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sábado, 20 de junio de 2020

"Ascensión; Mayakovski en el cielo; regreso; a los siglos; final" - Vladimir Mayakovski

Ascensión de Mayacovski

Soy poeta.
Enseñen a los niños que el sol se levanta
detrás de los pilares del Este.
En el tálamo de amor aparece la cabeza
querida con sus pocos pelitos.
Lancé a lo alto una flecha de desafío.
¡Quítate esa sonrisa!
Mi corazón busca el balazo, y la garganta
delira con una navaja.
Es la pesadilla deshilvanada del demonio
en la que crece mi angustia.
Me persigue,
me atrae con su abismo el agua del mar.
Me arrojaría también desde cualquier techo.
Las nieves me rodean.
Las nieves me cubren,
crecen, hacen espuma, caen
de nuevo en el hielo cae una esmeralda escarchada.
Tiembla mi alma.
Entre los hielos está ella aprisionada,
y no puede salir.
Así embrujado,
iré caminando por las orillas del Neva.
Doy un paso,
y nuevamente estoy en el mismo lugar.
Corro,
pero es en vano.

De pronto me encontré ante un edificio.
Se alzó detrás de las ventanas de hielo,
en un amanecer redondo.
Allá voy.

Maulló un gato.
Arde la luz nocturna
de la farmacia de turno.
Toco el timbre.
¡Boticario!
¡Boticario!
Esperé colgado de mis propios hombros.

Crecieron,
se turbaron mis pensamientos,
crecieron enredados
como cuernos de ciervos.
Manché el piso de llanto.
Me hinqué de rodillas,
llorando mi paraíso perdido.

¡Boticario!
¡Boticario!
¡Boticario!
¡Déme de beber algo!
¿Cómo puedo hacer,
para beberme hasta el fin la angustia del corazón?
¿Habrá en el cielo virgen, infinito,
o en el Sahara delirante,
o en un desierto enloquecido,
un asilo para celosos?

Detrás de los frascos y las probetas
hay tantos secretos.
Tú conoces la más alta justicia.
¡Boticario!
Ayúdame para que sin dolor,
emigre mi alma al cielo.

Me extiende un frasco,
veo un cráneo.
"Veneno"
debajo dos huesos cruzados.

¿A quién se lo da?
Si yo soy inmortal,
tu huésped es extraordinario.
Los ojos ya no ven.
Estoy mudo,
cierro la puerta detrás de él,
y bien:
¿qué hacer ahora?
¡No faltaba más,
con un veneno perecer intoxicado!

Una turbia suposición
cruzó la mente del tonto boticario.
En las ventanas, los curiosos.
Se oyen voces.

Y de pronto,
asciendo a los aires,
pasando los mostradores.
El techo se abre solo, sin dificultad.

Chillidos.
Ruido.
¡Sobre la casa hay uno colgado!
Ya estoy sobre la casa. ¡Paso!
Veo la iglesia al atardecer,
la cruz iluminada. ¡Paso!
La cima de los árboles y el bosque.
Graznan los cuervos. ¡Paso!

¡Estudiantes!
Todo lo que aprendimos es un cuento.
Y también todo lo que enseñamos.
La Física, la Química y la Astronomía,
son un cuento.

Si se me antoja volar,
vuelo por las nubes.
Y voy a todas partes,
y puedo estar donde quiero,
asombrando la rutina de todas las baladas poéticas.

Canten ahora al nuevo demonio con alas,
de saco americano,
y brillo en sus zapatos amarillos.

Mayakovski en el cielo

¡Alto!
Tiro sobre las nubes
las cosas pesadas
de mi cuerpo cansado.
No hay muchos lugares cómodos.
Hasta ahora, por aquí no estuve.

Observo.
¿Y esa superficie lamida
es el tan decantado cielo?

Veamos, veamos.

Brillaba,
centelleaba,
se deslizaba,
un rumor de nubes,
silenciosas,
incorpóreas,
“la donna é móbile
cual piuma al vento”.
¿Aquí,
en estas blanduras celestiales,
también escuchan la música de Verdi?

Veo en las nubes una ventana.
Miro.
Están cantando los ángeles.
Los ángeles viven bien.
Están acomodados.
Uno de ellos se acerca,
y muy amable,
rompe mi sueño mudo.
“¿Qué tal, cómo le va,
Vladimiro Vladimirovich,
le gusta este abismo celeste?”
Y yo le contesto en el mismo tono:
“un abismo espléndido,
un abismo admirable”.

Al principio me irritaba todo.
No hay un solo rincón cómodo.
No hay diarios, ni té.
Después, me fui acostumbrando al cielo,
paulatinamente.
Salgo a ver lo que pasa,
por si han llegado otros después de mi.
“¿Usted también aquí?”
Lo abracé alegremente.
“¡Salud, Vladimir Vladimirovich!”
“¿Qué tal, cómo se suicidó?
¿Ahora está bien?
¿Está mejor?”

¡Con que esas bromitas tenemos!

Me gustó.
Me puse de pie en la entrada.
Y si llegaba algún muerto,
algún conocido,
lo acompañaba,
para mostrarle las luces estelares
de la grandiosidad del escenario universal.

La estación central de los sucesos
tenía un embrollo de cables y enchufes,
palancas y manijas.
-Aquí,
detienen su holganza los mundos- dicen.
Aquí
dan vuelta más rápido la manija del tiempo,
“más rápido” piden
para que se muera el mundo más pronto.
Me río de tanto apuro.
Si quieren, riegan la tierra de sangre.
¡Qué les importa!
“Al diablo con ellos,
que rieguen,
¡qué importa!”

Aquí está –dicen
el depósito principal de rayos de luz.
-Aquí,
el depósito de estrellas muertas
desde el cual se arrojan al espacio.
-Por aquí un viejo plano,
no se sabe de quién,
el primer dibujo frustrado de una ballena.

Todos están ocupados en serio.
Alguien remienda las nubes.
Otro agrega calor a la chimenea del sol.
Todo en tremendo orden.
Tranquilos, jerárquicos.
No se empujan entre sí.
Por otra parte, no hay necesidad.
Al principio se enojaban,
anda sin hacer nada.
Yo estoy aquí por el corazón.
¿Pero aquí dónde está
si no tenemos cuerpo?
Les propuse:
“si quieren,
me acostaré sobre las nubes
y me ocuparé de contemplar a todos”.
“¡No!” –me dicen. “No nos conviene”.
“¿No les conviene? Como quieran.
Yo les propongo”.

Los fuelles del tiempo aprietan los instantes,
y el Año Nuevo ya está listo.
-Desde aquí
se arroja y desciende tronando,
cada Año en el terrible tobogán del tiempo.

Yo no llevo la cuenta de las semanas.
Nosotros,
conservados en los marcos del tiempo,
no dividimos el amor en días,
no cambiamos los nombres de los seres amados.

Me calmé.
Me acosté en las arenas,
iluminado por los rayos de la luna,
serenándome en el mar agitado de los sueños.
Como si una playa del sur,
recién muda y silenciosa,
avanzara y me cubriese la eternidad del mar,
cruzándome de caricias.

Regreso de Mayakovski

¡Pasaron uno, dos, cuatro, ocho, dieciséis, mil millones de horas!
¡Levántate,
suficiente!

Ya salió el sol,
hasta cuando vas a estar tirado y mudo.
Murmuro entre sueños:
“¿Por qué gritan?
¿Quién se atreve a hacer ruido,
dentro de mi corazón?”

Es de día o de noche.
Sigue igual,
la luz blanquecina de los sueños.

¿Cuántos siglos habrán pasado?
Los días se pierden, en la lejanía,
y pienso,
mirando la vía láctea:
¿No será esa mi barba blanca,
canosa, extendida?

Caen las estrellas.
Empiezo a mirar,
y veo más allá,
como caen vertiginosamente sobre la tierra.

En el corazón se despertaron
envidias olvidadas,
y el cerebro ocioso
construyó su fantasía.
-Ahora en la tierra
debe haber novedades.
Colgaron en las aldeas
las primaveras perfumadas.
Cada ciudad debe estar iluminada.
Canta la cofradía
de los alegres de mejillas sanas.

La angustia reaparece,
cada vez más tajante.

Una nube suntuosa se alza,
a lo lejos se ilumina otra,
pero continuamente me obsesiona
la proximidad
de no sé que rostro terrenal.

Esforzándome
busco la tierra entre otros puntos lejanos.

¡Allí está!
Distingo los mares,
y las montañas con sus picos de cóndores.

A mi lado está mi padre.
Tal como era,
únicamente el uniforme de guardabosque
un poco más ajustado,
y algo gastado en los codos.

Está irritado.
También está mirando la tierra.
Y me dice en voz baja:
“en el Cáucaso,
seguramente empieza la primavera”.

Pasa un grupo incorpóreo
que aburrimiento produce.

Se revela la maldad del apache.

-“Padre”, -le digo.
Me aburro.
Me aburro, padre.
A los poetas imbéciles
los conquistan con la promesa del cielo.
En fila aparecen
las condecoraciones de estrellas.

¡Sol!
¿Para qué extiendes tu manto?
¿Crees que eres un cardenal?
Sígueme,
igual no tienen pies en el cielo,
no van a ensuciar los caminos,
no les hacen falta las galochas
como en el barro de la tierra.

¡Estrellas!
Dejen de trenzar la corona de espinas
del martirio de toda la tierra.
Se fueron con el aire enrojecido.
¿Quién resplandece
con sus alas en las inmensidades de la tierra?
¡Es el amanecer!
¡Alto!
Que vamos por el mismo camino.

A veces me extiendo como un arco iris
y otras veces sigo con la cola enroscada de un cometa.
¿Para qué voy a jugar más,
asqueándome tanto?
¿Qué horrores guardo en secreto?

Estoy mostrando al mundo
varios números de entretenimiento
con rapidez inverosímil.
El alma de los deshabitados
hace tiempo está llena
con los recuerdos del pasado.
Veo un puñado de mundos
ciudades repartidos sobre ellos.

El oído alcanza a distinguir voces.

¡Me lancé en vuelo!
¡Abajo! ¡Llegué!

“¡Salud, viejita!
Resbalé en el asfalto,
ya me levanto”.

Todos se asombran.
No es de sus medidas
este viajero de los cielos.

Voces:
“¡Miren:
debe ser el pintor del techo!
¡Cayó bien!
Es duro ganarse así el pan de la vida”.

Y de nuevo la multitud
siguió detrás de sus asuntos
rodando con las voces del día.

¡Oh, si la garganta pudiese
lanzar un alarido más fuerte
que el ruido de las ciudades más altas!
¿Quién se apoderará de las calles, sublevadas?
¿Quién podrá desenredar
millares de enredos?
¿Quién detendrá
en el aire y el humo
horadando con los aviones el hollín del cielo?

Desde las cumbres del Ecuador
pasando por Chicago
hasta cruzar la ciudad de Tambov
ruedan los rublos.
Estirándose
corren todos
horadando con su cuerpo
las montañas
los mares y las calles.

Aquel mismo con calvicie
conduce de manera invisible
como principal maestro de baile
el can-can universal.
A veces con el aspecto de una idea,
otras con la pinta del diablo
y muchas otras con el resplandor de dios
que está detrás de las nubes.

Más despacio, filósofos.
Yo sé,
no discutan
sobre las fuentes de la vida.
Para qué romper y arruinar los días
como si fueran las hojas del calendario.
¿Debemos tenerles lástima?
¿Y a mi quién me tiene?
Los parques se tragaron los bulevares,
los jardines y los suburbios.

¡Anticuario!
Muéstreme, quiero comprar un puñal.
¡Qué dulce es sentir
que estoy en vísperas de mi venganza!

Mayakovski a los siglos

¿Adónde voy?
¿Para qué?
Corro por centésima vez,
por las calles zumbando como un colmenar.

Los ojos vuelan con su mirada por cien ventanas,
y veo, es penosa,
absurda
y mezquina
la intimidad ajena.
La ciudad apaga
sus vitrinas y ventanas.
Estoy cansado, abrumado.

Únicamente las nubes
desentrañas sus moles,
bajo el crepúsculo
verdugo-sangriento.

Veo un puente feérico.
Subo
y en terrible inquietud,
contemplo todo desde allá.
Recuerdo,
estuve de pie sobre el puente.
Ese brillo
se llamaba entonces, el neva.

Aquí hubo una ciudad,
una ciudad absurda,
arrancada del humo,
de un bosque de chimeneas.
En esta misma ciudad
comenzaron las noches
brumosas, blancas, brumosas.

Fue a fines de Julio.
Encendido por el insomnio
deliraba murmurando algo,
a veces veía la cruz roja
del camión de la asistencia pública,
otras veces me perseguía el estampido de un balazo.

Callaba y volvía.
Yo sé.
Al que es como yo
se calienta fácilmente,
desde luego, pero sin embargo,
es algo salvaje
ver continuamente el mismo rostro
en cada farol, en cada objeto.
¿Quién tuvo una obsesión semejante?

Y veo sobre la casa
cómo bajas tú por un arriesgado declive
y los rayos del sol los juntas en haces.
Me acerco a través de la bruma
y desapareces en mis propias narices.
De nuevo estoy de pie, mudo y absorto.

Los trasnochadores de la ciudad
ya se debandan.
Siento su voz,
hasta su respiración,
hasta el olor de su piel
y creo que es un fantasma,
pero está viva.
Avanza de pronto,
surge del aire.
Le es poco estar sola.
Viene con un cortejo
y mi corazón revive,
y vuelve a caer pesado.
De nuevo renacen en mí
todos los tormentos terrenales.
De nuevo,
¡viva mi sublime locura!

Los faroles están en medio de la calle.

Las calles se parecen
y como si fuera desde un nicho
sale la cabeza modelada de un caballo.
-¿Oiga,
esta es la calle Yukovsky?

Me miran como los niños miran a un esqueleto.
Los ojos grandes eluden la mirada.

Por ella anduvo Mayakovski mil años.

“Aquí se suicidó
en la puerta de su amada”.
¿Quién?
¿Yo me suicidé?
¡Cuentos!
Corazón, modélate de nuevo,
con alegría resplandeciente.
Vuelo hacia su ventana.
Estoy acostumbrado al cielo.
¡Es tan alto!

Subo piso por piso.
Me paso y vuelvo.
Entro. Miro detrás de la cortina.
Está todo igual.
El dormitorio es el mismo.

Pasaron miles de años
y ella está igual, juvenil.
Está acostada.
El cabello suelto.
La luna azulada.
Un instante…
no era la luna,
era la calvicie del marido a su lado.

¡Los encontré!

Ahora que duermen,
mi mano aprieta el puñal,
me aproximo cauteloso, observando.
Y de nuevo
siento que amo.
Retrocedo,
voy cediendo al amor, a la compasión.

¡Buenos días!
Encendieron las luces.
Veo dos ojos salientes.
“-¿Quién es usted?”
“-Yo, Nicoláev, el ingeniero.
Esta es mi casa.
¿Y usted quién es?
¿Por qué se mete con mi mujer?”

La habitación es ajena.
Tembló la mañana,
con un tic en la comisura de los labios.
Me miraba una mujer,
ajena y desnuda.

Salgo corriendo,
destrozado de sombras,
enorme, desmelenado.
Camino por la pared
cubierta por la luna.
Los vecinos salen de sus cuartos
ajustando los batones.
Paso golpeando con los tacos.
A golpes echo al portero a un rincón.
“-¿La del 42,
a dónde se ha ido?”
“-El cartelito dice:
entraron por la ventana
y estaban todos tirados,
cuerpo sobre cuerpo”.

¿Y ahora a dónde voy?
¡A donde mis ojos me lleven!
¿Al campo?
¡Al campo!
¡Tra-la-la-la-la-lá!
¡Tra-la-la-la-la-lá!

La cuerda ajusta su nudo en mi garganta.
Me quemaré en este verano abrasador.
Suenan los grilletes en mis manos
de este amor de poder milenario.

Se acabará el mundo,
desaparecerán todos,
y entonces aquel,
que mueve la vida,
me iluminará sobre la oscuridad del planeta
usando su último rayo de sol
y estaré yo, de pie,
solo con mi dolor,
agudo y rodeado de fuego,
de la fogata inapagable
de este absurdo amor.

Final

Recibe en tu inmenso seno,
nuevamente,
a este desamparado.
¿Y ahora cómo está el cielo?
¿Cuál es mi estrella?
Miles de iglesias
bajo mis pies
elevaron su voz
y entonaron en el mundo:
“¡descansa en paz!”

(Traducción de Lila Guerrero).


jueves, 18 de junio de 2020

"Nacimiento; vida; pasión de Mayakovski" - Vladimir Mayakovski

Nacimiento de Mayakovski

Que aprendan los contemporáneos a escribir
y también los historiadores imbéciles.
"Un notable poeta vivió una vida mezquina y
sin interés."

Yo sé,
no pronunciarán mi nombre los pecadores
asfixiándose en el infierno.
Mi telón en el Gólgota
no se bajará con el aplauso de los popes.
Mejor
me beberé mi café por la mañana
en este espléndido parque de verano.

En el día de mi llegada
en el cielo de Belén,
no encenderán ninguna señal.
Nadie molestó las tumbas
donde duermen los magos de pelo rizado.

El día de mi llegada
fue como todos los días,
absolutamente igual,
igual hasta las náuseas.

Y nadie intentó señalar
a la lejana estrella inoportuna.
Estrella,
¿no le da pereza brillar en vano?
¿Si no es
en el día del nacimiento de un hombre,
para qué diablos debo adorar a esa estrella?

Juzguen ustedes mismos:
pescaremos el pez hablador
con los hilos de la fantasía
y cantaremos,
cantaremos,
la suerte dorada de los pescadores.
Cómo no he de cantarme a mí mismo
si yo,
todo entero,
soy un absoluto prodigio,
si cada uno de mis movimientos
es un inmenso e inexplicable milagro.

¡Mírenme de ambos costados,
asómbrense!
Estas estrellas de cinco puntas
se llaman "manos".
Un par de espléndidas manos.
Observen:
puedo elegir el mejor cuello
y rodearlo con una sola mano.

Abran el cofre del cráneo
y saldrán chispas de su inteligencia.
¿Hay acaso algo que yo no pueda hacer?
¿Quieren?
Puedo inventar un nuevo animal
que camine con tres patas y dos colas.
¿Quieren?
Me pueden besar.
El que me ha besado
dirá si hay jugo más dulce que mi saliva.
Y envuelta en ella se encuentra
mi espléndida lengua roja.

"¡Oh - oh - oh!"
Puedo alzar la voz muy alto.
"¡Ah - ah - ah!"
Puedo bajar blandamente la voz.
No puedo calcularlo todo.
Pero por último,
puedo cambiar el invierno en verano
y el agua en vino.
Si alguien me tocara el pecho,
bajo la lana de mi chaleco
palpita un puño extraordinario.
Si golpea a la derecha,
es un casamiento.
Si golpea a la izquierda,
se estremecen los espejismos.
¿Qué prodigios podría hacer con mi amor?
¿Quién se acostará ebrio en las noches festivas?

Una lavandería.
Las lavanderías.

Todo mojado.
Podría alegrarme de ver tantas pompas de jabón.
Miren
cómo desaparecen tornasoladas.
¿Quiénes son
las hijas del cielo y de la aurora?

Una panadería.
El panadero.
Hizo el pan.
¿Quién es el panadero?
Con harina dibuja un círculo y resulta una rosca.
Y de pronto
los panes
arquean sus lomos crocantes.
Él juega con los panes.
Todo en él es amor.

Una zapatería.
El zapatero.
Entra un mendigo y un canalla.
Les hace falta algún remiendo.
Miro
y a los guelles de las botas les hace falta un detalle.
Ya está coronado.
Es un príncipe,
alegre y hábil.

Soy yo que despliego el corazón como una bandera
y hago milagros en el increíble siglo XX.
Los peregrinos abandonaron su camino a la tumba del Señor.
Quedó desierta la antigua Meca de los fieles.

La vida de Mayakovski

Inquietos por el llanto de banqueros,
señores y señoras en su cubil
salieron,
haciendo sonar el oro.

"Si el corazón es todo en la vida,
para qué,
para qué se junta el dinero."
¿Cómo se atreven a cantar?
¿Quién les ha dado el derecho?
¿Quién les ordenó intimar con los días?
¡Encierren el cielo en cañerías!
¡Tuerzan la tierra en sinuosas calles!
Yo me vanagloriaba,
tengo manos.
Debería tomar el fusil
y no perder el tiempo con las caricias del verano.
¡Entonces no tiene remedio!
Así quedaré brusco y tajante como un erizo.
¡Lengua, escupe los chismes!
Acorralado en un rincón terrestre
arrastro mi yugo cotidiano
y en el cerebro suena implacable:
"la ley",
y en el corazón otra cadena:
"la religión".

La mitad de mi vida ya ha pasado y ahora no me libraré
de los mil ojos de la vigilancia del carcelero,
linternas, linternas, linternas...

Estoy prisionero.
¡No tengo salvación!
Prisionero de la tierra maldita.
A todos los bañaría con mi amor.
Y mi casa sería un Océano.

Grito...
y nada.
Suena el llavero.
Aparece la mueca del carcelero.
Arroja por la mirilla
un pedazo de carne podrida.

Lanzo una exclamación y luego una carcajada.
Delirio con delirio febril.
Suena encadenado a mis pies
el peso del globo terrestre.

Cerraron mis ojos,
con llave de oro.
No les hace falta un ciego.
Para siempre
estoy encerrado
en la oscuridad de esta novela sin sentido.

¡Abajo la carga pesada,
de las falsas invenciones!
¡Viva la rebelión de las musas condenadas!

Los que creen en los pavos reales,
si no son más que un invento de Brehem.
Los que creen en las rosas,
si son inventadas por ociosos botánicos,
transmitan de generación en generación
mi descripción impecable de la tierra.

Rompiendo el arco de los meridianos,
y de las latitudes del atlas,
cruzan espumantes
los francos
los rublos
los dólares
los yenes
y los marcos,
sonando su oro cambiante.

Se hunden los genios, los caballos, las gallinas,
se hunden los elefantes, los violines.
Las cosas pequeñas y grandes.
Y oigo el sonido pegajoso
en el oído,
en la garganta,
en la nariz, en todas partes:
"¡Socorro!"
Nadie oye este gemido inaccesible.

En el centro
de una alfombra rodeada de un fleco impasible,
cual una isla de flores,
está él,
el Vencedor Todopoderoso,
mi rival,
mi enemigo invencible.
De elegante pantalón rayado de seda,
con lunares delicados en sus finas medias,
la corbata de colores,
y el chaleco cruzado
por una cadena.

Todos se rinden a su alrededor.
Pero como en el cielo,
en honor de su raza claman:
¡Bra-a-vo!
¡Vi-i-va-a!
¡Urra-ah!
¡Ban-Zey!
¡Hoj!
¡Hip-hip!
¡Vive!
¡Osanna!

A los profetas los acusan de un poder atronador.
Son imbéciles.
Es que él lee a Locke.
Le gusta.
Sacude la barriga a fuerza de carcajadas,
y echan luces los dijes de su cadena de oro.
Quedamos mudos
escuchando de pie
la historia de Grecia.
Pensamos,
¿será posible,
dónde,
cuándo?
Pero al finado Fidias le ordenaron:
-¡Quiero,
mujeres corpulentas de mármol!
Son las cuatro,
es un buen pretexto:
-"Esclavos,
quiero almorzar de nuevo."
Y Dios, su fiel cocinero,
inventa faisanes de arcilla.
Se estira
y continúa la labor.
Modela una hembra hecha para el amor.
-"¿Quieres conseguir la estrella
más valiosa del firmamento?"
Y he aquí, para él,
una legión de Galileos asciende
a las estrellas por los ojos de los telescopios.
Se estremece el cuerpo de las revoluciones,
cambian los arrieros de nuevas tropillas humanas,
pero a ti dueño de corazones sin coronar,
no te arrasa ningún motín.

La pasión de Mayakovski

¿Escuchan?
¿Oyen el relincho de los caballos?
¿Oyen?
¿Oyen las bocinas de los automóviles?
Son los ciudadanos
que van de compras en el reinado de la abundancia.
Hay un desborde de gente
y yo voy perdido entre la multitud,
afligido y sollozante,
trato de mantener los frenos.
Pero me prendo de faldas y polleras.
¿Qué es eso?
¿Eres tú?
mientes fingiéndote una santulona.
Siento mi ojo enrojecido
como un farol rosado de una casa pública.
-¿Para qué te hago falta?
¡Espera!
Yo conozco alegrías más dulces.
Bajas con orgullo el bosque de tus pestañas.
¡Espera!
Te fuiste...
Allá, por encima de las cabezas está Él.
Le brilla el cráneo.
Tiene la calvicie lustrosa.
Brilla con resplandor.
En el dedo meñique
lleva en la última falange
un brillante sobre el dedo velludo.
Son tres pelos.
Ella se acercó,
se inclinó sobre su mano,
besándola con los labios,
murmurando:
"A un pelito lo llamaron "la flautita",
a otro le decían "la nubecita",
y al tercero, con resplandor increíble,
le bautizaron con otro nombre
recién inventado por mí."

(Traducción de Lila Guerrero).