Mostrando entradas con la etiqueta Amapola del 66. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amapola del 66. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de julio de 2017

"Para acabar con el juicio de Dios" (fragmentos) - Antonin Artaud (1947)

"Para acabar con el juicio de dios" fue escrito por Antonin Artaud a pedido de Fernand Pouey para ser transmitido por la radio nacional francesa junto a otros textos de distintos poetas a modo de conmemorar la todavía reciente finalización de la segunda guerra mundial. El propio Artaud, María Casares, Roger Blin y Paule Thévenin lo grabaron el 28 de noviembre de 1947, pero la emisión, programada para el 2 de febrero de 1948 fue prohibida por el director de la radio, Wladimir Porche, escandalizado por la violencia del texto. Fernand Pouey logró que se formara una especie de tribunal (integrado, entre otras personalidades, por Jean Cocteau, Pául Eluard, René Char entre otros) encargado de dar su parecer sobre el poema. El fallo fue totalmente favorable pero aún así, el director de la radio mantuvo su veto). 

PARA ACABAR CON EL JUICIO DE DIOS

Ayer me enteré,
(se puede creer, o tal vez sólo
es un rumor falso, que me detengo en uno de
esos sucios chismes que circulan entre
fregaderos y letrinas cuando se tiran las
comidas que una vez más han sido engullidas),
ayer me enteré
de una de las prácticas oficiales más impresionantes de las escuelas
públicas americanas y que sin duda hacen que ese
país se crea a la cabeza del progreso.
Parece que entre los exámenes o pruebas que debe soportar
un niño que entra por primera vez a una escuela
pública, se verifica la llamada prueba del líquido seminal
o del esperma
que consistiría en pedirle al pequeño recién llegado un poco
de su esperma para introducirlo en un frasco
y conservarlo así preparado para cualquier tentativa de fecundación
artificial que pudiera llevarse a cabo en el futuro.
Pues los americanos descubren día a día
que carecen de brazos y de niños
es decir no de obreros
sino de soldados
y quieren a toda costa y por todos los
medios posibles hacer y fabricar soldados
con vistas a las guerras planetarias
que ulteriormente pudieran acaecer
y que estarían destinadas a mostrar por las
virtudes aplastantes de la fuerza
la excelencia de los productos americanos y
de los frutos del sudor americano en todos
los campos de la actividad y del dinamismo
posible de la fuerza.
Porque hay que producir, hay que, por todos
los medios de la actividad viable, reemplazar
la naturaleza dondequiera que pueda ser reemplazada,
hay que encontrar un campo mayor para
la inercia humana,
es preciso que el obrero tenga de qué ocuparse,
es preciso que se creen nuevos campos de actividad
donde se alzará por fin el reino de todos
los falsos productos fabricados,
de todos los innobles sucedáneos sintéticos,
donde la hermosa, la legítima naturaleza no tendrá
nada qué hacer,
y deberá ceder su lugar de una vez por todas y vergonzosamente
a los triunfales productos de la sustitución,
allí, el esperma de todas las usinas de fecundación artificial
hará maravillas para producir armadas y acorazados.
No más frutas, no más árboles, no más plantas
farmacéuticas o no y en consecuencia
no más alimentos,
sino productos de la síntesis a saciedad...
sino productos de síntesis, a saciedad,
en los vapores,
en los humores especiales de la atmósfera,
en los ejes particulares de las atmósferas
arrebatadas a la potencia de una naturaleza
que de la guerra sólo conoció el miedo.
Y viva la guerra, ¿no es cierto?
Porque, fue así, ¿verdad?, que los americanos prepararon
y preparan la guerra paso a paso.
Para defender esta fabricación
insensata de las competencias que
surgirían de inmediato en todas partes,
se necesitan soldados, armadas, aviones,
acorazados.

Parecería
que por esta razón los gobiernos
de América tuvieron el desparpajo de pensar en ese esperma.
Puesto que, nosotros, los nacidos
capitalistas, tenemos más de un enemigo
que nos vigila, hijo mío,
y entre esos enemigos,
la Rusia de Stalin
que tampoco carece de brazos armados.

Todo eso está muy bien,
pero yo no sabía que los americanos fueran un pueblo
tan guerrero.
Cuando se combate se reciben heridas
vi a muchos americanos en
la guerra pero siempre tenían delante de
ellos inconmensurables armadas de tanques,
de aviones, de acorazados que les servían como
escudo.
Vi pelear a las máquinas
y sólo divisé muy atrás, en el infinito, a los
hombres que las conducían.

Frente al pueblo que hace comer a sus
caballos, a sus bueyes y a sus asnos las últimas toneladas
de morfina legítima que poseen
para reemplazarla por sucedáneos de humo,
prefiero al pueblo que come a ras de la tierra
el delirio de donde nació,
hablo de los Tarahumaras que comen el Peyote
a ras del suelo mientras nace
y que mata al sol para instalar el reino
de la noche negra,
que desintegra la cruz para que los espacios
del espacio no puedan encontrarse y cruzarse
nunca más.
Van a escuchar ahora la danza
del TUTUGURI.

TUTUGURI
El rito del sol negro.

Y abajo, al pie del declive amargo,
cruelmente desesperado del corazón,
se abre el círculo de las seis cruces,
muy abajo
como encastrado en la tierra madre,
desencastrado del abrazo inmundo de la madre
que babea,

la tierra de carbón negro
es el único lugar húmedo
en esta grieta de roca.
El rito consiste en que el nuevo sol pase por siete puntos
antes de estallar en el orificio de la tierra.
Hay seis hombres,
uno por cada sol
y un séptimo hombre
vestido de negro y de carne roja
que es el sol
violento.

Este séptimo hombre
es un caballo,
un caballo con un hombre que lo acompaña.

Pero el caballo
es el sol
no el hombre.

Al ritmo desgarrante de un tambor y de una trompeta larga,
extraña,
los seis hombres
que estaban acostados,
enroscados a ras de la tierra
brotan sucesivamente como
girasoles
no soles
sino suelos que giran,
lotos de agua,
y cada brote
se corresponde con el gong cada vez más sombrío
y contenido
del tambor
hasta que de pronto se ve llegar a todo galope,
con una velocidad de vértigo,
al último sol,
al primer hombre,
al caballo negro y sobre él
un hombre desnudo
absolutamente desnudo
y casto.
(sobre su lomo)

Después de saltar, avanzan describiendo
recodos circulares
y el caballo de carne sangrante se enloquece
y caracolea sin cesar
en la cima de su risco
hasta que los seis hombres
terminan de rodear
las seis cruces.

La tensión mayor del rito es precisamente

LA ABOLICIÓN DE LA CRUZ.

Cuando terminan de girar
arrancan
las cruces de la tierra
y el hombre desnudo
sobre el caballo
enarbola
una inmensa herradura

empapada en la sangre de una cuchillada.

(...)

CONCLUSIÓN

—Señor Artaud, ¿para qué le sirvió esta radiodifusión?

—En principio para denunciar cierto número de porquerías sociales oficialmente consagradas y reconocidas:

 1º la explotación del esperma infantil, cedido benévolamente por niños, con vistas a una fecundación artificial de fetos que aún no han nacido y que nacerán dentro de un siglo o más.

 2° denunciar en ese mismo pueblo americano que ocupa toda la superficie del antiguo continente Indio, una resurrección del imperialismo guerrero de la antigua América que hizo que el pueblo indígena anterior a Colón fuera vilipendiado por toda la humanidad precedente.

—Señor Artaud, usted está diciendo cosas muy insólitas.

—Sí, digo algo insólito, digo que los Indios anteriores a Colón eran, contra todo lo que se pueda creer, un pueblo extrañamente civilizado, que conoció una forma de civilización basada en el principio exclusivo de la crueldad.  ¿Sabe usted qué es con exactitud la crueldad? 

—De ese modo no, no lo sé.

—La crueldad consiste en extirpar por la sangre y hasta la sangre a dios, al azar bestial de la inconsciente animalidad humana en cualquier parte donde se lo pueda encontrar. El hombre, cuando no se lo reprime,  es un animal erótico, lleva adentro un temblor inspirado, una especie de pulsación productora de bichos innumerables que constituyen la forma que los antiguos pueblos terrestres atribuían universalmente a Dios. Ello representaba lo que se denomina un espíritu. Ese espíritu procedente de los indios de América prevalece, en la actualidad, bajo aspectos científicos que revelan una infecciosa influencia mórbida, un estado acusado de vicio, pero de un vicio que abunda en enfermedades porque, pueden reírse todo lo que quieran, lo que se dio en llamar microbios es Dios: ¿saben ustedes con qué hacen sus átomos los rusos y los americanos? Los hacen con los microbios de Dios.

—Usted delira, señor Artaud, usted está loco.

—No deliro, no estoy loco. Afirmo que se reinventaron los microbios para imponer una nueva idea de dios, encontraron un nuevo recurso para destacar a dios y atraparlo justo en su nocividad microbiana: se trata de clavarlo en el corazón, donde los hombres más lo aman,  bajo la forma de la sexualidad enfermiza, en esa siniestra apariencia de crueldad mórbida que reviste cuando, como ahora, se complace en convulsionar  y enloquecer a la humanidad. Utiliza el espíritu de pureza de una conciencia que permaneció cándida como la mía para asfixiarla con todas las falsas apariencias que derrama universalmente en los espacios, de esta manera Artaud el momo puede representar el papel de alucinado.

—¿Qué quiere decir, señor Artaud?

—Quiero decir que encontré la forma de terminar de una vez por todas con ese impostor y también que si nadie cree ya en dios todo el mundo cree cada vez más en el hombre. Ahora es preciso castrar al hombre.

—¿Qué? ¿Cómo? Lo mire por donde lo mire, usted está loco, loco de remate.

—Llevándolo por última vez a la mesa de autopsias para rehacerle su anatomía. El hombre está enfermo porque está mal construido.  Átenme si quieren, pero tenemos que desnudar al hombre para rasparle ese microbio que lo pica mortalmente dios y con dios sus órganos porque no hay nada más inútil que un órgano. Cuando ustedes le hayan hecho un cuerpo sin órganos lo habrán liberado  de todos sus automatismos y lo habrán devuelto a su verdadera libertad. Entonces podrán enseñarle a danzar al revés como en el delirio de los bailes populares y ese revés será su verdadero lugar.





Audio original y subtítulos en español de la obra "Pour en finir avec le judgement de Dieu" (1946) de Antonin Artaud (1896-1948) realizados para la cátedra Lucero de Filosofía y Estética, Universidad Nacional de las Artes, Área Transdepartamental de Artes Multimediales.

Traducción y subtítulos: Agustin Genoud

sábado, 24 de septiembre de 2016

"Miedo y asco en Las Vegas: un viaje salvaje al corazón del sueño americano" (Hunter S. Thompson, 1971)

CAPÍTULO 8. «LOS GENIOS DE TODO EL MUNDO SE DAN LA MANO, Y UN ESCALOFRÍO DE IDENTIFICACIÓN RECORRE TODO EL CIRCULO» ART LINKLETTER (o el monólogo de la ola)

Vivo en un sitio tranquilo, donde un ruido de noche significa que va a pasar algo: te despiertas rápido, pensando ¿qué significa eso? 
Normalmente, nada. Pero a veces resulta difícil adaptarse a un trabajo urbano cuando la noche está llena de ruidos, todos ellos rutina normal. Coches, bocinas, pisadas… no hay manera de relajarse. Así que lo ahogas todo con el blanco y delicado rumor de un televisor bizco. Pones el programa de chimentos entre canales y te duermes apaciblemente… 
Ignora esa pesadilla del baño. No es más que otro repugnante refugio de la Generación del Amor, otro lisiado, otro condenado, sin remedio que es incapaz de soportar la presión. Mi abogado nunca ha sido capaz de aceptar la idea (que tan a menudo exponen drogadictos reformados y que es especialmente popular entre quienes están en libertad vigilada) de que te puedes drogar muchísimo más sin drogas que con ellas. 
Claro que en realidad tampoco yo la acepto. 
Pero viví una vez muy cerca del Dr…, en la calle…un antiguo gurú del ácido que luego pretendía haber dado ese gran salto del frenesí químico a la conciencia pre natural. Una hermosa tarde, durante las primeras embestidas de lo que pronto se convertiría en la Gran Ola del Ácido de San Francisco, paré en casa del Buen Doctor con la idea de preguntarle (dado que era ya entonces una autoridad reconocida en drogas) qué tipo de consejo le daría a un vecino que sentía una sana curiosidad por el LSD. 
Aparqué allí y subí el camino de césped, deteniéndome en ruta para saludar cortesmente a su mujer, que estaba trabajando en el jardín bajo el ala de un inmenso sombrero segador… una buena escena, pensé: el viejo está dentro preparando uno de sus fantásticos guisos-droga, y ahí vemos a su mujer en el jardín, podando zanahorias, o lo que sea… canturreando además una melodía que no conseguí identificar. 
Canturreaba, sí… Pero habrían de pasar casi diez años para que yo identificase de verdad aquella canción: como Ginsberg perdido en el "OM", estaba intentando echarme tarareando. Porque no era la señora la que estaba allí fuera en el jardín: era el buen doctor mismo… y su tarareo una frenética tentativa de impedirme entrar en su conciencia superior. 
Intenté varias veces explicarme: era sólo un vecino que venía a pedirle al doctor consejo sobre si era prudente o no engullir un poco de LSD allí en mi choza, al lado de su casa. En fin, yo tenía armas. Y me gustaba disparar… sobre todo de noche, cuando salía una gran llama azul, además de todo aquel ruido… y, sí, las balas, también. Eso no podíamos ignorarlo. Grandes bolas de plomo/aleación volando alrededor del valle a velocidades superiores a los mil doscientos treinta metros por segundo. 
Pero yo siempre disparaba a la colina más próxima, o, en caso contrario, a la oscuridad. No pretendía hacer daño; sólo me gustaban las explosiones y procuraba siempre no matar más de lo que pudiese comer. 
¿«Matar»? Me di cuenta de que nunca podría explicar claramente esa palabra a aquella criatura que trabajaba allí en su jardín. ¿Habría comido alguna vez carne aquella criatura? ¿Sería capaz de conjugar el verbo «cazar» ? ¿Comprendía el hambre? ¿O aceptaría el terrible hecho de que mis ingresos eran aquel año de una media de treinta y dos dólares semanales? 
No, no había esperanza de comunicación allí. Pronto me di cuenta de ello…pero no lo bastante como para impedir que el doctor Droga me echara canturreando a lo largo de su camino hasta mi coche y luego colina abajo. Olvida el LSD, pensé. Mira lo que le ha hecho a ese pobre cabrón. 
Así que seguí con el hash y con el ron otros seis meses o así, hasta que me trasladé a San Francisco y me vi una noche en un sitio llamado «El Auditorio Fillmore». Y eso bastó. Un terrón de azúcar gris y BUM. Mentalmente, había vuelto allí, al jardín del doctor. No por la superficie, sino por debajo de tierra…brotando a través de aquella tierra delicadamente cultivada como una especie de hongo mutante. Una víctima de la Explosión de la Droga. Un drogadicto nato de la calle, de los que se comen todo lo que les cae en las manos. Recuerdo que una noche en el Matrix entró un viajero con un gran paquete a la espalda gritando: «¿Alguien quiere un poco de L…S…D…? Tengo aquí todo el material. Sólo necesito un sitio para prepararlo». 
El encargado se le echó encima, murmurando: 
—Calma, calma, vamos a la parte de atrás.
No volví a verle después de aquella noche, pero antes de que se lo llevaran, el viajero distribuyó sus muestras, que eran inmensas ampollas blancas. Entre en el retrete de caballeros para tomar la mía. Pero primero sólo la mitad, pensé. Buena idea, aunque algo difícil de realizar, dadas las circunstancias. Tomé la primera mitad, pero derramé el resto en la manga de mi camisa roja Pendleton…Y luego, cuando me preguntaba qué hacer con aquello, vi que entraba uno de los músicos.
—¿Qué pasa? —dijo. 
—Bueno —dije—. Todo este material de mi manga es LSD.  
No dijo nada: sólo me agarró el brazo y empezó a chuparlo. Una escena muy rara. Me pregunté qué pasaría si se aventurase por allí casualmente algún corredor de bolsa joven/Trío Kingston y nos cazase en plena función. Que se joda, pensé. Con un poco de suerte, esto le destrozará la vida… pensará constantemente que detrás de alguna estrecha puerta, en todos sus bares favoritos, hay hombres de camisas rojas Pendleton corriéndose juergas increíbles con cosas que él no conocerá jamás. ¿Se atrevería a chupar una manga? Probablemente no. Calma. Finge que no lo viste...

Hunter S. Thompson y Bill Murray (ubicación desconocida, circa 1980)

Extraños recuerdos en esta inquietante noche de Las Vegas. ¿Cinco años después? ¿Seis? Parece toda una vida, o al menos una Era Básica: el tipo de punto culminante que no se repite. San Francisco a mitad de los sesenta fueron una época y un lugar muy especiales para quienes los vivieron. Quizá significase algo, quizá no, a la larga…pero ninguna explicación, ninguna combinación de palabras o música o recuerdos puede rozar esa sensación de saber que tú estabas allí y vivo en aquel rincón del tiempo y del mundo. Significase lo que significase…
La historia es algo difícil de conocer, debido a todos esos cuentos pagados, pero aun sin estar seguro de la «Historia» parece muy razonable pensar que de vez en cuando la energía de toda una generación se lanza al frente en un largo y magnífico fogonazo, por razones que no entiende nadie, en realidad, en el momento… y que nunca explican, retrospectivamente, lo que de verdad sucedió. 
Mi recuerdo básico de esa época parece anclarse en una o cinco o quizá cuarenta noches (o mañanas muy temprano) que salí del Fillmore medio loco y, en vez de irme a casa, enfilaba el gran Lightning 650 por el puente de la Bahía a ciento sesenta por hora ataviado con unos pantalones cortos y una zamarra de pastor… y cruzaba zumbando el túnel de Treasure Island bajo las luces de Oakland y Berkeley y Richmond, sin saber a ciencia cierta qué vía tomar cuando llegase al otro lado (el coche se calaba siempre en la barrera de peaje, yo iba demasiado pasado para encontrar el punto muerto mientras buscaba cambio)…pero absolutamente seguro de que fuese en la dirección que fuese, encontraría un sitio donde habría gente tan volada y cargada como yo: de esto no había duda…
Había locura en todas direcciones, a cualquier hora. Si no al otro lado de la Bahía, por Golden Gate arriba, o hacia abajo, de 101 a Los Altos o La Honda… en todas partes saltaban chispas. Había una fantástica sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era correcto, de que estábamos ganando… Y esto, creo yo, fue el motivo… aquella sensación de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo Viejo y lo Malo. No en un sentido malvado o militar; no necesitábamos eso. Nuestra energía prevalecería sin más. No tenía ningún sentido luchar…ni por parte nuestra ni por la de ellos. Teníamos todo el impulso; íbamos en la cresta de una ola alta y maravillosa… 
Así que, en fin, menos de cinco años después, podías subir a un empinado cerro en Las Vegas y mirar al Oeste, y si tenías vista suficiente, podías ver casi la línea que señalaba el nivel de máximo alcance de las aguas… aquel sitio donde el oleaje había roto al fin y había empezado a retroceder.


Johnny Depp como Raoul Duke en la adaptación de Terry Gillian (1998)

domingo, 18 de septiembre de 2016

"Tilcara" - Germán "Churqui" Choquevilca (de "Los pasos del viento", 1984)


Cáliz de luz, fecundo sueño agrario,
doncella con alforjas de esmeralda.
A tus plantas un río de salitre,
otro río de cuarzo a tus espaldas.
Y allá a lo lejos, entre vos y el cielo,
la hidrográfica senda del Huichaira.
Pupila del ocaso interminable,
sueño indio, sepulcro de la raza.
Desde la noche oscura del Incario
hasta el alba naciente del mañana,
custodiarán el sol de tus umbrales
y los enhiestos cardones del Pucara.

Matriz del viento, origen de la sombra,
ofertorio otoñal de las calandrias,
duerme la siesta del maíz fecundo
sobre el tálamo gris de tus pisadas
hasta que el hombre de la mano ruda
abra en surcos la paz de tus entrañas.

Abre tus brazos al rosal latino,
no levantes ni cercos ni murallas.

Que tus mollares le den sombra y abrigo
al criollo, al europeo y al aimara,
y que lleven tu nombre por el mundo,
muchacha azul, princesa americana.

Cuando el verano te devuelve el río
y tus noches se enciendan de guitarras,
un cortejo de brillos escondidos
prenderán de tu nombre un pentagrama.
Y desde el verde lampazar nocturno,
un coro anfibio entonará tu nombre:

Tilcara.




Senderos

Senderos en el chañar,
tu huella se ha de borrar,
perdiéndose la de volver.

El monte da sin pedir,
el monstruo pide sin dar,
con el cañón, con el fiscal.

Pero allá, donde duerme el sol,
soñarás la huella que se fue.

Vivir, camino a seguir,
es como el río que va.
Tu sueño está
y vos también.

Pero allá, donde duerme el sol,
soñarás la huella que se fue.

Silbando el viento borró,
sombra de aquel haz de luz.
Vengo de ayer, no soy ayer.

Pero allá, donde duerme el sol,
soñarás la huella que se fue.


Jujuy

De mirar hacia allá
todo se congela.
Amanecer sin despertar,
todo ese paisaje ya no está.

Aire y luz, allá en Jujuy.
Hoy parcelas, Pucará.
Arquitectos de antifaz,
los antiguos ya no están.

No están,
no están,
no están.

Forestal de ciudad,
bosques de hormigón.
Vista desde el piso mil,
también te podés tirar.

No están,
no están,
no están.