martes, 6 de octubre de 2026

Susana Soca - cuatro poemas

Tiempo del mar


El mar se mueve en mí, incesante, tranquilo.

El mar avanza al borde de los ojos desiertos

sin las cosas que amaban. Adonde vuelvo, vuelve

entre olas de azul quemado, como el alba

de mis desastres. Tuvo su imperioso color

la espada que subió del filo de una puerta,

y oblicuamente firme su brillo dividía

el corazón sin mengua, en la ignorancia entero.


Diez años y diez años después la espada sube

en azul de tormenta. Adonde vuelvo, vuelve

y la punta del día con ella me acaricia. .

Aunque mis sueños trenzan sus coronas de abetos

para las fiestas de los que duermen,

no las puedo alcanzar ni me llegan sonidos,

voces ni letanías de brasas y de fuentes. ..

Con otros ojos sigo las huellas de mi ausencia

y el color de la llama en chamuscados bosques

donde los ojos míos ya no quieren mirar.


Sin sueños el desvelo y desvelado el sueño,

adonde llego, sólo llega el mar que no duerme,

y su fría embriaguez vela por la apagada

lengua de fuego ardiente en pasados otoños.


La demente


La precisión de mis males

se extiende a las cosas vagas

por noches agotadoras

he jugado con las máscaras

y he buscado la fatiga

como si buscara el agua

ni siquiera alguna muerta

acedía me llegaba.


Entre mi sombra y yo misma

crece tenebrosa planta

doy vida a lo intolerable

en mi visión prolongada

la noche prosigue idéntica

sobre el reverso del alba.


La demente canturrea

dicen que no tengo nada

sin los vapores del vino

de las olas apagadas

acaso el baile del humo

en las hogueras ya lánguidas

de los pastos otoñales.

Repiten ella divaga

yo digo que hay una línea

por los puntos generada

y hay un punto entre los puntos.

La demente canturrea

dicen que no tengo nada

sin los vapores del vino

de las olas apagadas

acaso el baile del humo

en las hogueras ya lánguidas

de los pastos otoñales.

Repiten ella divaga

yo digo que hay una línea

por los puntos generada

y hay un punto entre los puntos.

La demente ya no canta

canturrea canturrea

dicen que no tengo nada

son aspectos de las nubes

que largamente miraba.

Tres horas para una nube.

Bocas cegadas

de los pozos en mi voz

repentinamente callan

cosas iguales se vuelven

para mí las nubes altas

y el muro bajo.

Todos dicen: anda y anda

digo que estoy detenida

aunque confíe a la acacia

lo que dije al abedul,

aunque al almendro contara

lo que no sabe el abeto

y despacio me quejaba

a la melancolía del campo

y a la de secreta lana

que es flor de tapicería.


La demente ya no canta

ni siquiera canturrea

aunque aquí nadie descansa

y es desconocido el sueño,

sueño que estoy transformada

en alguien que apenas vive.

Huyo de las asonancias

del péndulo y de la fuente

que a lo lejos me desgarran

cinco veces cada noche.

Años y años escuchaba,

cristal antiguo del péndulo

y sus dientes me señalan

un tiempo que recomienza.

La demente ahora calla

mira un punto mira un punto

y luego un clavo que avanza

simple y rotundo con furias

diversas y forma exacta,

es clavo de sordidez

que una noble mano planta.


Tiempo de la resina


Hay un sendero corto, hay un sendero corto

entre la mirra oculta de los pinos

la que en el aire nuevamente bebo

y el perfume caído en la memoria mía

y nunca derramado, hay un sendero corto.

No lo puede cruzar, no lo puede cruzar

este presente sueño tocado por mis manos

que cien sueños de ausencia modelaran…


Aquí la unión del labio y su lejana hierba,

de la resina viva y mi deseo último

de sentirla de nuevo, el que apenas cabía

en la encogida noche, la noche sin espacio

para el aire, las caras y las hojas…


Ya sigo a la resina transverberada y ágil

donde un sol escondido irradia y quema

su inagotable vino y por él se confunden

el olor del follaje fresco y su propia llama,

como si caminaran juntos en la raíz

de un pino adolescente, se hacen imo y siguen.

Avanza la resina en el viento del mar.

Por la más lenta apresurado el viento,

ligeramente sigue y se transforma en ella

como el aire del labio en el aire del labio

el uno por el otro una vez nada más.


Busco el sabor antiguo que cien veces gustado

en las hojas de nuevo sorprendía

y tibio como el ámbar rodeaba el joven cuello…

Ahora a la arboleda detenida ya vuelvo

y el perfume camina en lugar mío

y la transporta V la abandona entera

cada vez más secreto. Quizá a la medianoche

entre las piedras vuelva a encender el silencio

y hasta el oscuro aroma yo pudiera llegar

si estrechara mi sombra los veranos no vistos

hacia los cuales vino a tientas y sin mi.


Alguien me dejó sola delante de las hojas

como delante de una muerte que no fue mía

y empecé a caminar buscando nuevos nombres

para las mismas hojas.

En ellas respiré la entera vida

en ellas desde lejos la muerte respiraba.

¡Si yo pudiera ir hasta el oscuro aroma

y respirar en ellas otra vez

la inocencia del gozo y la melancolía,

de una violenta vida, anticipada muerte!


Sólo me acercaría a la resina viva

si pudiera cruzar en medio de la noche

este sendero corto atravesado

por un tronco marchito como una vieja seda.


Rosa de todos


Soy el que duerme lejos sin figuras

soy el que apenas sueña que no sueña

y en el declive de las olas vagas

de una niebla que ignoran los caminos

de la memoria, espera

hasta encontrar una segura rosa

hija y madre del día

corona para la paciencia antigua

del que dormía en las abiertas rocas

por donde se despeñan incesantes

iguales formas sin llegar al sueño.


Rosa excesiva la del sueño

arde arde su piel de flor crepuscular

arde como la infancia de la rosa

y la primera rosa de mi infancia

la rosa de alto pie

entre tapias por ella defendidas

se mueve a la distancia como el agua.

Flor sostenida en una mano, vino

como si caminara paso a paso.


Busco la rosa en medio de las rosas

y la mano en mi mano.


Soy el que duerme lejos sin figuras

el que no mira y sin embargo ve

súbitamente la imprevista rosa

del color de sí misma, nada más

rosa de todos que es la rosa mía.

Entre la orilla clara de sus pétalos

y las moradas islas,

empiezan lentos ríos de colores.

Fulge la aguda la amarilla rosa,

la de clavadas puntas en el humo

que nubla los colores de la llama,

la que retiene el oro en la ceniza.

La grave y roja sale de la noche

aligerada en lilas: lentamente

precede a la mañana;

la moribunda viva rosa blanca

se inmoviliza en un jardín de escarcha

y para siempre duramente brilla.


En algún tiempo que los sueños miden

con más rigor que el tiempo de la rosa,

tocan rápidos labios

los encendidos y apagados días.

Ya vuelve la corola dispersada

vuelve a su planta y su raíz de niebla

y en las cenizas de su piel respiro

el aire y la violencia de una rosa

hace un instante abierta.

Salen del sueño apresurados labios

en busca de una flor

y entre la niebla niebla y ya sin aire,

siguen los pasos de una libre flor.

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