viernes, 2 de octubre de 2026

Susana Soca - "Laberinto"

I


Aquí el poema largo interrumpido siempre

y varias veces terminado

poema escrito por una que yo no soy.

Sé que la encuentro en la mitad,

sin final ni principio. Pero ya no la busco

busco el poema sólo, para empezar de nuevo.


Busco el instante en que se traban

su mano con la mía

en el modo de asir al interior del agua

el reflejo de algún árbol que no es el mismo,

de tocar un objeto a la distancia,

otro el objeto o la distancia es otra.

Busco el instante en que se cruzan su mirada y la mía

en el color del mar que siempre es nuevo.


Por un instante el ritmo

en la extrañeza familiar avanza

y reconozco un movimiento fiel en la cara que ignoro.

Con el sueño soñado un instante me encuentro

en algún sueño interrumpido,

por azar entro y sigo hacia otro despertar.


Con otra voz hablo al mismo durmiente,

eco de la suya se vuelve la mía.

Aunque en otro tiempo habló rudamente

mi voz y él, despacio, la contradecía.


Me asombra mi furor

los puños recios para golpear en el vacío.

Otra la miel otra la sal

las mismas olas cambian

y la resina enciende un más secreto fuego.


Sin más historia que el poema

entro bruscamente en la historia mía.

El ritmo se quiebra y ya sigo a ciegas,

sólo fechas mágicas en lo oscuro brillan

entre palabras extranjeras.


II - La sombra de Ariana


Ya la sombra de Ariana un instante guiada

por el partido hilo de la memoria, llega

al viejo laberinto del poema

nunca a la entrada o la salida.


Sólo recuerda el muro arborescente,

algún punto se mueve hacia el centro del muro,

sabe que lo ha mirado largamente de pie

como si nunca hubiera ningún otro.

Adonde antes corría con los ojos cerrados

Ariana titubea, ha de saber que supo

del camino sinuoso y sin embargo exacto.

Donde ve las estrías como en el agua quieta

del muro humedecido, en otro tiempo

la angustia y la alegría trazaban líneas juntas.


Sólo encuentra una frase.

Cuando el itinerario del laberinto pierde

no sabe si es aquella que impulsara sus pasos

o aquella que seguía.

Imperiosa ordenada en mitad de la fiebre

en el frío anulada obedece a las otras.


Entre noche y día nuevamente vuelve

a la orilla de una rosa ya cansada.

Ve los indecisos ríos de colores

del punto morado al pálido punto

Ve el borde, el repliegue colorado y el dédalo

donde cada rosa un color elige.

Vuelve a ver las rosas, nunca más la rosa,

la imprevista, allí los colores viven

y todas las rosas un instante crecen.


Era acosada por las cosas súbitas,

duras, vaporosas.

Se defendía con los ritos

de la palabra con sus gritos

y sus rupturas. Por el ansia

y la efusión de la constancia

el crepitar de la vehemencia

al agua de la complacencia.

Y las cercaba en el amor

o las cercaba en el horror.


No era la cosa sino un movimiento,

parpadeaba en el aire de los ojos

y entraba luego para no salir.


Aunque el sonido se disperse

ardía la dulzura,

aquella misma que gotea

al borde de una música

desvanecida, la más lenta,

y todavía se insinúa

oh, sola y duradera

así pasaba entre los címbalos

nunca rendida por la fuerza

de los acordes sucesivos.

Perdura la más lenta

ha de llegar hasta el olvido.


Sin tregua Ariana daba al ser del laberinto

el esplendor de las vivientes cosas

devoradoras, devoradoras

para morir o hacer morir.

Criaturas y cosas llevaba al interior

para salir de nuevo a buscarlas afuera.


Ariana sabe ahora que ninguno moría,

entre inmortales eran las escenas

simulacros de muerte lograba el arduo juego.

Nunca acabado el ser del laberinto

jamás concluía con las cosas.

Una vez mal herido parecía morir

pero se prolongaba vivo en el adversario.

Más que el poder del laberinto

Ariana amaba al que llevó consigo

cerca del día, en sueños, contra la faz del muro

a solas despertó buscando el hilo en vano.


Ya lo incesante sale de las cosas.

En el poema antiguo ahora se desplazan

ligeramente para reunirse en una sola

inopinada y densa. Por ella sabe Ariana

que fuera leve el peso de la diversidad.


Sólo señales de las cosas

en el trazado del poema.

Otra la faz otra la forma

y lo que puso ya no encuentra.


Ha de saber el nombre

de la arboleda el prado el mar distante,

si recuerda una hoja exacta, algunas briznas como

las viera un día.


O la concisa luz que tornasola

en el vacío de la ausente ola

y sin cesar reforma su corola.


Se apoya en una hoja entre las altas hierbas

tantas y tantas veces llevadas a lo oscuro,

busca en las desiguales lisas blandas o acerbas

puestas juntas, hundidas en el centro del muro.

Descansa en una sola hoja para empezar,

y sin pausas llevarla a algún nuevo lugar…

Ahí, con otros ojos ver el color del mar.

jueves, 1 de octubre de 2026

William Faulkner - "Absalom, Absalom" (fragmento del primer capítulo) (1936)

    Desde las dos, aproximadamente, hasta la puesta del sol, permanecieron sentados, aquella sofocante y pesada tarde de septiembre, en lo que la señorita Coldfield seguía llamando «el despacho» por haberlo así llamado su padre: una habitación cálida, oscura, sin ventilación, cuyas ventanas y celosías continuaban cerradas desde hacía cuarenta y tres veranos, porque, allá en su niñez, alguien opinaba que el aire en movimiento y la luz producen calor, mientras que la penumbra resulta siempre más fresca. A medida que el sol daba más de lleno sobre ese costado de la casa, la habitación se iluminaba de rayos horizontales y amarillentos que dejaban ver innumerables partículas de polvo. Quintín pensó que serían, sin duda, escamas de la viejísima pintura descolorida, desprendidas de la madera resquebrajada y empujadas hacia el interior por una fuerza semejante a la del viento. Una guía de glicinas florecía por segunda vez en aquel estío, y trepaba por un enrejado que se divisaba frente a la ventana; los gorriones llegaban y partían en bandadas, sin orden ni concierto, produciendo un rumor seco y polvoriento al levantar el vuelo. Frente a Quintín se hallaba la señorita Coldfield, con su sempiterno traje de luto, que llevaba desde hacía cuarenta y tres años, aunque nadie sabía si era por su padre, hermana o no-marido; erecta y rígida, ocupaba una silla de duro asiento, tan alta para ella que sus piernas, sin llegar al suelo, pendían rectas y verticales como si los huesos de sus tobillos y pantorrillas estuviesen fundidos en hierro, lo que les daba el aire de rabia impotente que tienen los pies infantiles. Hablaba con voz áspera, huraña, asombrada, y al final toda atención cesaba, el poder auditivo se confundía a sí mismo y el objeto de su impotente pero indomable fracaso —aunque había muerto años atrás— aparecía, como evocado por esa indignada requisitoria, sereno, distraído e inofensivo, brotando del polvo paciente, soñador y victorioso.

Su voz no cesaba: se esfumaba. Allí estaba la penumbra suave con un leve aroma mortuorio, dulzona por la presencia de las glicinas dos veces florecidas al contacto ardoroso y sereno del sol de septiembre sobre las paredes exteriores, destilado e hiperdestilado, y el sonoro y melancólico revolotear de los gorriones entre sus ramas, semejante al ruido de un palo flexible agitado sin tregua por algún chicuelo ocioso, y el aroma rancio de aquella avejentada carne de mujer, endurecida a través de larga virginidad, mientras el huraño rostro desvaído lo contemplaba por encima del borroso triángulo de encajes que adornaban su garganta y sus muñecas, desde aquella silla demasiado alta en que parecía un niño crucificado, la voz no callaba, sino que se esfumaba, yendo y viniendo a largos intervalos como un hilo de agua que corriera de un banco de arena seca a otro, y el fantasma meditaba con incorpórea docilidad, como si fuera esa voz que él embrujaba donde otro más afortunado hubiera encontrado un hogar.

Salía de un trueno silencioso y, bruscamente (hombre-corcel-demonio), invadía la escena tranquila y convencional como una de esas acuarelas que premian en las exposiciones escolares; sus ropas, cabello y barba olían ligeramente a azufre, y tras él se agrupaba su tropel de negros salvajes, fieras a medio domesticar a quienes se les enseñó a caminar erectas como hombres, en actitudes salvajes y reposadas; en medio de ellos, maniatado, aquel arquitecto francés con su aire severo, huraño y andrajoso. El jinete permanecía inmóvil, barbado, mostraba las palmas de sus manos; detrás, los negros salvajes y el arquitecto cautivo se apretujaban en silencio, llevando en una paradoja incruenta las palas, picas y azadas de la conquista pacífica. Luego, en su largo no-asombro, Quintín vio cómo dominaban silenciosamente las cien millas cuadradas de tierra tranquila y atónita, cómo extraían de la Nada silenciosa, con violento esfuerzo, una casa y un parque, y los arrojaban como barajas sobre una mesa bajo la mirada del personaje pontifical de las palmas elevadas, para crear el Ciento de Sutpen, el Hágase el Ciento de Sutpen, como antiguamente se dijo Hágase la Luz. Y su oído se reconciliaba, y le parecía escuchar a dos Quintines diferentes: el Quintín Compson que se preparaba a ir a Harvard, al Sur, a ese inmenso Sur, muerto desde 1865, poblado de fantasmas quejumbrosos, ofendidos, desconcertados; oyendo, obligado a oír, a uno de esos espectros que había tardado más que todos los otros en buscar su reposo y que le hablaba de rancios tiempos espectrales y el Quintín Compson que era todavía demasiado joven para merecer convertirse en fantasma, pero forzado a serlo, ya que había nacido y se había educado en ese Sur inmenso, lo mismo que ella; los dos Quintines diferentes se hablaban en un largo silencio de no-gente, en un no-lenguaje semejante a éste: Al parecer, este demonio se llamaba Sutpen (el Coronel Sutpen). El Coronel Sutpen. Que vino no se sabe de dónde y sin anunciarse, con una banda de negros vagabundos, y llevó acabo una plantación. (Arrancó violentamente una plantación, según dice la señorita Rosa Coldfield.) La arrancó violentamente. Y se casó con su hermana Elena y engendró una hija y un hijo. (Los engendró sin cariño, dice la señorita Rosa Coldfield.) Sin cariño. Ellos, que debían de haber sido su orgullo, el escudo y consuelo de su vejez. (Pero ellos lo aniquilaron, o algo ase o fue él quien los destruyó a ellos, o algo así. Y murieron.) Murieron. Sin ser llorados por nadie, dice la señorita Rosa Coldfield. (Salvo por ella.) Sí, salvo por ella. (Y por Quintín Compson.) Sí, por Quintín Compson.

—Puesto que va usted a estudiar a la Universidad de Harvard, según me han dicho —dijo la señorita Coldfield—, me imagino que nunca volverá por aquí para instalarse en una ciudad insignificante como Jefferson, ya que los del Norte se han arreglado para que no quede aquí nada para los jóvenes. Quizá siga usted la carrera literaria, como lo hacen hoy en día tantas damas y caballeros del Sur, y puede ser que algún día recuerde usted esto y escriba algo acerca de ello. Supongo que ya estará casado para entonces, y cuando su mujer necesite un vestido nuevo o una silla, escriba usted algo de cuanto le he dicho y envíelo a las revistas. Quizá recuerde entonces con afecto a esta anciana que le obligó a pasarse toda una tarde encerrado y entre cuatro paredes, y a oírle hablar de personas y acontecimientos que usted tuvo la suerte de no conocer, cuando probablemente quería estar al aire libre, entre amigos de su edad.

—Sí, señora —repuso Quintín—. Pero no es eso lo que quiere decir, pensó. Lo que desea es que se sepa.

Todavía era temprano en aquel momento. Aún tenía en el bolsillo la misiva que le había entregado poco antes del mediodía un negrito, con la invitación de visitarle: ruego ceremonioso, raro, que parecía más bien una orden, casi una llamada del otro mundo; aquella hoja extraña, arcaica de papel de esquila, cubierta por una escritura esmerada, marchita, trabajosa, en la cual —asombrado ante semejante ruego de una mujer que triplicaba su edad y a la que había conocido desde su infancia sin haber cambiado más de cien palabras con ella, o quizá por el hecho de no contar sino veinte años no había adivinado el temperamento frío, implacable y hasta cruel. Obedeció la orden inmediatamente después del almuerzo, y recorrió la media milla que separaba su casa de la de la señorita Coldfield a través del calor seco y polvoriento de comienzos de septiembre. Entró en la casa. También ella —despintada, turbia y de dos plantas— parecía más pequeña de lo que era; pero con un aire, un empaque de austera resistencia, como si ella, lo mismo que su ama, hubiese sido creada para un mundo más reducido del que actualmente la rodeaba. Allí, en la semioscuridad del cerrado vestíbulo, cuyo ambiente era más sofocante aún que el de la calle, como si hubieran quedado aprisionados en él como en un sepulcro todos los suspiros del lento tiempo tórrido transcurrido en esos cuarenta y cinco años, le esperaba, para invitarle a pasar adentro, la pequeña silueta vestida de negro que ni siquiera hacía crujir la seda de su traje, el desvaído triángulo de blonda en la garganta y alrededor de las muñecas, la borrosa cara que lo miraba con expresión reflexiva, atenta y suplicante.

Lo que ella quiere, pensó, es que se sepa, para que gentes que ella no verá jamás, cuyos nombres nunca llegarán a su oído, gentes que ni han oído su nombre ni han visto su rostro, lo lean y sepan por fin por qué permitió Dios que perdiésemos la guerra, sólo mediante la sangre de nuestros hombres y las lágrimas de nuestras mujeres pudo Él contener a ese demonio y borrar su recuerdo y su estirpe de la faz de la tierra.

Luego, casi inmediatamente, resolvió que tampoco era éste el motivo que movió a la señorita Coldfield a enviarle la misiva: ¿por qué elegirle a él si no deseaba otra cosa que difundir el hecho, verlo escrito y hasta impreso? No necesitaba para ello recurrir a nadie, ya que desde los tiempos de la juventud de su padre (el de Quintín) se había hecho conocer como poetisa laureada de la ciudad y del Estado mismo, al enviar a la reducida y severa lista de suscripciones del periódico local poemas, odas, panegíricos y epitafios brotados de una acerba e implacable reserva de energía nunca derrotada.