sábado, 10 de octubre de 2026

Me interno en un trópico desconocido

Me interno en un trópico desconocido

una segunda mortaja de ramas sin flores

senderos de hormigas en el barro

helechos gigantes desmiembro con mis hombros.

El suelo se fractura a cada paso.

Desde el continente,

emigro a un islote náufrago,

camino con pausa para no irritar a las alimañas durmientes:

soy intruso en este terreno, 

adivino al tigre entre el follaje

planeando maniobras de asalto

hijas del hambre de la mandíbula.

Huye 

se espanta al ver en mí su propio reflejo

un espejo infame.

Un rayo de sol se filtra entre las ramas más altas:

avanzo un paso,

vuelvo la vista,

se ha renovado el lienzo.

Una serpiente enlazada en su rama

silba su siesta de silencio.

Nudos de pulpa verde crecen hasta la cima de los eucaliptus:

todo aquí se nutre de agua,

de nada más que del agua;

de donde vengo la sed es la norma,

de donde vengo nos nutrimos de sed.

Los jadeos del aire caliente

ondean las hojas más livianas 

el calor, insoportable

la vegetación, lujuriosa 

los insectos me rayan la cara

la humedad, 

las capas de hojas muertas sobre hojas muertas

insisten en ser suelo nuevo,

la yedra desprende un olor que espanta a los pájaros jóvenes

insisto a fuerza de pasos penetrar en la selva retinta

revienta la tierra de tanta raíz.

Estoy de paso, me repito, estoy de paso.

Revivo de a una palabra a la vez

mi lengua montaraz empuja,

se empeña en demostrar,

empuja,

descarga mi discurso como un río profundo

como el vapor al agua hirviendo.

Camino y alcanzo el límite de la arboleda

y de mi paciencia.

Bajo a la ciudad, 

y cuanto sea posible, bajo un poco más.

Siempre queda una última puerta,

siempre una escalera siguiente.

Los trenes estremecen mi cabeza con su entusiasmo mecánico,

sobre mis sienes zumban turbinas que extraen el aire dopado,

cargado de electrolitos y azufre.

Bajo un poco más 

entablo combate con la ley de gravedad,

peleo a muerte lo más abajo que pueda llegar.

Mientras, por los azulejos

desbordan los ríos subterráneos.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Robert Desnos - "reflexiones sobre la poesía"

Hay una constante poética. Hay cambios de moda. Hay cambios en los gestos. También hay motivos de inspiración tan imperiosos que, de todas maneras, deben ser expresados. Estos patrones inspiradores existen ahora mismo y necesitan hablar ahora mismo.

*

Cada uno encuentra su alimento poético donde le gusta. Leer Los dioses verdes, de Pierre Devaux, me enseñó más sobre un posible mecanismo de la imagen poética que este o el otro artículo sesudo.

*

Villon, Gérard de Nerval, Góngora me parecen, como el gran Baffo, sujetos de reflexiones actuales sobre la técnica poética. Unir el lenguaje popular, el más popular, de atmósfera inexpresable, a una imaginería aguda; anexar los dominios que, aún hoy, parecen incompatibles con el maldito “lenguaje noble" que renace constantemente de las lenguas arrancadas al sarnoso cerbero que resguarda el acceso al terreno poético, me parece una tarea deseable, sin olvidar, repito, ciertas razones de peso de inspiración actual...

*

Los grandes nombres de nuestro tiempo (me refiero a los poetas) aún no tienen asegurado un lugar más alto que el tercer estante de la biblioteca de un erudito curioso del año 2000. Pero no tiene importancia. La gran poesía puede, por necesidad, ser actual, de circunstancias... puede, por tanto, ser fugaz.

*

La poesía puede ser una cosa o la otra. No necesariamente tiene que ser o esto o aquello... excepto ser delirante y lúcida.

*

Las escuelas se suceden y se fusionan. El romanticismo abarca ahora Parnaso, simbolismo, naturalismo. Hay un romanticismo ateo, un romanticismo Católico. Y, si miramos de cerca, el romanticismo concilia el siglo XVIII filosófico con la Edad Media metafísica... concilia como lo haría un cocinero que combinara el aceite y el vinagre a la hora de preparar una ensalada.

*

Me parece que más allá del surrealismo hay algo muy misterioso a conocer, más allá del automatismo está lo deliberado, más allá de la poesía está el poema, más allá de la poesía sufrida hay poesía impuesta, más allá de la poesía libre está el poeta libre.

*

Este dominio misterioso del que acabo de hablar lo siento detrás de Nerval, de quien tendremos que partir de nuevo para liberarnos de Mallarmé, de Rimbaud, de Lautréamont. Pero las puertas de este dominio tal vez sólo se abran con una palabra que se encuentra en la jerga de las baladas de Villon.

*

Góngora... el poema sigue su camino recto a través del bosque oscuro y en todas partes, por una gran avenida, pero, a derecha e izquierda, partiendo de los callejones, hay senderos transversales, sinuosos, hacia los bordes, y este Góngora no los suprime, los absorbe, los guarda, se los lleva como un prisionero perseguido que se llevaría consigo los campos mismos y no su llave.

*

Baffo es el hombre en el sentido más animal y abstracto. Pero ¡qué buen temperamento! Sade dijo: "F... somos delicados cuando en B..."; sí, pero la poesía no tiene nada que hacer con la delicadeza. Y no creo nada en Babylou como poeta. La poesía puede hablar de todo con total libertad. Intenten un poco, poetas renacidos, amigos míos, ver que no son ustedes libres.

Traducción y selección: Laboratorio de poesía

martes, 6 de octubre de 2026

Susana Soca - cuatro poemas

Tiempo del mar


El mar se mueve en mí, incesante, tranquilo.

El mar avanza al borde de los ojos desiertos

sin las cosas que amaban. Adonde vuelvo, vuelve

entre olas de azul quemado, como el alba

de mis desastres. Tuvo su imperioso color

la espada que subió del filo de una puerta,

y oblicuamente firme su brillo dividía

el corazón sin mengua, en la ignorancia entero.


Diez años y diez años después la espada sube

en azul de tormenta. Adonde vuelvo, vuelve

y la punta del día con ella me acaricia. .

Aunque mis sueños trenzan sus coronas de abetos

para las fiestas de los que duermen,

no las puedo alcanzar ni me llegan sonidos,

voces ni letanías de brasas y de fuentes. ..

Con otros ojos sigo las huellas de mi ausencia

y el color de la llama en chamuscados bosques

donde los ojos míos ya no quieren mirar.


Sin sueños el desvelo y desvelado el sueño,

adonde llego, sólo llega el mar que no duerme,

y su fría embriaguez vela por la apagada

lengua de fuego ardiente en pasados otoños.


La demente


La precisión de mis males

se extiende a las cosas vagas

por noches agotadoras

he jugado con las máscaras

y he buscado la fatiga

como si buscara el agua

ni siquiera alguna muerta

acedía me llegaba.


Entre mi sombra y yo misma

crece tenebrosa planta

doy vida a lo intolerable

en mi visión prolongada

la noche prosigue idéntica

sobre el reverso del alba.


La demente canturrea

dicen que no tengo nada

sin los vapores del vino

de las olas apagadas

acaso el baile del humo

en las hogueras ya lánguidas

de los pastos otoñales.

Repiten ella divaga

yo digo que hay una línea

por los puntos generada

y hay un punto entre los puntos.

La demente canturrea

dicen que no tengo nada

sin los vapores del vino

de las olas apagadas

acaso el baile del humo

en las hogueras ya lánguidas

de los pastos otoñales.

Repiten ella divaga

yo digo que hay una línea

por los puntos generada

y hay un punto entre los puntos.

La demente ya no canta

canturrea canturrea

dicen que no tengo nada

son aspectos de las nubes

que largamente miraba.

Tres horas para una nube.

Bocas cegadas

de los pozos en mi voz

repentinamente callan

cosas iguales se vuelven

para mí las nubes altas

y el muro bajo.

Todos dicen: anda y anda

digo que estoy detenida

aunque confíe a la acacia

lo que dije al abedul,

aunque al almendro contara

lo que no sabe el abeto

y despacio me quejaba

a la melancolía del campo

y a la de secreta lana

que es flor de tapicería.


La demente ya no canta

ni siquiera canturrea

aunque aquí nadie descansa

y es desconocido el sueño,

sueño que estoy transformada

en alguien que apenas vive.

Huyo de las asonancias

del péndulo y de la fuente

que a lo lejos me desgarran

cinco veces cada noche.

Años y años escuchaba,

cristal antiguo del péndulo

y sus dientes me señalan

un tiempo que recomienza.

La demente ahora calla

mira un punto mira un punto

y luego un clavo que avanza

simple y rotundo con furias

diversas y forma exacta,

es clavo de sordidez

que una noble mano planta.


Tiempo de la resina


Hay un sendero corto, hay un sendero corto

entre la mirra oculta de los pinos

la que en el aire nuevamente bebo

y el perfume caído en la memoria mía

y nunca derramado, hay un sendero corto.

No lo puede cruzar, no lo puede cruzar

este presente sueño tocado por mis manos

que cien sueños de ausencia modelaran…


Aquí la unión del labio y su lejana hierba,

de la resina viva y mi deseo último

de sentirla de nuevo, el que apenas cabía

en la encogida noche, la noche sin espacio

para el aire, las caras y las hojas…


Ya sigo a la resina transverberada y ágil

donde un sol escondido irradia y quema

su inagotable vino y por él se confunden

el olor del follaje fresco y su propia llama,

como si caminaran juntos en la raíz

de un pino adolescente, se hacen imo y siguen.

Avanza la resina en el viento del mar.

Por la más lenta apresurado el viento,

ligeramente sigue y se transforma en ella

como el aire del labio en el aire del labio

el uno por el otro una vez nada más.


Busco el sabor antiguo que cien veces gustado

en las hojas de nuevo sorprendía

y tibio como el ámbar rodeaba el joven cuello…

Ahora a la arboleda detenida ya vuelvo

y el perfume camina en lugar mío

y la transporta V la abandona entera

cada vez más secreto. Quizá a la medianoche

entre las piedras vuelva a encender el silencio

y hasta el oscuro aroma yo pudiera llegar

si estrechara mi sombra los veranos no vistos

hacia los cuales vino a tientas y sin mi.


Alguien me dejó sola delante de las hojas

como delante de una muerte que no fue mía

y empecé a caminar buscando nuevos nombres

para las mismas hojas.

En ellas respiré la entera vida

en ellas desde lejos la muerte respiraba.

¡Si yo pudiera ir hasta el oscuro aroma

y respirar en ellas otra vez

la inocencia del gozo y la melancolía,

de una violenta vida, anticipada muerte!


Sólo me acercaría a la resina viva

si pudiera cruzar en medio de la noche

este sendero corto atravesado

por un tronco marchito como una vieja seda.


Rosa de todos


Soy el que duerme lejos sin figuras

soy el que apenas sueña que no sueña

y en el declive de las olas vagas

de una niebla que ignoran los caminos

de la memoria, espera

hasta encontrar una segura rosa

hija y madre del día

corona para la paciencia antigua

del que dormía en las abiertas rocas

por donde se despeñan incesantes

iguales formas sin llegar al sueño.


Rosa excesiva la del sueño

arde arde su piel de flor crepuscular

arde como la infancia de la rosa

y la primera rosa de mi infancia

la rosa de alto pie

entre tapias por ella defendidas

se mueve a la distancia como el agua.

Flor sostenida en una mano, vino

como si caminara paso a paso.


Busco la rosa en medio de las rosas

y la mano en mi mano.


Soy el que duerme lejos sin figuras

el que no mira y sin embargo ve

súbitamente la imprevista rosa

del color de sí misma, nada más

rosa de todos que es la rosa mía.

Entre la orilla clara de sus pétalos

y las moradas islas,

empiezan lentos ríos de colores.

Fulge la aguda la amarilla rosa,

la de clavadas puntas en el humo

que nubla los colores de la llama,

la que retiene el oro en la ceniza.

La grave y roja sale de la noche

aligerada en lilas: lentamente

precede a la mañana;

la moribunda viva rosa blanca

se inmoviliza en un jardín de escarcha

y para siempre duramente brilla.


En algún tiempo que los sueños miden

con más rigor que el tiempo de la rosa,

tocan rápidos labios

los encendidos y apagados días.

Ya vuelve la corola dispersada

vuelve a su planta y su raíz de niebla

y en las cenizas de su piel respiro

el aire y la violencia de una rosa

hace un instante abierta.

Salen del sueño apresurados labios

en busca de una flor

y entre la niebla niebla y ya sin aire,

siguen los pasos de una libre flor.

lunes, 5 de octubre de 2026

Susana Soca - cinco poemas

La lámpara


Más tarde cuando nada deseaba

pasión de ausencia he conocido

en la memoria de mi deseo

del albedrío que nunca obtuve.


Ahora que no tengo sed y todo gesto

ya se reduce a no hacer ruido en las tinieblas

esta nostalgia del albedrío de alguno, vuelve.

Despacio oscila alrededor como una lámpara

y todavía por ella sé que el fuego existe.


Amanecer


Sé que ella avanza

adonde nadie sabe de olas ni praderas

para los juegos

de la impaciente luz. 


Sigue en secreto, sola y sin ser precedida 

hasta el final de corredores 

interminables y repetidos, 

a través de hendiduras 


de puertas ya cerradas por la sombra en el día, 

sin rumor, sin espacio 

ella se estira hasta llegar 

adonde apenas encuentra muros. 


Sola, sin pájaros ahora, sé 

que rectamente avanza 

en la alegría, el mudo canto 

es canto de alborada. 


Avanza sin error en busca del espejo 

ya sin figuras oscurecido 

antes de las tinieblas 

y en los biseles estrechos, últimos, 

un filo breve la acoge y brilla. 


Voz del canto


Tú, la arbitraria y la primera

orden y fuego de la palabra

en la fatiga embriaguez última

desde el principio yo te escuchaba. . .

Y con mi sola voz yo te digo:

en lo violento siempre esperada,

fue tu violencia violencia mía

para estar sola, sin esperanza


hube de ir al aire inmóvil

adonde sé que nadie llama

adonde sé que no me llevas

a laberintos de la palabra. . .

En la memoria y en el olvido,

tú, la primera y la arbitraria.


En otro tiempo iba y venía

tu juego semejante a los juegos del mar.

Al borde de tu ausencia soñaba que volvías

y para retenerte con el habla

había que andar y andar de nuevo

hacia el opuesto lado de una sombra más larga

que mi estirada sombra.


Viví los años de la memoria

retirada de mí,

empecinada en unir algo

que estaba dividido,

buscando alguien que no era el mismo

y ya nada sabía de mi vieja ansiedad.


Sin descansar iba y venía

yo despertaba en una y soñaba con otra

a través de ciudades simultáneas y opuestas.

En la primera mitad de la noche

un hilo de frescura, un hilo de fulgor

bastaba a la alegría de buscar las figuras

agazapadas detrás de mis ojos.


Desdoblamiento


Desde los manantiales 

de las tinieblas la angustia mía desborda y sube, 

hasta entregarme al nuevo día 

como a la punta de nueva espada. 


Triste es lo cómico, eficaz el demonio ingenuo. 

Vuelve la reina de pie de cabra bajo la púrpura 

a los viejos tinglados. 


Soy la que sigue en la gramilla 

los pasos de Analisa 

soy la que gira sobre sí misma. 


Si la más diestra se entorpeciera 

si la más rápida se rezagara 

aunque lo atroz tome el lugar del aire en mí, 

sabría respirar. 

Pero ya sigo hasta el final de la jornada 

sin poder elegir.


Otoño mi jardín


Otoño mi jardín

blanco es el hongo como el jazmín

otoño mi señor

busco tu cara en el color

busco en lo blanco tu nueva cara,

quieta con las lagunas

amenazadas, ardiente y clara

se anula y alza entre las dunas.

Es la cara violenta

del aire apresurado

en la rápida menta,

del aire demorado

en la resina lenta.


Otoño mi señor

ya busco el fuego en tu color

o es solamente color del fuego.

Soñoliento andariego

de bosque en bosque de mar en mar

busco tus nuevos modos

de aparecer y cabalgar

con los otoños todos

sobre las alas de las gaviotas

cercanas y remotas.


Detengo el paso junto a la ría

para que un pájaro beba la fría

lengua del agua y aún no salga

de todos los otoños

en este último si cabalga

aparta el ala de la blancura

y elige el ala oscura.

Color de cuervo el ala aciaga.

Y todos los otoños

en éste que me embriaga

y me defiende de los otoños.

sábado, 3 de octubre de 2026

Susana Soca - cuatro poemas

Lugar de dalia


Tarde llega a mi boca

el olor del verano

en mitad de la noche

un aire que ha guardado

la calidez del día

se filtra entre mis labios,

ya avanzado febrero

y de soslayo

secretamente sube

el olor del verano

en un jardín estrecho

antes ya devastado.


Sin fuentes para mí

cuando ya no sé nada

de la flor que lo envía

seguro río avanza

en mitad de la noche

como un hilo del agua

que es un hilo de olor

angosto río avanza.


Sólo sé que no viene

del árbol de las rectas

lustradas hojas

prontas para las fiestas

del encendido césped

cercanas y secretas.


Algún poder de flor

desde lejos encanta

o es acaso la hierba

crecida y preparada

para el último filtro.

Arde bajo la llama

alta y sin fuego

de la primera dalia.


En la violencia oculta

de las hierbas se agranda

alzada y sostenida

la frente de la dalia

y el lugar donde el canto

en el perfume cava

y antes de alzarse tiembla

es un lugar de dalia.


No se detiene el río

y sin cesar avanza

por donde se consumen

los seres de las lámparas

diestros en la alegría

de una noche que basta.

No se detiene y sigue

por la apagada casa

de las tinieblas.

Sólo sé que nos llama

a la tierra más sola

a una tierra de escasas

quietas vegetaciones

apenas agitadas

por el rigor del viento.


Sólo sé que nos llama

a una secreta tierra

sin llano y sin montaña.

Es una tierra austera

sin nieves y sin brasas,

mortalmente bebía

de sus esencias blandas

mi juventud.

Es tierra mesurada

y sin descanso mide

desmesura y distancia,

contados árboles

apenas la acompañan

a través de lagunas

sin espejos, cerradas;

donde calla y se mira

la que a los suyos habla

en un tiempo sin tiempo

y de pie sin palabras

delante de ella estamos.


Caminan con sigilo

las solapadas ondas

en aire de invernáculo

sobre ríos de aromas

y más fuertes que el día

aquéllas que no ignoran

como golpear al viento

se reparten las horas.


A medianoche

el olor del verano,

me devuelve un camino

de flor en el más largo

río de sus aromas.

Por él yo sigo y ando

hasta tocar la sola

tierra que está a mi lado.


Salmo de la noche


Aquí la noche jadeante y baja. La que se muere y no habla.

Aquí la noche aferrada a la ceniza de la nieve.

En las ciudades prisioneras.


Hay que tocar la propia diestra para saber el camino del agua.

Y sólo el agua divide el bosque negro de la ciudad inmóvil y vendada que un encaje olvidado de luna serpentea.


Aquí la noche que no duerme. Y solamente encierra. Casi sin albas la de mañanas tardías.

Risa de colegiales corta un instante el frío. Hasta que pasa en ella un silbido.

Como a través del vuelo de las palomas condenadas.


Sólo la noche se inclina a desiertos parapetos.

Un temblor de siglos gira en las veletas agitadas por el cierzo.

Y prolonga la voz de los tambores ensordecidos.


Saltan sobre la nieve los centinelas como los osos cautivos.


En su prisión la bella aprende por vez primera a caminar en las tinieblas.

Y todavía nadie espera nada.


Las campanas


Llego al lugar habitado

por impecables campanas

llego en la gloria del día

sin saber que ellas estaban.


Llama en el aire su voz

y despierta al agua hermana,

ella cederá el espacio

para la voz que se alarga

de las torres a las islas,

clara la sonora senda

entre las sendas calladas

sigue junto a las estrías

de la luz y se separa

hermana en lo transparente

del agua tornasolada.


Nunca perdida la voz

sin eco navega y anda,

de las torres a las islas

exactamente nos llama.


En la alegría el convenio

de la voz de las campanas

con el agua y con el aire

o el aire dentro del agua

y allí los pasos hallamos,

su ligereza y sus pausas.


En la alegría el convenio

del silencio y las campanas

dueñas del propio camino

en el esplendor del agua.


Árbol de junio


Soy el que duerme lejos sin figuras

soy el que apenas sueña que no sueña

y en el declive de las olas vagas

de una niebla que ignoran los caminos

de la memoria, espera

hasta encontrar una segura rosa

hija y madre del día

corona para la paciencia antigua

del que dormía en las abiertas rocas

por donde se despeñan incesantes

iguales formas sin llegar al sueño.


Rosa excesiva la del sueño

arde arde su piel de flor crepuscular

arde como la infancia de la rosa

y la primera rosa de mi infancia

la rosa de alto pie

entre tapias por ella defendidas

se mueve a la distancia como el agua.

Flor sostenida en una mano, vino

como si caminara paso a paso.


Busco la rosa en medio de las rosas

y la mano en mi mano.


Soy el que duerme lejos sin figuras

el que no mira y sin embargo ve

súbitamente la imprevista rosa

del color de sí misma, nada más

rosa de todos que es la rosa mía.

Entre la orilla clara de sus pétalos

y las moradas islas,

empiezan lentos ríos de colores.

Fulge la aguda la amarilla rosa,

la de clavadas puntas en el humo

que nubla los colores de la llama,

la que retiene el oro en la ceniza.

En este árbol encerrado y solo

entre la rama izquierda y la rama derecha

antes de tiempo empieza el áureo río

entre las hojas rápidas y las más lentas hojas

donde el verde ya espera

el oro singular que avecina la púrpura.

Y oculta en la embriaguez de la sustancia

graciosamente subirá la muerte.


En el árbol el árbol

y la cima y declive de un río sin espacio

donde el precoz otoño estrechará al fantasma

de las jóvenes hojas.


En el árbol el árbol.

El boscaje que aparta el chamuscado muro

en la tierra sin aire de la piedra ha crecido.


Junto al follaje nuevo el follaje quemado

no por el breve tiempo sino por la pasión,

el follaje quemado

no por las huellas sino por los pasos

de algún verano que deslumbra y sigue.


En el árbol el árbol.

viernes, 2 de octubre de 2026

Susana Soca - "Laberinto"

I


Aquí el poema largo interrumpido siempre

y varias veces terminado

poema escrito por una que yo no soy.

Sé que la encuentro en la mitad,

sin final ni principio. Pero ya no la busco

busco el poema sólo, para empezar de nuevo.


Busco el instante en que se traban

su mano con la mía

en el modo de asir al interior del agua

el reflejo de algún árbol que no es el mismo,

de tocar un objeto a la distancia,

otro el objeto o la distancia es otra.

Busco el instante en que se cruzan su mirada y la mía

en el color del mar que siempre es nuevo.


Por un instante el ritmo

en la extrañeza familiar avanza

y reconozco un movimiento fiel en la cara que ignoro.

Con el sueño soñado un instante me encuentro

en algún sueño interrumpido,

por azar entro y sigo hacia otro despertar.


Con otra voz hablo al mismo durmiente,

eco de la suya se vuelve la mía.

Aunque en otro tiempo habló rudamente

mi voz y él, despacio, la contradecía.


Me asombra mi furor

los puños recios para golpear en el vacío.

Otra la miel otra la sal

las mismas olas cambian

y la resina enciende un más secreto fuego.


Sin más historia que el poema

entro bruscamente en la historia mía.

El ritmo se quiebra y ya sigo a ciegas,

sólo fechas mágicas en lo oscuro brillan

entre palabras extranjeras.


II - La sombra de Ariana


Ya la sombra de Ariana un instante guiada

por el partido hilo de la memoria, llega

al viejo laberinto del poema

nunca a la entrada o la salida.


Sólo recuerda el muro arborescente,

algún punto se mueve hacia el centro del muro,

sabe que lo ha mirado largamente de pie

como si nunca hubiera ningún otro.

Adonde antes corría con los ojos cerrados

Ariana titubea, ha de saber que supo

del camino sinuoso y sin embargo exacto.

Donde ve las estrías como en el agua quieta

del muro humedecido, en otro tiempo

la angustia y la alegría trazaban líneas juntas.


Sólo encuentra una frase.

Cuando el itinerario del laberinto pierde

no sabe si es aquella que impulsara sus pasos

o aquella que seguía.

Imperiosa ordenada en mitad de la fiebre

en el frío anulada obedece a las otras.


Entre noche y día nuevamente vuelve

a la orilla de una rosa ya cansada.

Ve los indecisos ríos de colores

del punto morado al pálido punto

Ve el borde, el repliegue colorado y el dédalo

donde cada rosa un color elige.

Vuelve a ver las rosas, nunca más la rosa,

la imprevista, allí los colores viven

y todas las rosas un instante crecen.


Era acosada por las cosas súbitas,

duras, vaporosas.

Se defendía con los ritos

de la palabra con sus gritos

y sus rupturas. Por el ansia

y la efusión de la constancia

el crepitar de la vehemencia

al agua de la complacencia.

Y las cercaba en el amor

o las cercaba en el horror.


No era la cosa sino un movimiento,

parpadeaba en el aire de los ojos

y entraba luego para no salir.


Aunque el sonido se disperse

ardía la dulzura,

aquella misma que gotea

al borde de una música

desvanecida, la más lenta,

y todavía se insinúa

oh, sola y duradera

así pasaba entre los címbalos

nunca rendida por la fuerza

de los acordes sucesivos.

Perdura la más lenta

ha de llegar hasta el olvido.


Sin tregua Ariana daba al ser del laberinto

el esplendor de las vivientes cosas

devoradoras, devoradoras

para morir o hacer morir.

Criaturas y cosas llevaba al interior

para salir de nuevo a buscarlas afuera.


Ariana sabe ahora que ninguno moría,

entre inmortales eran las escenas

simulacros de muerte lograba el arduo juego.

Nunca acabado el ser del laberinto

jamás concluía con las cosas.

Una vez mal herido parecía morir

pero se prolongaba vivo en el adversario.

Más que el poder del laberinto

Ariana amaba al que llevó consigo

cerca del día, en sueños, contra la faz del muro

a solas despertó buscando el hilo en vano.


Ya lo incesante sale de las cosas.

En el poema antiguo ahora se desplazan

ligeramente para reunirse en una sola

inopinada y densa. Por ella sabe Ariana

que fuera leve el peso de la diversidad.


Sólo señales de las cosas

en el trazado del poema.

Otra la faz otra la forma

y lo que puso ya no encuentra.


Ha de saber el nombre

de la arboleda el prado el mar distante,

si recuerda una hoja exacta, algunas briznas como

las viera un día.


O la concisa luz que tornasola

en el vacío de la ausente ola

y sin cesar reforma su corola.


Se apoya en una hoja entre las altas hierbas

tantas y tantas veces llevadas a lo oscuro,

busca en las desiguales lisas blandas o acerbas

puestas juntas, hundidas en el centro del muro.

Descansa en una sola hoja para empezar,

y sin pausas llevarla a algún nuevo lugar…

Ahí, con otros ojos ver el color del mar.

jueves, 1 de octubre de 2026

William Faulkner - "Absalom, Absalom" (fragmento del primer capítulo) (1936)

    Desde las dos, aproximadamente, hasta la puesta del sol, permanecieron sentados, aquella sofocante y pesada tarde de septiembre, en lo que la señorita Coldfield seguía llamando «el despacho» por haberlo así llamado su padre: una habitación cálida, oscura, sin ventilación, cuyas ventanas y celosías continuaban cerradas desde hacía cuarenta y tres veranos, porque, allá en su niñez, alguien opinaba que el aire en movimiento y la luz producen calor, mientras que la penumbra resulta siempre más fresca. A medida que el sol daba más de lleno sobre ese costado de la casa, la habitación se iluminaba de rayos horizontales y amarillentos que dejaban ver innumerables partículas de polvo. Quintín pensó que serían, sin duda, escamas de la viejísima pintura descolorida, desprendidas de la madera resquebrajada y empujadas hacia el interior por una fuerza semejante a la del viento. Una guía de glicinas florecía por segunda vez en aquel estío, y trepaba por un enrejado que se divisaba frente a la ventana; los gorriones llegaban y partían en bandadas, sin orden ni concierto, produciendo un rumor seco y polvoriento al levantar el vuelo. Frente a Quintín se hallaba la señorita Coldfield, con su sempiterno traje de luto, que llevaba desde hacía cuarenta y tres años, aunque nadie sabía si era por su padre, hermana o no-marido; erecta y rígida, ocupaba una silla de duro asiento, tan alta para ella que sus piernas, sin llegar al suelo, pendían rectas y verticales como si los huesos de sus tobillos y pantorrillas estuviesen fundidos en hierro, lo que les daba el aire de rabia impotente que tienen los pies infantiles. Hablaba con voz áspera, huraña, asombrada, y al final toda atención cesaba, el poder auditivo se confundía a sí mismo y el objeto de su impotente pero indomable fracaso —aunque había muerto años atrás— aparecía, como evocado por esa indignada requisitoria, sereno, distraído e inofensivo, brotando del polvo paciente, soñador y victorioso.

Su voz no cesaba: se esfumaba. Allí estaba la penumbra suave con un leve aroma mortuorio, dulzona por la presencia de las glicinas dos veces florecidas al contacto ardoroso y sereno del sol de septiembre sobre las paredes exteriores, destilado e hiperdestilado, y el sonoro y melancólico revolotear de los gorriones entre sus ramas, semejante al ruido de un palo flexible agitado sin tregua por algún chicuelo ocioso, y el aroma rancio de aquella avejentada carne de mujer, endurecida a través de larga virginidad, mientras el huraño rostro desvaído lo contemplaba por encima del borroso triángulo de encajes que adornaban su garganta y sus muñecas, desde aquella silla demasiado alta en que parecía un niño crucificado, la voz no callaba, sino que se esfumaba, yendo y viniendo a largos intervalos como un hilo de agua que corriera de un banco de arena seca a otro, y el fantasma meditaba con incorpórea docilidad, como si fuera esa voz que él embrujaba donde otro más afortunado hubiera encontrado un hogar.

Salía de un trueno silencioso y, bruscamente (hombre-corcel-demonio), invadía la escena tranquila y convencional como una de esas acuarelas que premian en las exposiciones escolares; sus ropas, cabello y barba olían ligeramente a azufre, y tras él se agrupaba su tropel de negros salvajes, fieras a medio domesticar a quienes se les enseñó a caminar erectas como hombres, en actitudes salvajes y reposadas; en medio de ellos, maniatado, aquel arquitecto francés con su aire severo, huraño y andrajoso. El jinete permanecía inmóvil, barbado, mostraba las palmas de sus manos; detrás, los negros salvajes y el arquitecto cautivo se apretujaban en silencio, llevando en una paradoja incruenta las palas, picas y azadas de la conquista pacífica. Luego, en su largo no-asombro, Quintín vio cómo dominaban silenciosamente las cien millas cuadradas de tierra tranquila y atónita, cómo extraían de la Nada silenciosa, con violento esfuerzo, una casa y un parque, y los arrojaban como barajas sobre una mesa bajo la mirada del personaje pontifical de las palmas elevadas, para crear el Ciento de Sutpen, el Hágase el Ciento de Sutpen, como antiguamente se dijo Hágase la Luz. Y su oído se reconciliaba, y le parecía escuchar a dos Quintines diferentes: el Quintín Compson que se preparaba a ir a Harvard, al Sur, a ese inmenso Sur, muerto desde 1865, poblado de fantasmas quejumbrosos, ofendidos, desconcertados; oyendo, obligado a oír, a uno de esos espectros que había tardado más que todos los otros en buscar su reposo y que le hablaba de rancios tiempos espectrales y el Quintín Compson que era todavía demasiado joven para merecer convertirse en fantasma, pero forzado a serlo, ya que había nacido y se había educado en ese Sur inmenso, lo mismo que ella; los dos Quintines diferentes se hablaban en un largo silencio de no-gente, en un no-lenguaje semejante a éste: Al parecer, este demonio se llamaba Sutpen (el Coronel Sutpen). El Coronel Sutpen. Que vino no se sabe de dónde y sin anunciarse, con una banda de negros vagabundos, y llevó acabo una plantación. (Arrancó violentamente una plantación, según dice la señorita Rosa Coldfield.) La arrancó violentamente. Y se casó con su hermana Elena y engendró una hija y un hijo. (Los engendró sin cariño, dice la señorita Rosa Coldfield.) Sin cariño. Ellos, que debían de haber sido su orgullo, el escudo y consuelo de su vejez. (Pero ellos lo aniquilaron, o algo ase o fue él quien los destruyó a ellos, o algo así. Y murieron.) Murieron. Sin ser llorados por nadie, dice la señorita Rosa Coldfield. (Salvo por ella.) Sí, salvo por ella. (Y por Quintín Compson.) Sí, por Quintín Compson.

—Puesto que va usted a estudiar a la Universidad de Harvard, según me han dicho —dijo la señorita Coldfield—, me imagino que nunca volverá por aquí para instalarse en una ciudad insignificante como Jefferson, ya que los del Norte se han arreglado para que no quede aquí nada para los jóvenes. Quizá siga usted la carrera literaria, como lo hacen hoy en día tantas damas y caballeros del Sur, y puede ser que algún día recuerde usted esto y escriba algo acerca de ello. Supongo que ya estará casado para entonces, y cuando su mujer necesite un vestido nuevo o una silla, escriba usted algo de cuanto le he dicho y envíelo a las revistas. Quizá recuerde entonces con afecto a esta anciana que le obligó a pasarse toda una tarde encerrado y entre cuatro paredes, y a oírle hablar de personas y acontecimientos que usted tuvo la suerte de no conocer, cuando probablemente quería estar al aire libre, entre amigos de su edad.

—Sí, señora —repuso Quintín—. Pero no es eso lo que quiere decir, pensó. Lo que desea es que se sepa.

Todavía era temprano en aquel momento. Aún tenía en el bolsillo la misiva que le había entregado poco antes del mediodía un negrito, con la invitación de visitarle: ruego ceremonioso, raro, que parecía más bien una orden, casi una llamada del otro mundo; aquella hoja extraña, arcaica de papel de esquila, cubierta por una escritura esmerada, marchita, trabajosa, en la cual —asombrado ante semejante ruego de una mujer que triplicaba su edad y a la que había conocido desde su infancia sin haber cambiado más de cien palabras con ella, o quizá por el hecho de no contar sino veinte años no había adivinado el temperamento frío, implacable y hasta cruel. Obedeció la orden inmediatamente después del almuerzo, y recorrió la media milla que separaba su casa de la de la señorita Coldfield a través del calor seco y polvoriento de comienzos de septiembre. Entró en la casa. También ella —despintada, turbia y de dos plantas— parecía más pequeña de lo que era; pero con un aire, un empaque de austera resistencia, como si ella, lo mismo que su ama, hubiese sido creada para un mundo más reducido del que actualmente la rodeaba. Allí, en la semioscuridad del cerrado vestíbulo, cuyo ambiente era más sofocante aún que el de la calle, como si hubieran quedado aprisionados en él como en un sepulcro todos los suspiros del lento tiempo tórrido transcurrido en esos cuarenta y cinco años, le esperaba, para invitarle a pasar adentro, la pequeña silueta vestida de negro que ni siquiera hacía crujir la seda de su traje, el desvaído triángulo de blonda en la garganta y alrededor de las muñecas, la borrosa cara que lo miraba con expresión reflexiva, atenta y suplicante.

Lo que ella quiere, pensó, es que se sepa, para que gentes que ella no verá jamás, cuyos nombres nunca llegarán a su oído, gentes que ni han oído su nombre ni han visto su rostro, lo lean y sepan por fin por qué permitió Dios que perdiésemos la guerra, sólo mediante la sangre de nuestros hombres y las lágrimas de nuestras mujeres pudo Él contener a ese demonio y borrar su recuerdo y su estirpe de la faz de la tierra.

Luego, casi inmediatamente, resolvió que tampoco era éste el motivo que movió a la señorita Coldfield a enviarle la misiva: ¿por qué elegirle a él si no deseaba otra cosa que difundir el hecho, verlo escrito y hasta impreso? No necesitaba para ello recurrir a nadie, ya que desde los tiempos de la juventud de su padre (el de Quintín) se había hecho conocer como poetisa laureada de la ciudad y del Estado mismo, al enviar a la reducida y severa lista de suscripciones del periódico local poemas, odas, panegíricos y epitafios brotados de una acerba e implacable reserva de energía nunca derrotada.