lunes, 23 de febrero de 2026

Altazor: Prefacio (Vicente Huidobro, 1931)

 Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.

Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.

Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.

Amo la noche, sombrero de todos los días.

La noche, la noche del día, del día al día siguiente.

Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.

Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.

Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcos-iris.

Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.

El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.

Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.

Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón girones de aurora incontestable.

Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.

Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso como un ombligo.

«Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.

»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.

»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo o reconstituido, pero indiscutible.

»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.

»Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).

»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.

»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»

Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.

Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.

Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.

Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:

«Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

»Se debe escribir en una lengua que no sea materna.

»Los cuatro puntos cardinales son tres: el Sur y el Norte.

»Un poema es una cosa que será.

»Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.

»Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

»Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.

»Si yo no hiciera, al menos una locura por año, me volvería loco.»

Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha, me lanzo a la atmósfera del último suspiro.

Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.

Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:

«Mira mis manos: son trasparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?

»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.

»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.

»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.

»Digo siempre adiós, y me quedo.

»Amame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.

»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.

»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.

»Amame.»

Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.

Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.

Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.

Y heme aquí solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.

Ah, qué hermoso... qué hermoso.

Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.

Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.

Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.

De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.

Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.

La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.

Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.

Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.

Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.

Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.

Eacute;l, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.

Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos, sin testigo.

El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.

Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.

Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.

El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.

Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.

Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.

Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.

Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.

Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.

La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.

Vamos cayendo, cayendo de nuestro zenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.

Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del zenit al nadir porque ese es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.

Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.

Ah, mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.

¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.

Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.

Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.

Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.

Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.

¿Qué esperas?

Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.

Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.

martes, 17 de febrero de 2026

Canto Ajeno - XXXI

La misma voz con otra letra, 

la misma sangre, las mismas rejas corriendo por las venas

poemas que hablan de poemas

el rito del verso del otro, 

la colosal hermandad del agua.

Yo me arriesgo y cruzo la calle

sumerjo los pies en la vereda y silbo solo, una osamenta me sostiene

vuelvo a la imagen del pan sin intentarlo, cargo con una especie de hijo horrible,

pregunto de nuevo con la misma voz:

¿Por quién daré la vida?

¿Cómo terminan mis manos cada día?

¿Los dedos lloviznados en tinta distraída,

o sitiados en tierra y sangre?

¿Perdimos tanto cuando perdimos la guerra?

¿Y el miedo?

¿Y qué hay sobre la guerra, y los hijos de los soldados, 

y los hijos de sus hijos?

¿Qué pasó cuando olvidé que pasaba el tiempo?

¿Valió anteponer el tema al ritmo?

Se secarán los ríos y no sabré

-elegiré no saber-

como cierra un poema interminable.

lunes, 16 de febrero de 2026

Canto Ajeno - XXX

 Mi conquista será perpetua:

no como la de dios, que será edilicia.

Pasarán las provincias y sus dialectos

las fases de la luna y sus utilidades,

pero mi zafra alimentará mitos

y a los hombres que creen imaginar esos mitos 

y a los hombres que se alimentarán de esos mitos imaginados,

no alcanzará con la mentira de la primavera, 

no se repetirá la sombra,

no se repetirá la sombra.

domingo, 15 de febrero de 2026

Canto Ajeno - XXIX

Sobra indumentaria

si el sistema para tasar la libertad

sigue siendo sacar la cara desde un auto en movimiento,

los retiros espirituales reinan un fin de semana,

para flamear hay que andar liviano de equipaje,

desencarnar las raíces, apostar la vida,

canibalizar la roca, 

destrozar el pan sin los dientes,

andar en círculos,

no levantarme mañana,

ahogarme de risa,

cortar los cables del teléfono,

fundar una isla con linaje,

transcribir el murmullo de un arroyo,

rugir cada quebranto en los pretiles

como si recién me hubieran parido al mundo.

viernes, 6 de febrero de 2026

Canto Ajeno - XXVIII

Una pesadilla menos

es una vida menos que cuidar

cada sueño demorado aleja

Otra gaviota que flota en el mar:

el asfalto, la ruta y los peajes

tienen la misma forma de pertenecer al pasado

de camino cercenado, de horas circuladas

cada jueves que pasa y se repite,

el sol sin pausa tras la luna,

el destino de la sombra en la noche,

idéntico al de la estrella en cielo claro

cada mitad de los relojes de ida y vuelta

alarma a.m. sonando en p.m.

si todo es mañana, si todo es navaja

si la raíz deja paso al follaje

corre como la espuma en el casco de la nave

(sigue y sigue y muere en la orilla)

El pulso cardíaco que va y vuelve y viene

la poca fiebre de cada grano de sal que se abalanza sobre el otro:

estricto, hinchado, idéntico.

Como la ineludible suerte de los aplausos,

se apaga apenas se enciende la luz,

son demasiadas las formas en que el tiempo atormenta.

jueves, 5 de febrero de 2026

Canto Ajeno - XXVII

Por sencilla inercia

el rezo se volvió aullido.

Ni demonios ni falsos consuelos:

no hermanan la copa

o tanto abrazo sin manos.

¿Suenan voces después de la medianoche del primero?

¿Importa

si lloran a rabiar por un oído?

Mucho silencio por callar

tanto ruido hermoso

toda la noche para volverse día.

Ya huí, ya negué,

acepté, regresé:

no hay destino mejor que el inventado.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Canto Ajeno - XXVI

El origen es pura simetría:

investigué volúmenes en vano

y no diferencié la dinámica de un sembradío o una tumba:

ambos derivan de la profundidad o de la madrugada

y brotan,

a pesar de la desigualdad de la semilla.

martes, 16 de diciembre de 2025

Canto Ajeno - XXV

Dos manos traman un mail en un apartamento de Miraflores,

el texto es breve como una vuelta del reloj,

habla de una coartada y una selva oscura.

El botón “enviar” lo transforma en impulsos eléctricos,

el lenguaje binario codifica un mensaje que es a su tiempo la codificación de un mensaje preexistente;

alguien deberá iniciar sesión para principiar un nuevo punto de partida,

un final que no encuentra nunca su principio,

el río que cree alimentar al océano ignora que en su fin está su origen,

la marea eterna cierra y abre un camino baldío de caminantes.

Tal vez imaginar:

imaginar que el tiempo sigue pasando aunque siempre son las nueve,

que el tiempo no es tiempo porque se mueve a cada palabra que busca definirlo y cada discurso evita su forma hasta ser devorado por el silencio;

pero ninguna palabra le dará forma,

digo que siempre existió

o que estará allí hasta el fin de todos los mundos incluso cuando el mismo tiempo se haya terminado, lo que fijará un nuevo principio y será tiempo presente incluso cuando no haya un punto inmóvil para nominar el inicio del nuevo final.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Canto Ajeno - XXIV

La misma letra con otra voz:

defiendo la verdadera suerte de las hojas que el viento barre hasta la muerte

hasta que despiertan, otra vez,

bajo el suelo.

Nunca la llamaré terrible.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Canto Ajeno - XXIII

Morir es nacer:

me nombra el desconocido que desconfía de la matriz,

reincido en mis raíces de suelo fecundo en invierno;

y esas raíces son indescifrables como el suelo que las complementa.

Retumbo, no contengo mis hojas.

Al contrario, celebro su empuje

cuando resplandecen con la entereza de la noche y también,

cuando caen al suelo, derrocadas por su propio peso marchito

y pasan a habitar el estrato más profundo del terreno,

el de algunos difuntos y los ríos subterráneos.

Es territorio vivo la profundidad, tiene hambre,

la tiniebla remojada no tiene más fortuna que germinar.

martes, 23 de septiembre de 2025

Vuelo en tierra

Así se crean mundos:

a curva detenida,

a travesía desplomada.

¡Hierve, aire!

Mientras canto como puedo

la gracia de tu aérea maniobra,

menea esas alas anchas,

quedándo y yéndote

al mismo tiempo.

Aquí,

en penumbra de aurora

tuvimos la ternura al alcance de las manos

y los pies,

acortamos a fuerza de pasos la distancia

y espigamos mediodía a medianoche.

Sobró silencio.

Callé tanto tiempo

Callé al aullido

que despedazó la nada,

callé los fuegos

que consumaban el día

callé vergüenzas

callé espantos

callé lo que detiene los pies de los pasos.

Aprendí el idioma celeste

a ver si me acercaba una centésima de decimal

a tu lengua de pájaro nuevo,

a tus palabras de pleamar sin cerrazón.

Sabiendo que no se borra la sed con agua,

insistí en el naufragio

y celebré la hinchazón de mis pulmones

con la fragilidad de la lluvia.

Anotaba, descoyuntado,

cuanta palabra caía a mi alcance

- vocales violetas, como ánima Omega -

para coserlas a un aroma desconsolado,

para conjurar una ventana abierta de par en par al bautismo del viento.

Desperté,

sacudido por un ángel eléctrico

recién caído del cielo

caído bajo el calor del verano.

¡Belleza de caparazón!

Gloria nativa de alcoba

febril bermejo enredo.

Olores predilectos

dopamínica espalda

sin fuego se enciende.

Mi palabra se trastoca,

mi boca besa otra boca

la ilustre cavidad resbalosa

entre juego y ajetreo

víctima del delicado y despiadado

ardid, primaveral como el nombre.

Año luz recorrido

hormona volátil

el peso del minuto

visto en el verso justo.

Aún no encontré

placer ni pena

que oxigene los inmóviles rincones

de la secuencia de tactos conexos,

sexíprocos, radiantes, devastadores.

Miro de afuera, ahora.

No conté los sueños ni sus noches

y robé y robé y robé,

creyendo que me quedaba una moneda

y corrí y corrí y corrí

hasta donde no existía la muerte,

o por lo menos donde tenía menos chances.

Hace mucho no sé nada del sol

ni de tu nombre.

gotas centinelas del frío

estrellas simplifican el deleite

cae la lluvia como si fuera la última

cae exhausta la mañana.

Me convenzo mil veces

que son fantasía tus cabellos en llamas

iluminando la caverna

del último Ciego.

Me abrazo a la seguridad

de que tu brillo es mentira,

que no desquiciaste las puertas de mi casa

y dejaste un sendero donde había un laberinto.

Buscaré entonces

en el vacío nuestro de cada día

otra sombra que resuene

con los decibeles de tus pasos.

Llegará cuanto antes

con pausa, sin prisa

con viento a favor

o en contra, como si me importara.

Ahora es solo un descanso,

ya tomaré mis cosas:

un libro de Carver

y un disco de los Doors para el camino.

Como la luz de cada día

como las nueve de la mañana

como la muerte, amor, como la muerte

así de inevitable.

sábado, 20 de septiembre de 2025

Nosferatu

El amor muerto golpea esta aldea:

No mato por hambre, no mato por hambre:

renace en mí una furia que no me habitaba desde hacía siglos.

Embato,

embisto con refucilo de antílope

y moldeo carne con dentadura.

Maté

por la más casta de las hambres,

destallo

sin pudor

rasgo vestido y piel

inserto piel en más piel

sorbo a chorros esos gajos de fruta madura

bebo también

bebo y engatuso

y creo mi propio

rojo aullido.

No los maté por hambre;

esculpo sus órbitas horrorizadas

con uñas por cinceles

la bahía del cráneo vacante

la pradera del músculo desnudo,

no los maté por hambre;

los cubro de venas amarillas

rasgo el cielo

al mismo tiempo rasgo el abdomen

llueve linfa trayecto mutilado,

no los maté por hambre, no los maté por hambre,

pero así mismo, mastico.

La sangre corre

sin tumulto en mis venas

lenta, segura

desborda los tejidos,

revienta con lujuria cavernosa.

Solo, si tan solo no tuviera que ganarme la vida en pequeños bocados.

Los límites de las avenidas

me reciben de boca en celo

carnaje celestial

diurno cielo rojo.

Me olvido del poema sin tema

de la novela sin argumento

y me anticipo a un celo interminable,

a detonar una nube negra que esparcirá

el pánico por las redes inalámbricas

hasta hacer saltar de gozo la ola

que ha empezado a formarse

en el corazón de la playa negra

pariendo un orgasmo de agua.

No los maté por hambre...

¡Sí! ¡Que digo!

Sí, los maté por hambre.

Soy un esqueleto eléctrico luminoso

me lleva la deriva aguas arriba

soy rey, soy soberano

tengo agua,

tengo aire,

combato tormentas con guijarros

asisto, navaja en una mano

a los seres que no sueñan

y diez mil dedos en la otra

para disecar los volcanes del cielo

y el paso del tiempo que no es condena.

Mar parásito

custodio de cinco edades,

desborda, voluptuoso,

fondo perpetuo, perfume de anzuelo

frío peregrino

ariete trastornado rajando roca

poeta anfibio,

de ojos prójimos al agua,

sin horizonte cercano:

pura vista.

Soy peatón en un siglo mecánico

no insisto:

la ola quieta es inservible

la ola quieta es inservible...

Despite all my rage...inservible.

Despite all my rage...inservible...