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miércoles, 19 de febrero de 2025

Canto Ajeno - XXI

Cuando el difunto vuelve a la tierra

-donde siempre se vuelve-

la piel que era navaja estalla en una ceremonia verde

el pelo y las uñas siguen creciendo

las mujeres se llevan maquillaje y peinado

los hombres también,

nadie me dijo si los tienden con los zapatos puestos.

El gusano pelea el trofeo a las ratas

los huesos anidan a través de los años,

la carne se diluye primero

una masa uniforme al principio,

filtra a través de la madera después

como un rio quieto llovizna el suelo

adormece apenas la sed eterna del polvo.

domingo, 3 de julio de 2022

"Retrato del artista adolescente" (fragmento) - James Joyce (1916)

La dulce belleza de la palabra latina rozó la obscuridad de la noche con un roce más tenue y más persuasivo que el de la música o el de una mano de mujer. Y las almas de ambos quedaron aquietadas. A través de la obscuridad pasaba silenciosamente la figura de una mujer tal como aparece en la liturgia de la Iglesia: vestida de blanco, débil y esbelta como un muchacho, el ceñidor amplio y caído. Desde un coro distante llegaba su voz, frágil y de timbre agudo como la de un niño: primeras palabras de mujer que atraviesan por entre el misterio y el clamor de la pasión del Domingo de Ramos.
Et tu cum Jesu Galilaeo eras.
Y todos los corazones se sentían conmovidos y se volvían hacia aquella voz radiante como una estrella nueva, como una estrella que brillara con más claros resplandores hacia la mitad de las palabras, y más débilmente al expirar de la cadencia.
La canción cesó. Siguieron adelante mientras Cranly repetía el fin del estribillo haciendo resaltar el ritmo fuertemente:

Y cuando nos casemos,
¡oh, qué feliz la vida así!
Que amo a la dulce Rosie O'Grady
y Rosie O'Grady me ama a mí.

Eso sí que es verdadera poesía —dijo—. Eso sí que es verdadero amor.
Miró de lado a Stephen con una extraña sonrisa y añadió:
¿Crees que eso es poesía? ¿Comprendes el sentido de las palabras?
Lo que quiero es encontrar a Rosie primero —contestó Stephen.
Es fácil de encontrar —dijo Cranly.
El sombrero se le había calado hasta la frente. Se lo echó hacia atrás y bajo la sombra de los árboles pudo Stephen ver la frente pálida y encuadrada en la obscuridad de Cranly, y sus grandes y profundos ojos. Sí. Su rostro era hermoso, y su cuerpo fuerte y recio. Había estado hablando del amor maternal. Podía por tanto comprender los sufrimientos de las mujeres, la debilidad de sus cuerpos y de sus almas. Y sabría defenderlas con brazo fuerte y resuelto, e inclinar ante ellas su espíritu.
¡Partir, pues! ¡Era tiempo de partir! Una voz estaba aconsejando en voz baja al solitario corazón de Stephen, invitándole a partir y anunciándole que aquella amistad estaba tocando a su término. Sí: se iría. No podía luchar contra otro. Sabía bien cuál era su papel.
Probablemente -me iré —dijo.
¿A dónde? —preguntó Cranly.
A donde pueda —contestó Stephen.
Sí —dijo Cranly—. Te podría resultar difícil el vivir aquí ahora. ¿Pero es esa la causa de que te vayas?
Tengo que irme —contestó Stephen.
Porque creo —continuó Cranly—, que si no sientes ganas de irte, no te debes considerar arrojado como un hereje o un proscrito. Hay muchos buenos creyentes que piensan como tú. ¿Qué, te sorprende? La Iglesia no es el edificio de piedra, ni los curas, ni sus dogmas. La Iglesia es la masa total de los que han -nacido dentro de ella. No sé qué es lo que pretendes hacer en esta vida. ¿Es lo que me dijiste aquella noche que estábamos al lado de la estación de Harcourt Street?
Sí —contestó Stephen sonriendo a pesar suyo, ante aquella manía de Cranly de recordar ideas asociándolas siempre a sitios—. Sí: aquella noche en que perdiste media hora discutiendo con Doherty acerca del camino más corto para ir de Sallygap a Larras.
¡El muy alma de cántaro! ¿Qué sabe él del camino de Sallygap a Larras? O, mejor: ¿qué idea puede tener él de todo eso con aquella cochina bacinilla que Dios le ha dado por cabeza?
Se echó a reír sonora y ampliamente.
Bien —dijo Stephen—. ¿Te acuerdas de lo demás?
¿De lo que me dijiste? —preguntó Cranly—. Sí, me acuerdo. Descubrir una manera de vida o de arte, en la cual tu alma pudiera expresarse a sí misma con ilimitada libertad.
Stephen se quitó el sombrero en señal de asentimiento.
¡Libertad! —repitió Cranly—. Y sin embargo, no eres bastante libre para cometer un sacrilegio. Dime: ¿serías capaz de robar?
Primero pediría —contestó Stephen.
Y si no te dieran nada, ¿robarías? —Lo que pretendes —respondió Stephen— es que diga que los derechos de propiedad son provisionales y que en ciertas circunstancias no es ilegal el robar. Todo el mundo obraría en conformidad con esta creencia. He aquí la razón por la que no te he de contestar de ese modo. Pregúntale al teólogo jesuita Juan de Mariana, natural de Talavera, el cual te explicará en qué circunstancias te es lícito matar a tu rey y si es preferible el darle un bebedizo o untarle el veneno en el traje o en la silla de montar. Pregúntame a mí más bien si toleraría el que otros me robaran o si, dado que lo hicieran, sería capaz de exigir para ellos eso que según creo se llama el castigo del brazo secular. —¿Y serías capaz?
Creo —dijo Stephen— que ello me produciría tanto dolor como el ser robado.
¡Ya!… —dijo Cranly. Sacó su cerilla y se puso a limpiarse la juntura de dos dientes. Después, como sin darle importancia, dijo:
Dime, por ejemplo: ¿serías capaz de desflorar a una virgen?
Perdona —dijo cortésmente Stephen—, pero, ¿no es eso lo que constituye la ambición de la mayor parte de los hijos de familia?
¿Cuál es entonces tu punto de vista? —preguntó Cranly.
Esta última frase excitó el cerebro de Stephen: la sentía gravitar sobre su espíritu como una nube de humo de un olor acre y deprimente.
Mira, Cranly —dijo—. Me has preguntado qué es lo que haría y qué es lo que no haría. Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia.
Cranly le cogió por el brazo y le hizo girar tal como para hacerle volver hacia Leeson Park. Se echó a reír casi disimuladamente y oprimió el brazo de Stephen con un cariño de mayor en edad.
¡Astucia! —dijo—. Pero, ¿eres el mismo? ¿Tú, pobre poeta, tú?
Y tú has sido quien me lo ha hecho confesar —dijo conmovido por aquel contacto Stephen—, lo mismo que te he confesado tantas otras cosas, ¿no es cierto?
Sí, hijito —contestó Cranly, riéndose aún.
Me has hecho confesar los miedos que siento. Pero te voy a decir ahora cuáles son las cosas que no me dan miedo. No me da miedo de estar solo, ni de ser pospuesto a otro, ni de abandonar lo que tenga que abandonar, sea lo que sea. No me da miedo el cometer un error, aunque sea un error de importancia, un error de por vida, tan largo tal vez como la misma eternidad.
Cranly, serio de nuevo, retardó el paso y dijo:
Solo, completamente solo. No te da miedo de eso. Pero, ¿sabes lo que esa palabra quiere decir? No solamente el estar separado de todos los demás, sino más aún, el no tener ni siquiera un amigo.
Correré el riesgo —afirmó Stephen.
Y no tener ni aun aquel ser querido —dijo Cranly— que es para el hombre más que un amigo, más que el amigo más noble y fiel que en el mundo pueda existir.
Al hablar, parecía como si sus palabras estuviesen hiriendo alguna profunda cuerda de su propia alma. ¿Había hablado de sí mismo, de sí mismo tal como era o tal como deseaba ser? Stephen observó por algunos instantes el rostro de su amigo. Había una fría tristeza en aquel rostro. Había hablado de sí mismo; era el temor de su propia soledad.
¿De quién estás hablando? —preguntó por fin Stephen. 
Cranly no contestó.

sábado, 3 de octubre de 2020

James Joyce - Carta a Nora Barnacle (2 de diciembre de 1909)

2 de diciembre de 1909

44 Fontenoy Street, Dublín

Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote perdón por la increíble carta que te escribí anoche. Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico.

Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Si, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre! ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia!

Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalaré un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, eres mía! Te amo. Todo lo que escribí arriba es sólo un momento o dos de brutal locura! La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pija está todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras (¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita cogedora!), eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.

JIM

lunes, 28 de septiembre de 2020

James Joyce - Carta a Nora Barnacle (29 de agosto de 1904)

 29 de agosto de 1904

60 Shelbourne Road

Querida Nora, acabo de terminar mi almuerzo; no tenía apetito.

Cuando estaba por la mitad me di cuenta de que estaba comiendo con los dedos. Me sentí mal como la otra noche. Estoy muy angustiado.

Perdona esta pluma horrible y este papel tan feo.

Anoche debo haberte apenado por lo que dije, pero seguramente será bueno que conozcas cómo pienso sobre gran parte de las cosas. Mi razón rechaza la totalidad del actual orden social, así como el cristianismo- hogar, las virtudes reconocidas, clases en la vida y doctrinas religiosas. ¿Cómo podría atraerme la idea del hogar? Mi hogar fue simplemente uno de clase media arruinado por los hábitos derrochadores que he heredado. A mi madre la mataron lentamente, pienso, los malos tratos que le daba mi padre, los años de sufrimiento y la cínica franqueza de mi proceder. Cuando miré su cara, en el ataúd, una cara gris y consumida por el cáncer, comprendí que estaba viendo la cara de una víctima, y maldije el sistema que la había hecho su víctima. En la familia éramos diecisiete. Mis hermanos y hermanas no son nada para mí. Sólo un hermano es capaz de comprenderme.

Hace seis años dejé, con un odio ferviente, la Iglesia Católica. Me fue imposible permanecer en ella contrariando los impulsos de mi naturaleza. Cuando era estudiante hice contra ella una guerra secreta y decliné aceptar las posiciones que se me ofrecían. Al hacerlo me convertí en un mendigo, pero conservé mi orgullo. Ahora mantengo a través de una guerra abierta lo que escribo, digo y hago. No puedo ingresar en el orden social si no es como vagabundo. Empecé a estudiar medicina tres veces, una vez leyes, una vez música. Hace una semana me estaba preparando para salir como actor ambulante. No pude poner mucho ánimo en el plan, porque tú tironeabas en sentido contrario. Las dificultades actuales de mi vida son increíbles, pero las desprecio.

Anoche, cuando te fuiste, deambulé hacia Grafton St., donde permanecí fumando largo tiempo apoyado en un farol. La calle estaba llena de una animación en la que vertí un torrente de mi juventud.

Mientras permanecía allí recordé unas frases que escribí hace algunos años cuando vivía en París, las frases son, “Pasan de a dos y de a tres entre la animación del bulevar, paseando como gente desocupada en un lugar iluminado para ellas. Están en la pastelería charlando, comiendo dulces o sentadas silenciosamente en una mesa de una terraza; o descendiendo de carruajes con un revuelo de vestidos, suave como la voz del adúltero. Pasan con una brisa de perfumes. Bajo los perfumes sus cuerpos tienen un cálido olor húmedo”.

Mientras me estaba repitiendo esto me di cuenta de que la vida aún me esperaba, si es que decidía entrar en ella. Quizás no podría embriagarme como lo había hecho alguna vez, pero aún estaba allí y, ahora que soy más juicioso y me controlo más, era inofensiva. No haría preguntas, no esperaría nada de mí, excepto unos momentos de mi vida, dejando libre el resto y me prometería el placer a cambio. Pensé en todo esto y lo rechacé sin remordimiento. Era inútil para mí; no podría darme lo que yo esperaba.

Creo que has malinterpretado algunos pasajes de una carta que te escribí, y he observado cierta reserva en tu actitud, como si el recuerdo de aquella noche te turbara. Sin embargo, yo lo considero como una especie de sacramento, y su recuerdo me llena de una asombrosa alegría.

Quizás no comprendas enseguida por qué motivo te respeto tanto por ello, pues no conoces aún mucho sobre mi manera de pensar. Pero al mismo tiempo fue un sacramento que me dejó un gusto final de pena y abatimiento, pena porque vi en ti una extraordinaria y melancólica ternura que había tomado este sacramento como un compromiso; y abatimiento porque comprendí que, a tus ojos, yo era inferior a una convención de nuestra sociedad actual.

Anoche te hablé sarcásticamente, pero hablaba del mundo, no de ti. Soy enemigo de la bajeza y esclavitud de la gente, no de ti. ¿No puedes advertir la sencillez que hay detrás de todos mis disfraces?

Todos llevamos una máscara. Cierta gente que sabe que estamos muy unidos suele increparme. Los escucho con calma, desdeñando responderles, pero su última palabra agobia mi corazón como a un pájaro la tormenta.

No es agradable para mí tener que ir ahora a la cama recordando la última mirada de tus ojos, una mirada de cansada indiferencia, y la tortura de tu voz la otra noche. Creo que ningún ser humano ha estado nunca tan cerca de mi alma como tú lo estás, y, sin embargo, aún puedes interpretar mis palabras con lastimosa descortesía (“Sé de lo que está hablando ahora”, dices) Cuando era más joven tuve un amigo a quien me di por completo, en cierto sentido más de lo que me entrego a ti, y en otro sentido menos. Era irlandés, es decir, me traicionó.

No he dicho ni una palabra de lo que quería decir, pero escribir con esta maldita pluma es un trabajo duro. No sé qué pensarás de esta carta. Por favor, escríbeme Nora querida, ¿lo harás?, te respeto mucho, créeme, pero quiero algo más que tus caricias. Me has dejado de nuevo con una duda angustiosa.

J.A.J.

domingo, 23 de agosto de 2020

Letras elegidas: T.S. Eliot (San Luis, Misuri; 1888 - Londres; 1965)

Letras elegidas: T.S. Eliot (San Luis, Misuri; 1888 - Londres; 1965)

Cómo llamar a un gato

Ponerle nombre a un gato es harto complicado,
desde luego no es un juego para los muy simplones.
Pueden pensar ustedes que estoy algo chiflado
cuando digo que al menos ha de tener tres nombres.
Lo primero es el nombre que le damos a diario;
como Pedro, Alonso, Augusto o Don Bigote;
Como Víctor o Jorge o el simpático Paco.
Todos ellos son nombres bastante razonables.
Los hay más bonitos y que suenan mejor
para las damas y los caballeros,
como Admetus, Electra, Démeter, o Platón,
pero todos son nombres demasiado discretos.
Y un gato ha de tener uno más especial,
que sea peculiar, algo más digno.
¿Cómo, si no, va a alzar su rabo vertical
o atusar sus bigotes y mantenerse altivo?
De nombres de este tipo os puedo dar un quórum
como son Mankostrop, Quoricopat o Qaxo,
también Bamboliurina o, si no, Yellylorum,
son nombres que jamás compartirán dos gatos.
Pero a pesar de todo, nos queda un nombre más,
y ése es el que tú nunca podrás adivinar,
el nombre que los hombres jamás encontrarán.
Que SÓLO EL GATO LO SABE y no confesará.
Si un gato ves en meditación,
el motivo nunca te asombre.
Su mente está en contemplación
de la Idea Una de su nombre.
Su inefable, efable,
efainefable,
único, oscuro, inescrutable Nombre.
Gata Beatriz, primera de su nombre
The Naming Of Cats

The Naming of Cats is a difficult matter,
It isn't just one of your holiday games;
You may think at first I'm as mad as a hatter
When I tell you, a cat must have THREE DIFFERENT NAMES.
First of all, there's the name that the family use daily,
Such as Peter, Augustus, Alonzo or James,
Such as Victor or Jonathan, George or Bill Bailey--
All of them sensible everyday names.
There are fancier names if you think they sound sweeter,
Some for the gentlemen, some for the dames:
Such as Plato, Admetus, Electra, Demeter--
But all of them sensible everyday names.
But I tell you, a cat needs a name that's particular,
A name that's peculiar, and more dignified,
Else how can he keep up his tail perpendicular,
Or spread out his whiskers, or cherish his pride?
Of names of this kind, I can give you a quorum,
Such as Munkustrap, Quaxo, or Coricopat,
Such as Bombalurina, or else Jellylorum-
Names that never belong to more than one cat.
But above and beyond there's still one name left over,
And that is the name that you never will guess;
The name that no human research can discover--
But THE CAT HIMSELF KNOWS, and will never confess.
When you notice a cat in profound meditation,
The reason, I tell you, is always the same:
His mind is engaged in a rapt contemplation
Of the thought, of the thought, of the thought of his name:
His ineffable effable
Effanineffable
Deep and inscrutable singular Name.

De “El libro de los gatos habilidosos del Viejo Possum"

Traducción: Regla Ortiz Mogollón

miércoles, 1 de julio de 2020

"El pastor triste" - William Butler Years

Hubo un hombre a quien la Pena nombró su amigo,
y él, soñando con su alta camarada,
caminaba con pasos lentos por las resplandecientes
y rumorosas arenas por donde el viento agita el oleaje:
y alto le pedía a las estrellas que se inclinaran
desde sus pálidos tronos para confortarlo, pero ellas,
cómplices entre sí, siempre se reían y cantaban,
y entonces el hombre a quien la Pena nombró su amigo
gritaba al viento, ¡Mar Sombrío, escucha mi más penosa historia!
El mar siguió barriendo sobre la arena y gritó su antiguo y calmo grito,
vagando en sueños de colina en colina.
Él abandonó la persecución de su gloria
y, en el lejano y gentil descanso de un valle,
le contó toda su historia a las relucientes gotas del rocío.
Pero ellas nada escucharon, porque siempre están escuchando
el sonido de su propio goteo.
Entonces el hombre a quien la Pena nombró su amigo,
buscó de nuevo la costa y encontró una caracola,
y pensó: mi difícil historia he de contarle
con mis propias palabras, y ella, con su eco, enviará
su tristeza a través del hueco de su perlado corazón;
y mi propio cuento otra vez cantará para mí,
y mis propias susurrantes palabras serán mi alivio.
y ay... mi antigua carga ha de partir.
Entonces cantó suavemente cerca del perlado borde;
pero aquel triste y solitario habitante de los mares agitados
tornó su canto en un gemido inarticulado
entre su confuso tumulto, olvidándolo todo.

De "Crossways" (1889).



“The sad shepherd”

There was a man whom Sorrow named his friend,
and he, of his high comrade Sorrow dreaming,
went walking with slow steps along the gleaming
and humming sands, where windy surges wend:
and he called loudly to the stars to bend
from their pale thrones and comfort him, but they
among themselves laugh on and sing alway:
and then the man whom Sorrow named his friend
cried out, Dim sea, hear my most piteous story!
The sea swept on and cried her old cry still,
rolling along in dreams from hill to hill.
He fled the persecution of her glory
and, in a far-off, gentle valley stopping,
cried all his story to the dewdrops glistening.
But naught they heard, for they are always listening,
the dewdrops, for the sound of their own dropping.
And then the man whom Sorrow named his friend
sought once again the shore, and found a shell,
and thought, I will my heavy story tell
till my own words, re-echoing, shall send
their sadness through a hollow, pearly heart;
and my own tale again for me shall sing,
and my own whispering words be comforting,
and lo! my ancient burden may depart.
Then he sang softly nigh the pearly rim;
but the sad dweller by the sea-ways lone
changed all he sang to inarticulate moan
among her wildering whirls, forgetting him.

martes, 30 de junio de 2020

"La canción del pastor feliz" - William Butler Yeats

Los bosques de la Arcadia yacen muertos,
su lejana alegría ya no existe;
de sueños se nutría el mundo antiguo;
hoy es verdad gris su juego de colores
pero aún vuelve su rostro intranquilo:
con todo, oh hijos hastiados del mundo,
de las incontables cosas que mudan
siguiendo la cascada melodía
que Cronos canturrea, solamente
las palabras son un bien indudable.
¿Dónde están ya los reyes aguerridos
que del Verbo se burlaban? Por Dios,
¿dónde están ya los reyes aguerridos?
Una palabra vana es hoy su gloria
dicha por el colegial balbuciente
que lee alguna historia enrevesada:
los reyes de antaño ahora están muertos;
incluso la errante tierra puede ser
sólo una palabra que breve luce,
casi inaudible en el sonoro espacio,
y perturba el ensueño interminable.

No adores, pues, hazañas polvorientas
ni quieras –pues esto es cierto también–
ansiar intensamente la verdad,
no sea que tus afanes alimenten
sueños y sueños: la verdad no existe
sino en tu propio corazón. No busques
el vano conocer de esos ilusos
que con sus cristales ópticos siguen
las sendas rotatorias de los astros.
Ni busques, pues esto es cierto también
palabra alguna de ellos. La ruina
de una estrella rompió sus corazones:
muerta está toda su verdad humana.
Ve y coge junto al bullente mar
una concha espiral que abrigue un eco,
y narra junto a sus labios tu historia,
pues ellos te podrán reconfortar
con arte melodioso repitiendo
tus palabras de queja unos instantes
hasta que el canto compasivo acabe
y una fraternidad de nácar muera.
Sólo las palabras son un bien cierto:
canta entonces, que esto es cierto también.

Tengo que marchar: hay una sepultura
en la que ondean narcisos y lirios,
quisiera complacer al pobre fauno
que yace bajo el suelo soñoliento
con cantos de alegría antes del alba.
Coronó el gozo sus ruidosos días
y todavía sueño que huella el césped
caminando espectral sobre el rocío,
penetrado de mi alegre cantar,
mis canciones de aquella juventud
soñadora de la ya anciana tierra:
pero ¡ah! ya ella no sueña. ¡Sueña tú!
Bellas son las amapolas en la cumbre.
Sueña, sueña, que esto es cierto también.

De "Crossways" (1889).

Traducción de Antonio Rivero Taravilla.



«The song of the happy shepherd»

The woods of Arcady are dead,
and over is their antique joy;
of old the world on dreaming fed;
grey truth is now her painted toy;
yet still she turns her restless head:
but O, sick children of the world,
of all the many changing things
in dreary dancing past us whirled,
to the cracked tune that Chronos sings,
words alone are certain good.
Where are now the warring kings?
An idle word is now their glory,
by the stammering schoolboy said,
reading some entangles story:
the kings of the old time are dead;
the wandering earth herself may be
only a sudden flaming word,
in clanging space a moment heard,
troubling the endless reverie.

Then nowisse worship dusty deeds,
nor seek, for this is also sooth,
to hunger fiercely after truth,
lest all thy toiling only breeds
new dreams, new dreams; there is no truth
saving in thine own heart. Seek, then,
no learning from the starry men,
who follow with the optic glass
the whirling ways of stars that pass―
seek, then, for this is also sooth,
no word of theirs―the cold star-bane
has cloven and rent their human truth.
Go gather by the humming sea
some twisted, echo-harbouring shell,
and to its lips thy story tell,
and they their comforters will be,
rewording in melodious guile
thy fretful words a little while,
till they shall singing fade in ruth
and die a pearly brotherhood;
for words alone are certain good:
sing, then, for this is also sooth.

I must be gone: there is a grave
where daffodil and lily wave;
and I would please the hapless faun,
buried under the sleepy ground,
with mirthful songs before the dawn.
His shouting days with mirth were crowned;
and still I dream he treads the lawn;
walking ghostly in the dew,
pierced by my glad singing through,
my songs of old earth’s dreamy youth:
but ah! she dreams not now, dream thou!
For fair are poppies on the brow:
dream, dream, for this is also sooth.

viernes, 27 de julio de 2018

Territorio


La forma de los mapas
barajan los elementos,
absolutos, ni un lugar ni otro,
aquí y mañana,
nunca de noche ni aislado,
no la salvación que esperamos.
El centro de atención en cada barrio del mundo
es la risa del siguiente;
la debilidad de seguir de largo,
la franqueza magnética de la deuda.

(2006)



domingo, 22 de julio de 2018

Mi genio amor

fabuloso alfabeto flamea
conflicto alveolar, lírico
por todo obvio olvido
renace, ruge y remonta
escape del escape
nublado en mente
ciencia cierta, ciega ciudad
incluye distancia incipiente
al atravesar anula aparte.

lunes, 9 de julio de 2018

Utopía

Susurra dios y grita el diablo
todo al mismo tiempo,
cierra la cuenta y cae el dado
se abre la salida y se cierra,
la basura reinante,
la cruzada entresienes
con frecuencia tiene pausa
si satisface, la cura no importa
si produce, resiste.
Comienza a valer la pena
sin muro para calmar los ánimos
el vendaval de la noche, el deslumbrante día
pupila de altamar, cuadrúpeda y concreta,
murmullo a voces, carrera en círculos,
balance en el filo
respuesta en vano,
tiembla, huye y vuelve
fulminante a tierra
pregunto por qué
dice vuelva mañana
si certero, acierto
la marca en el ojo, en la piel
en el calendario, en las horas
pero nunca alcanza el volumen
el camino, la distancia, los pasos
tampoco la altura del cielo,
el peso de la tierra, el sabor del aliento.



domingo, 22 de mayo de 2016

"A un niño que baila en el viento" - W.B. Yeats (1914)

Allí, sobre la costa, baila;
¿por qué ha de importarle
el rugido del viento o del agua?
Y despeina tu pelo
que las gotas de sal han mojado;
por ser joven, aún no has conocido
el triunfo del necio, ni tampoco
perdiste un amor tan pronto conquistado,
ni viste al mejor trabajador muerto
con sus gavillas sin atar.
Entonces, ¿por qué has de temer
al monstruoso grito del viento?


 Responsabilidades, 1914


domingo, 7 de junio de 2015

"Los muertos" (finale); James Joyce (Dublineses, 1914)

     Gabriel se sintió humillado por el fracaso de su ironía y ante la evocación de esta figura de entre los muertos: un muchacho que trabajaba en el gas. Mientras él había estado lleno de recuerdos de su vida secreta en común, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figura ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo. Instintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la vergüenza que le quemaba el rostro.
       Trató de mantener su tono frío, de interrogatorio, pero cuando habló su voz era indiferente y humilde.
       -Supongo que estarías enamorada de este Michael Furey, Gretta -dijo.
       -Me sentía muy bien con él entonces -dijo ella.
       Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que sería tratar de llevarla más lejos de lo que se propuso, acarició una de sus manos y dijo, él también triste:
       -¿Y de qué murió tan joven, Gretta? Tuberculoso, supongo.
       -Creo que murió por mí -respondió ella.
       Un terror vago se apoderó de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, algún ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre él, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para echársele encima. Pero se sacudió libre con un esfuerzo de su raciocinio y continuó acariciándole a ella la mano. No la interrogó más porque sentía que se lo contaría ella todo por sí misma. Su mano estaba húmeda y cálida: no respondía a su caricia, pero él continuaba acariciándola tal como había acariciado su primera carta aquella mañana de primavera.
       -Era en invierno -dijo ella-, como al comienzo del invierno en que yo iba a dejar a mi abuela para venir acá al convento. Y él estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir y ya le habían escrito a su gente en Oughterard. Estaba decaído, decían, o cosa así. Nunca supe a derechas.
       Hizo una pausa para suspirar.
       -El pobre -dijo-. Me tenía mucho cariño y era tan gentil. Salíamos a caminar, tú sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su salud.   Tenía muy buena voz, el pobre Michael Furey.
       -Bien, ¿y entonces? -preguntó Gabriel.
       -Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir acá para el convento, él estaba mucho peor y no me dejaban ni ir a verlo, por lo que le escribí una carta diciéndole que me iba a Dublín y regresaba en el verano y que esperaba que estuviera mejor para entonces.
       Hizo una pausa para controlar su voz y luego siguió: -Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando oí que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no podía ver, por lo que corrí abajo así como estaba y salí al patio y allí estaba el pobre al final del jardín, tiritando.
       -¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? -preguntó Gabriel.
       -Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.
       -¿Y se fue? -preguntó Gabriel.
       -Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el día que supe que, que se había muerto!
       Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.
       Ella dormía profundamente.
       Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin resentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se posaron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.
       Quizás ella no le hizo a él todo el cuento. Sus ojos se movieron a la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón del corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella, también, sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las rodillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llorando y soplándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí: ocurrirá muy pronto.
       El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cuidado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.
       Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.

       Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.