”.
SOBRE
EL MUELLE
Sobre
el muelle tranquilo a medianoche,
enmarañada
en las desmesuras alturas de los cabos del mástil,
cuelga
la luna. Lo que parecía tan lejano
no
es más que una pelota olvidada por un niño después de jugar.
EL
TERRAPLÉN
(Fantasía de un caballero caído en una noche fría y
amarga).
Una
vez, encontré el éxtasis en la finura de los violines,
en
el brillo de tacones de oro sobre el duro pavimento.
Ahora
veo
que
la calidez es la materia misma de la poesía.
oh
Dios, empequeñece
la
vieja sábana del cielo devorada por las estrellas,
que
pueda envolverme en ella y descansar tranquilo.
CONVERSIÓN
Iluminado
el corazón, me adentré en el bosque del valle
en
la época de los jacintos,
hasta
que la belleza con traje perfumado
me
envolvió y sofocó. Estaba rodeado,
quieto
y privado de aliento
por
el encanto que es el eunuco propio de ella.
Ahora
atravieso el río definitivo
de
forma deshonrosa, en un saco, sin ruido,
como
cualquier turco fisgón atraviesa el Bósforo.
Leer más en:
https://solocantable.com/2014/09/18/prefacio-a-algunos-poetas-imaginistas-1915-de-amy-lowell-una-traduccion/
https://lombradelleparole.wordpress.com/tag/manifesto-imagista/ (italiano en el original)
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