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miércoles, 31 de agosto de 2016

"La vida familiar" - Felipe Polleri (de próxima aparición)

EL OTRO DIA, el otro día fue hace un año o dos, me acerqué al micrófono y dije:
—Tengo algo que decir sobre las personas de la tercera edad, sobre el adulto mayor.

El muchachito de la radio, seguro de que iba a decir las pavadas que dicen los viejos, se había ido a buscar una lata de cerveza o a charlar por ahí con alguna putita.

—Los viejos —dije—, esos cerebros de mosquito con orejas de elefante fueron o son ministros, jueces, presidentes, veterinarios, abogados, cirujanos, filósofos, profesores, grandes y pequeños comerciantes, literatos, estancieros, industriales, cancilleres, obispos, embajadores, etcétera. Esos viejos de mierda —dije—, que fueron adultos de mierda, jóvenes de mierda y niños de mierda, se dedican a llenar las salas de espera de los hospitales y los sanatorios para matar el tiempo perorando sobre sus enfermedades —dije—, cuando no están amargándoles la vida a sus hijos y nietos y bisnietos con sus mezquindades e idioteces o escuchando —dije— a todo volumen esos varios miles de programas radiales y televisivos centrados en el cáncer de próstata y de colon, para no hablar de la así llamada "calidad de vida" del adulto mayor, de la fruta y la verdura —dije—, pero si este es un país de viejos —dije—, de viejos y viejas, de urracas viejas y de cuervos viejos, es porque los bebés ya sueñan con ser empleados públicos jubilados, después de ser empleados públicos corruptos, NUNCA FUERON NIÑOS; viejas, siempre y viejos, siempre; viejos cuervos y viejas urracas y cacatúas. Viejos chimpancés, viejas comadrejas, viejas hienas y viejos esqueletos de momia jorobada de camello —dije—, animales invertebrados como esos soretes de perro que reptan hacia la mitad de la vereda para ensuciarnos los pies, las chancletas o el único par de zapatos rotos que tienen los enfermos mentales como yo".

"Este es un país de viejos malvados —dije—, aunque tengan cinco o diez o 15 años de edad —dije—, son alimañas viejas —dije—, alimañas rastreras y alimañas trepadoras. Se odian entre sí —dije—, odian a sus padres y a sus hijos y, sobre todo, me odian a mí porque soy joven, hermoso y extranjero y porque no soy un viejo ladrón como ellos, todos viejos ladrones desde que nacieron —dije—. Por lo tanto, la Organización de las Naciones Unidas tiene que salvar a la Humanidad de este virus exclusivamente uruguayo, pero transmisible, y me río del sida o el ébola, la ONU tiene —dije—, tiene que planear y ejecutar el total exterminio de todos los pobladores de este país infectado hasta la médula de la masmédula, Uruguay —dije—, Uruguay, ese virus con tres millones de portadores, etc, etc".

Ahí el muchachito, y un par de viejos de unos 30 y 50 años, respectivamente, me arrancaron de la silla y del micrófono, y me llevaron casi en andas hasta la puerta de la radio comunitaria. Seguramente, algún viejo de mierda había llamado a la radio comunitaria y habría gritado que un degenerado estaba diciendo inmundicias en el micrófono de la radio comunitaria, la radio comunitaria antedicha. Agrego que, mientras desarrollaba mi discurso, me había fumado un par de cigarrillos; delito penado severa y sumariamente por la Constitución. Los había apagado a escupidas y puesto con el mayor orden, uno junto al otro, en el lugar de la mesa en que debió haber un cenicero.

Fumo, claro que sí. Fumo tres cajas de cigarrillos al día y como fritos con mucha sal, y me bajo un litro de vino todas las noches. Ya sé, idiotas, que estoy perdiendo el hilo... Es la edad. No soy el escritor que fui (hace 40 años y pico). Tengo el cerebro apolillado. Además, estoy loco. Siempre estuve loco. Nací loco para decirlo todo de una vez. Tengo la "personalidad escindida" desde que me besaron los ángeles.

Todas las noches, antes de mi litro de vino tinto, salgo a caminar y a fumar, es decir, a asesinar a los fumadores pasivos. Elijo con mucho cuidado a mis víctimas, como es hábito entre los asesinos seriales.


domingo, 1 de mayo de 2016

"La calle de los caídos: (la TV)" - Felipe Polleri (2013)




Extraído de "Todos los cuentos" (Irrupciones Grupo Editor, 2013)


(La TV)
Aparece el enano (carita de chiquilín vicioso, puesta como un huevo gris en un nido negro) y saca un revólver gigantesco, un revólver más grande que todo el supermercado.
Fundido en negro.
El conductor del programa, un viejo gordo, teñido de castaño rojizo, anuncia “sangre” y “tiroteos” y “más, más y más”. Corte.
Nina en la ducha se acaricia un hombro desnudo y le sonríe a la cámara.
-Dicen que la sangre se lava con sangre. Yo prefiero usar MACBETH: el-jabón-que-lava-hasta-la-sangre –dice Nina-. Siete de cada diez ladrones de supermercado usan MACBETH. Favorece la cicatrización y humecta la piel seca por la fiebre y el delirio. MACBETH es el jabón de los malheridos, de los agonizantes.
Fundido en rojo.
Primer plano del revólver más grande que todo el supermercado.
Primer plano de una bala.
Corte.
-Solo los muertos no usan MACBETH –agrega Nina, y el camarógrafo recorre sus largas piernas hasta encontrarme (desnudo y ensangrentado y muerto) en el piso de la ducha-. ¡NO TE MUERAS, RATA!
Fundido en rojo. Aparece el viejo teñido y señala la pantalla gigante: Nina, con una escopeta, y yo, con ese revólver más grande que el supermercado, acribillamos a dos guardias de seguridad y a una cajera y a una familia que estaba haciendo el surtido y a tres consumidores más. Y seguimos avanzando hacia el botín, parapetándonos en las góndolas y en UNA JOVEN MADRE EMBARAZADA DE SIETE MESES. La policía, diez patrullas con sirenas y armas largas, nos hace frente; los picamos finito. Después, nos atacan las fuerzas armadas con aviones y lanzatorpedos…

En la última escena, Nina sonríe extasiada y estira su largo brazo hacia una sola barra de jabón MACBETH y la besa y la aprieta contra su gran corazón y su gran teta izquierda y, por supuesto, yo salto de alegría.

(Ilustración: Toshio Saeki) - Ver más en http://art.vniz.net/en/saeki/