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martes, 29 de septiembre de 2020

"Cien años de soledad" - Gabriel García Márquez (fragmento del capítulo 16)

Aureliano Segundo regresó a la casa con sus baúles, convencido de que no sólo Úrsula, sino todos los habitantes de Macondo, estaban esperando que escampara para morirse. Los había visto al pasar, sentados en las salas con la mirada absorta y los brazos cruzados, sintiendo transcurrir un tiempo entero, un tiempo sin desbravar, porque era inútil dividirlo en meses y años, y los días en horas, cuando no podía hacerse nada más que contemplar la lluvia. Los niños recibieron alborozados a Aureliano Segundo, quien volvió a tocar para ellos el acordeón asmático.

Pero el concierto no les llamó tanto la atención como las sesiones enciclopédicas, de modo que otra vez volvieron a reunirse en el dormitorio de Meme, donde la imaginación de Aureliano Segundo convirtió el dirigible en un elefante volador que buscaba un sitio para dormir entre las nubes. En cierta ocasión encontró un hombre de a caballo que a pesar de su atuendo exótico conservaba un aire familiar, y después de mucho examinarlo llegó a la conclusión de que era un retrato del coronel Aureliano Buendía. Se lo mostró a Fernanda, y también ella admitió el parecido del jinete no sólo con el coronel, sino con todos los miembros de la familia, aunque en verdad era un guerrero tártaro. Así se le fue pasando el tiempo, entre el coloso de Rodas y los encantadores de serpientes, hasta que su esposa le anunció que no quedaban más de seis kilos de carne salada y un saco de arroz en el granero.

-¿Y ahora qué quieres que haga? -preguntó él.

-Yo no sé -contestó Fernanda-. Eso es asunto de hombres.

-Bueno -dijo Aureliano Segundo-, algo se hará cuando escampe.

Siguió más interesado en la enciclopedia que en el problema doméstico, aun cuando tuvo que conformarse con una piltrafa y un poco de arroz en el almuerzo. «Ahora es imposible hacer nada -decía-. No puede llover toda la vida.» Y mientras más largas le daba a las urgencias del granero, más intensa se iba haciendo la indignación de Fernanda, hasta que sus protestas eventuales, sus desahogos poco frecuentes, se desbordaron en un torrente incontenible, desatado, que empezó una mañana como el monótono bordón de una guitarra, y que a medida que avanzaba el día fue subiendo de tono, cada vez más rico, más espléndido. Aureliano Segundo no tuvo conciencia de la cantaleta hasta el día siguiente, después del desayuno, cuando se sintió aturdido por un abejorreo que era entonces más fluido y alto que el rumor de la lluvia, y era Fernanda que se paseaba por toda la casa doliéndose de que la hubieran educado como una reina para terminar de sirvienta en una casa de locos, con un marido holgazán, idólatra, libertino, que se acostaba boca arriba a esperar que le llovieran panes del cielo, mientras ella se destroncaba los riñones tratando de mantener a flote un hogar emparapetado con alfileres, donde había tanto que hacer, tanto que soportar y corregir desde que amanecía Dios hasta la hora de acostarse, que llegaba a la cama con los ojos llenos de polvo de vidrio y, sin embargo, nadie le había dicho nunca buenos días, Fernanda, qué tal noche pasaste, Fernanda, ni le habían preguntado aunque fuera por cortesía por qué estaba tan pálida ni por qué despertaba con esas ojeras de violeta, a pesar de que ella no esperaba, por supuesto, que aquello saliera del resto de una familia que al fin y al cabo la había tenido siempre como un estorbo, como el trapito de bajar la olla, como un monigote pintado en la pared, y que siempre andaban desbarrando contra ella por los rincones, llamándola santurrona, llamándola farisea, llamándola lagarta, y hasta Amaranta, que en paz descanse, había dicho de viva voz que ella era de las que confundían el recto con las témporas, bendito sea Dios, qué palabras, y ella había aguantado todo con resignación por las intenciones del Santo Padre, pero no había podido soportar más cuando el malvado de José Arcadio Segundo dijo que la perdición de la familia había sido abrirle las puertas a una cachaca, imagínese, una cachaca mandona, válgame Dios, una cachaca hija de la mala saliva, de la misma índole de los cachacos que mandó el gobierno a matar trabajadores, dígame usted, y se refería a nadie menos que a ella, la ahijada del duque de Alba, una dama con tanta alcurnia que le revolvía el hígado a las esposas de los presidentes, una fijodalga de sangre como ella que tenía derecho a firmar con once apellidos peninsulares, y que era el único mortal en ese pueblo de bastardos que no se sentía emberenjenado frente a dieciséis cubiertos, para que luego el adúltero de su marido dijera muerto de risa que tantas cucharas y tenedores, y tantos cuchillos y cucharitas no era cosa de cristianos, sino de ciempiés, y la única que podía determinar a ojos cerrados cuándo se servía el vino blanco, y de qué lado y en qué copa, y cuándo se servía el vino rojo, y de qué lado y en qué copa, y no como la montuna de Amaranta, que en paz descanse, que creía que el vino blanco se servía de día y el vino rojo de noche, y la única en todo el litoral que podía vanagloriarse de no haber hecho del cuerpo sino en bacinillas de oro, para que luego el coronel Aureliano Buendía, que en paz descanse, tuviera el atrevimiento de preguntar con su mala bilis de masón de dónde había merecido ese privilegio, si era que olla no cagaba mierda, sino astromelias, imagínense, con esas palabras, y para que Renata, su propia hija, que por indiscreción había visto sus aguas mayores en el dormitorio, contestara que de verdad la bacinilla era de mucho oro y de mucha heráldica, pero que lo que tenía dentro era pura mierda, mierda física, y peor todavía que las otras porque era mierda de cachaca, imagínese, su propia hija, de modo que nunca se había hecho ilusiones con el resto de la familia, pero de todos modos tenía derecho a esperar un poco de más consideración de parto de su esposo, puesto que bien o mal era su cónyuge de sacramento, su autor, su legítimo perjudicador, que se echó encima por voluntad libre y soberana la grave responsabilidad de sacarla del solar paterno, donde nunca se privó ni se dolió de nada, donde tejía palmas fúnebres por gusto de entretenimiento, puesto que su padrino había mandado una carta con su firma y el sello de su anillo impreso en el lacre, sólo para decir que las manos de su ahijada no estaban hechas para menesteres de este mundo, como no fuera tocar el clavicordio y, sin embargo, el insensato de su marido la había sacado de su casa con todas las admoniciones y advertencias y la había llevado a aquella paila de infierno donde no se podía respirar de calor, y antes de que ella acabara de guardar sus dietas de Pentecostés ya se había ido con sus baúles trashumantes y su acordeón de perdulario a holgar en adulterio con una desdichada a quien bastaba con verle las nalgas, bueno, ya estaba dicho, a quien bastaba con verle menear las nalgas de potranca para adivinar que era una, que era una, todo lo contrario de ella, que era una dama en el palacio o en la pocilga, en la mesa o en la cama, una dama de nación, temerosa de Dios, obediente de sus leyes y sumisa a su designio, y con quien no podía hacer, por supuesto, las maromas y vagabundinas que hacía con la otra, que por supuesto se prestaba a todo, como las matronas francesas, y peor aún, pensándolo bien, porque éstas al menos tenían la honradez de poner un foco colorado en la puerta, semejantes porquerías, imagínese, ni más faltaba, con la hija única y bienamada de doña Renata Argote y don Fernando del Carpio, y sobre todo de éste, por supuesto, un santo varón, un cristiano de los grandes, Caballero de la Orden del Santo Sepulcro, de esos que reciben directamente de Dios el privilegio de conservarse intactos en la tumba, con la piel tersa como raso de novia y los Ojos vivos y diáfanos como las esmeraldas.

-Eso sí no es cierto -la interrumpió Aureliano Segundo-, cuando lo trajeron ya apestaba.

domingo, 5 de julio de 2020

"Rayuela": Capítulo 73 - Julio Cortázar (1963)

73

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca. Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.
Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura? Rebelión, conformismo, angustia, alimentos terrestres, todas las dicotomías: el Yin y el Yang, la contemplación o la Tatigkeit, avena arrollada o perdices faisandées, Lascaux o Mathieu, qué hamaca de palabras, qué dialéctica de bolsillo con tormentas en piyama y cataclismos de living room. El solo hecho de interrogarse sobre la posible elección vicia y enturbia lo elegible. Que sí, que no, que en ésta está... Parecería que una elección no puede ser dialéctica, que su planteo la empobrece, es decir la falsea, es decir la transforma en otra cosa. Entre el Yin y el Yang, ¿cuántos eones? Del sí al no, ¿cuántos quizá? Todo es escritura, es decir fábula. ¿Pero de qué nos sirve la verdad que tranquiliza al propietario honesto? Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella... ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete. Así es cómo París nos destruye despacio, deliciosamente, triturándonos entre flores viejas y manteles de papel con manchas de vino, con su fuego sin color que corre al anochecer saliendo de los portales carcomidos. Nos arde un fuego inventado, una incandescente tura, un artilugio de la raza, una ciudad que es el Gran Tornillo, la horrible aguja con su ojo nocturno por donde corre el hilo del Sena, máquina de torturas como puntillas, agonía en una jaula atestada de golondrinas enfurecidas. Ardemos en nuestra obra, fabuloso honor mortal, alto desafío del fénix. Nadie nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette. Incurables, perfectamente incurables, elegimos por tura el Gran Tornillo, nos inclinamos sobre él, entramos en él, volvemos a inventarlo cada día, a cada mancha de vino en el mantel, a cada beso del moho en las madrugadas de la Cour de Rohan, inventamos nuestro incendio, ardemos de dentro afuera, quizá eso sea la elección, quizá las palabras envuelvan esto como la servilleta el pan y dentro esté la fragancia, la harina esponjándose, el sí sin el no, o el no sin el sí, el día sin Manes, sin Ormuz o Arimán, de una vez por todas y en paz y basta.

martes, 29 de mayo de 2018

"Sobre héroes y tumbas" - Ernesto Sábato (1961)

(Capítulo 10 de la tercera parte; "Informe sobre ciegos").

Aquellos cinco días que siguieron me desesperaron ¿Qué podía hacer sino cavilar y conversar con el mozo y hojear diarios y revistas? Aprovechaba leer dos cosas que siempre me fascinaron: los avisos y la sección policial. Lo único que leo desde los veinte años, lo único que nos ilustra sobre la naturaleza humana y sobre los grandes problemas metafísicos. Uno lee en la sexta edición: SÚBITAMENTE ENLOQUECIDO, MATA A SU MUJER Y A SUS CUATRO MIJITOS CON UN HACHA. Nada sabemos sobre ese hombre, fuera de que se llama Domingo Salerno, que era laborioso y honesto, que tenía un mercadito en Villa Lugano y que adoraba a su mujer y a sus chicos. Y de pronto los mata a hachazos. ¡Profundo misterio! Además, ¡qué sensación de verdad que se siente leyendo la sección policial, después de leer las declaraciones de los políticos! Todos éstos parecen disfrazados y falsificadores internacionales, gente que vende tónico para el pelo y hombres de la víbora. ¿Cómo puede compararse a uno de estos mistificadores con un ser purísimo del género de los Salerno? También me excitan los anuncios: LOS TRIUNFADORES DEL MAÑANA ESTUDIAN EN LAS ACADEMIAS PITMAN. Dos jóvenes rutilantes, un muchacho y una muchacha tomados del brazo, sonrientes y gloriosos, marchan hacia el Porvenir. En otro aviso aparece un escritorio con dos teléfonos y un intercomunicador; el sillón vacío está listo para ser ocupado y de los teléfonos salen como rayitos luminosos; la leyenda dice: ESTE PUESTO LO ESPERA. Uno que me atrae por lo demagógico es de la óptica Podestá: SUS OJOS MERECEN LO MEJOR. Los de pasta de afeitar asumen la forma de historietas con moraleja; en el primer, cuadro, Pedro, visiblemente barbudo, invita a bailar a María Cristina; en el segundo cuadro, en primer plano, se ve el rostro desconcertado de Pedro y la expresión de profundo desagrado en María Cristina, que baila tratando de separar lo más posible su cara; en el tercer cuadro, ella le comenta a una amiga: “¡Qué repulsivo está Pedro con esa barba!”, respondiéndola la otra: “¿Por qué no se lo dices de una buena vez?”; en el cuadro siguiente, María Cristina le responde que no se atreve pero que quizá ella, su amiga, podría decírselo a su novio para que a su vez él se lo recomiende a Pedro; en el penúltimo cuadro se observa, en efecto, que el novio de la amiga dice algo en voz baja a Pedro; en el cuadro final, aparecen en primer plano Pedro y María Cristina, bailando felices y sonrientes, él ya perfectamente afeitado con la famosa crema PALMOLIVE; la leyenda dice: POR UN DESCUIDO LAMENTABLE PODÍA HABER PERDIDO A SU NOVIA.
Variantes: en una, el individuo pierde una magnífica oportunidad de empleo; en otra no asciende nunca: al fondo de una gran sala llena de escritorios y empleados, entre los cuales es fácil percibir a Pedro barbudo, un jefe lo está mirando, desde lejos, con expresión de repulsión y fastidio. Cremas desodorantes: noviazgos, posiciones en estupendas empresas, invitaciones a fiestas, perdidas tontamente por no haber usado ODORONO.
Anuncios con señores de rostro deportivo, muy bien peinados y muy sonrientes, pero a la vez enérgicos y positivos, con grandes y cuadradas mandíbulas como el Superman, que golpeando con un puño sobre el pupitre, entre varios teléfonos, y avanzando el torso hacia el invisible y vacilante interlocutor, exclaman: ¡EL ÉXITO ESTÁ AL ALCANCE DE SUS MANOS! Otras veces, el Superman no golpea sobre la mesa sino que, con gesto enérgico y desprovisto de la menor hesitación, apunta con su índice al lector del diario, siempre pusilánime y dejado, permanentemente dilapidando su Tiempo y sus Notables Condiciones en pavadas, y le dice: GANE CINCO MIL PESOS MENSUALES EN SUS RATOS PERDIDOS, instándolo en seguida a poner su nombre y dirección en las líneas punteadas de un pequeño recuadro.
Desprovisto de piel, mostrando sus poderosos músculos fibrosos, Míster Atlas lanza un llamado mundial a los debiluchos: en siete días notará el Progreso y se decidirá a rehacer y reparar su cuerpo, poseyendo pronto una constitución como la del propio Mr. Atlas. Dice: LA GENTE ADMIRA LA AMPLITUD DE SUS HOMBROS. ¡USTED CONSEGUIRÁ LA CHICA MÁS BONITA Y EL MEJOR EMPLEO!
Pero nada como el Reader's Digest para promover el Optimismo y los Buenos Sentimientos. Un artículo del señor Frank I. Andrews, titulado Cuando se reúnen los Hoteleros. comenzaba así: “Conocer a los distinguidos hoteleros que llegaron a los Estados Unidos en representación de sus colegas de los países hispanoamericanos fue para mí, uno de los momentos más conmovedores de mi vida”. Y luego cientos de artículos destinados a levantar el ánimo de los pobres, leprosos, rengos, edípicos, sordos, ciegos, mudos, sordomudos, epilépticos, tuberculosos, enfermos de cáncer, tullidos, macrocefálicos, microcefálicos, neuróticos, hijos o nietos de locos furiosos, pies planos, asmáticos, postergados, tartamudos, individuos con mal aliento, infelices en el matrimonio, reumáticos, pintores que han perdido la vista, escultores que han sufrido la amputación de las dos manos, músicos que se han quedado sordos (¡pensad en Beethoven!), atletas que a causa de la guerra quedaron paralíticos, individuos que sufrieron los gases de la primera guerra, mujeres feísimas, chicos leporinos, hombres gangosos, vendedores tímidos, personas altísimas, personas bajísimas (casi enanos), hombres que pesan más de doscientos kilos, etc. Título: DEL PRIMER EMPLEO ME ECHARON A PUNTAPIÉS, NUESTRO ROMANCE EMPEZÓ EN EL LEPROSARIO, VIVO FELIZ CON MI CÁNCER, PERDÍ LA VISTA PERO GANÉ UNA FORTUNA, SU SORDERA PUEDE SER UNA VENTAJA, etcétera.
Al salir del bar, y después de hacer mi visita nocturna a la pensión, sobre la Plaza del Once, contemplaba aún el gran cartel que anuncia los fideos Santa Catalina, y aunque no recordaba quién había sido Santa Catalina no me parecía difícil que hubiese sufrido el martirio, ya que el martirio fue siempre el fin casi profesional de los santos; y entonces no podía dejar de meditar sobre esa característica de la existencia humana consistente en que un crucificado o un desollado vivo con el tiempo se convierte en una marca de fideos o de conservas en lata.




domingo, 7 de agosto de 2016

"Los demonios de Pilar Ramírez" - Jesús Moraes (1991)

    Pilar Ramírez se había enamorado del cura de la Parroquia. Iba a misa todos los días y de tanto llevarle torta fritas un día cayó en la cuenta que su corazón estaba pendiente del sacerdote.
    Una tarde de setiembre, mientras miraba por ventana de su casa un duraznero en flor, se decidió a confesarle los tormentos de su corazón. En el confesionario le faltó el aire y con la voz entrecortada, confesó que los demonios se le habían metido en el cuerpo. El cura se estremeció con esa confesión y le sugirió que se serenara, y que confesara con confianza en el perdón de Dios sus faltas. Pero Pilar se bloqueó de tal manera que aún después de la absolución permaneció como estaqueada en el confesionario. Después que se reanimó, el cura la llevó a la sacristía y le entregó un silicio que tenía guardado con llave. Mientras se lo entregaba le dijo: "Con esto se combate el demonio". Pilar jamás en su vida había visto una cosa así. Tomó aquel cinturón con púas y agradeció turbada. Al salir de la sacristía se encontró con la legión de María que rezaban en un zumbido a dos coros. Ernestina, que siempre presidía esos rezos, la miró de reojo porque se dio cuenta que estaba llena de demonios. Pilar, agachó la cabeza y sintió como la sangre le subía a la cara. Le pareció que no llegaba nunca hasta las puertas del templo. Caminaba en puntas de pie para no hacer ruido, pero sus tacos sonaban como campanas en el suelo.
    Al llegar a su casa Pilar no vaciló ni un segundo en llamar al curandero. Lo mandó al hijo del negro Octavio, que fue corriendo hasta lo de Valentín Suárez con el mensaje de auxilio. Pilar no podía más con los demonios que tenía, y le pidió que le hiciera una simpatía para sacarle el maleficio que padecía. Con el curandero no tuvo miedo, hasta pudo contarle con detalles cómo se había enamorado del cura. Mientras hablaba le invadió una paz tremenda. Valentín la escuchaba muy serio con aquellos ojos grandes que la miraban en silencio. 
    Al otro día Pilar despertó muy temprano. Se le habían ido todos esos demonios que la quemaban por dentro. Al abrir los ojos recorrió el techo con la mirada. Después se vistió sin prisa. Antes de marcharse, se hincó en el suelo y besó por última vez los labios del curandero que aún dormía en su cama.



sábado, 23 de julio de 2016

Luz del cielo

       La luz roja que parpadeaba en el centro de la consola solo podía significar una cosa: fuego. En ese momento la nave comercial GC 309 estaba a cargo del cadete Jor. Joven e inexperiente, se inmutó muy poco y con calma revisó el manual para identificar con claridad el desperfecto que, según él, no debía ser más grave que una variación en la temperatura de la carga o un exceso de velocidad debido a la inercia de algún planeta cercano.
Fue más serio de lo que se imaginaba: la luz titilante informaba que el motor número tres de los seis que tenía la nave se estaba incendiando. Aterrado, Jor sólo atinó a llamar al capitán Anika que descansaba en su camarote.
El capitán despertó de un sueño intranquilo al sonar el intercomunicador. Inició el diálogo con un insulto fuerte; había dado órdenes expresas de no ser molestado.
-¡Capitán! –gritó el joven cadete-. El motor número tres se está incendiando y el fuego se puede extender hasta el número cuatro. ¡Venga rápido, por favor!
Enseguida estuvo junto a Jor, y segundos después, el puente de control bullía de órdenes, contraórdenes; consejos y especulaciones. El diagnóstico no se hizo esperar; la falla se debía a una fisura en el filtro de combustible, que había generado una explosión. Ahora el motor número tres estaba inutilizado y el número cuatro se encontraba a punto de estallar.
El pánico fue general: todos sabían que los seis motores compartían las tuberías de combustible, y que si el fuego se seguía expandiendo la nave quedaría inutilizada. Además del miedo a una muerte terrible, también la idea de la salvación atemorizaba, pues se encontraban en un sistema prácticamente desconocido y sin muchas esperanzas de regresar.
Los ingenieros de a bordo planearon un procedimiento desesperado: provocar una explosión que desprendería los motores descompuestos para que los otros no se vieran perjudicados. Rápidamente todos trabajaban con sus tareas bien definidas: los obreros colocando cargas explosivas en los motores y los técnicos haciendo los arreglos informáticos necesarios. Todo estuvo listo en menos del tiempo planeado.
Una explosión estremeció la nave. Los tripulantes observan. Algo salió mal, colocaron demasiadas cargas. Al vacío espacial caen los motores número tres, cuatro y cinco. Con ellos, la carga entera de minerales que transportaba la nave.
La tripulación sabía que esto podía valerles un juicio al llegar, pues la pérdida de la carga podía hacer pensar en un intento de fraude al seguro. El capitán Anika debió convencer a sus hombres y calmarlos prometiendo hacerse cargo de las explicaciones al llegar y diciendo que sin la carga, la nave más ligera tardaría menos tiempo en llegar a destino porque la potencia de los motores restantes era más que suficiente. Quería tranquilizarlos y también reducir la posibilidad de un motín. Habló de la importancia del trabajo en equipo y del valor de la vida por sobre lo material. Una nube de aplausos epilogó sus palabras.
Mientras tanto, la carga y los motores defectuosos de la nave se friccionaban e incendiaban entrando en la atmósfera de un pequeño planeta azul que pronto dejaron atrás.

Desde la tierra, en un pesebre, un hombre mira el cielo. Su hijo acaba de nacer. Crédulo, se dirige a su esposa.
-María, nos han enviado una señal.



Junio de 2000.


domingo, 26 de julio de 2015

Antes de partir

Su cuerpo bajo las ruedas. Girando. Desgarrándose. ¿Quién dijo una vez que no se muere en los sueños? Fue en una película en blanco y negro, o hace tiempo en una cena con amigos. Se duerme para descansar, no para pensar en estas cosas, y mas tarde que difícil es sacarse de la cabeza la repugnancia y el miedo y la seguridad de que el ruido de los huesos que estallan y la sangre que corre por el pavimento son míos. ¿Dolor? Alerta. Otra vez ojos abiertos. Durante cinco segundos no recordó su vida hasta ese momento. Dónde estaba, quién había sido el día anterior, por qué estaba tan cansado, si son las siete de la mañana, cómo pude haberme quedado así, no me da el tiempo para bañarme si quiero desayunar, al menos afeitarme, hoy toca supervisión, Inés, la delegada de nuestro departamento, hace dos meses que no la veo, al menos afeitarme, buena imagen.
El vapor del agua caliente empañaba el espejo. Hace frío, malo para la piel al salir, la reseca, y se le había terminado el alter shave. Que pena, tiene perfume tan agradable, sugiere juventud y limpieza, buena imagen, a ver una crema de Lucía… ésta puede servir. “Para pieles sensibles…”, bien, ojalá no tenga olor a nena. No arde, buena señal. Me veo bien, a ver, disculpe señorita delegada, dígame Inés por favor González, ¿hace cuánto tiempo que nos conocemos?, dos años, es cierto Inés, siempre me olvido, el asunto es que después de la última reunión, debo decir que sus recomendaciones se han aplicado al pie de la letra, me he dado cuenta, y debo agregar que las mejoras en la administración de recursos han evolucionado favorablemente, incluso se redujo el déficit de productividad que arrastrábamos desde principio de año, compartimos la satisfacción González, a todos nos agrada que en primer término nos escuchen y nos reconozcan los esfuerzos, ¿demorás Pa? Me estoy meando, si Lu, ya salgo.
Café con leche, pan de ayer tostado con manteca. ¿Dormiste bien? Bien, mejor no les digo nada del sueño, tétrico. Parado en el medio de la calle, pensando en otra cosa. Un auto repentino, pisando a fondo, distraídos el piloto y el peatón. Un Volvo, creo, golpeado, arrastrado, grito ahogado ya sin vida. Poné azúcar en el azucarero. Hoy es viernes, me invitaron unos amigos a un toque, ¿puedo ir? No sé Lu, sabés que nos da miedo cuando vas a esos lugares, hay mucha droga, mucho loco suelto. ¿Por qué “nos”? Ya tiene diecisiete años, es más inteligente que cualquiera de sus amigas, y no porque sea mi hija, de verdad tiene carácter para enfrentarse a cualquier situación sin alterarse. Aquella vez de noche, tarde, que un vago nos pidió una moneda, yo le dije no, Laura le dijo no y él siguió insistiendo, ya nos habíamos puesto nerviosos, “mirá flaco, ya te dijimos que no teníamos ni una moneda, si tuviéramos ya te la habríamos dado para que dejes de romper las bolas” dijo ella. No jodió más. ¿No te parece? Es muy peligroso para ella. No sé, la verdad es que se está sacando notas muy buenas en todo y hace tiempo que no sale. Creo que no va a haber problema si vas con tus amigas y están todo el tiempo juntas, ¿no te parece? Bueno, vos sos el padre, pero si le llega a pasar algo vas a ser vos el responsable. No te preocupes, yo sé que la nena sabe cuidarse, ¿no nena? Sos un capo Pa. Es la banda que estaba escuchando el otro día y a vos te gustó, los Dame Refugio. Buena onda en el desayuno para variar, solo cuando pide algo y aceptamos, mal aprendida de mierda; es culpa nuestra y de nadie más. Último sorbo, último bocado. Chau Ma, chau Pa. Yo también me voy, chau amor. ¿Puedo hablar con vos un segundo antes que te vayas?
En el dormitorio. Sabés que me cae para el orto que con dos palabras me desautorices frente a Lucía y más para una cosa como esta, date cuenta que es una niña todavía, no pude salir cuando se le da la gana, yo no puedo dormir a la noche mientras ella no llega, mirá si se está acostando con cualquier enfermo que la puede drogar o emborrachar o contagiarle Dios sabe que cosa y me sube la presión que Lucía vuelva tarde o que se quede en la casa de esas amigas que son todas unas turras, unas atorrantas porque yo las escucho hablar, esa Jimena y esa que le dicen la Quiri ya andan cogiendo con los compañeros de clase y los tipos se dan cuenta de eso, no sé como pero se dan cuenta y yo no sé donde están los padres de esas chicas pero a mi me sube la presión hasta las nubes pensando en dónde está con quién y haciendo qué porque no es justo que una se desviva para criarla y ella que me dé solo angustias, pero a vos claro, siempre te dio lo mismo lo que hiciera, que los límites los ponga yo porque lo único que te importa es ser el papá canchero y yo no puedo hacerme la desconforme siempre, no aguanto porque de verdad estoy desconforme y vos que la dejás hacer lo que quiere ¿entendés? Creeme que te entiendo, pero ahora tengo que irme, se me hace tarde. Chau, portazo.
Caminando hacia la parada. Me aburre. Ya sé que a la larga todos terminamos detestando nuestras vidas siempre pensé que me llegaría mucho después y no tan sin avisar, golpeando como el asfalto en la cabeza y pulverizando cualquier sentido, cualquier palabra, financiaciones y refinanciaciones, préstamos amortizables y garantías, preguntas, respuestas, tarjetas de crédito con membresía internacional, un fin de semana en un hotel cuatro estrellas, gris como las vacaciones de un oficinista, la sangre goteando desde los oídos, silencio, estruendo, silencio otra vez, ¿un grito contenido suena hacia adentro?, la boca que se tapa ante el horror, envidiar vidas ajenas hasta no sentir mas culpa, ¿y si es una mentira y estas palabras no son mías? Mezcla uniforme de saliva, sangre y aceite sobre y bajo el pantalón, muerto viviente, una noche en una terminal de ómnibus cualquiera se parece a la muerte, ¿a qué sino?, fecha límite, contrato y contador, me bajo en la que viene.
Buenos días, buenos días, buenos días. ¿Alguien más piensa que es un día pésimo? Escritorio, formularios y baja tensión. Inés que no aparece y el informe listo, algunos errores corregidos y un anexo con información inútil pero que llena los ojos, ojos vacíos pero siempre bien pintados, no economiza esfuerzos cada mañana, ¿qué sentiría al despertar junto a ella? Difícil que suceda pero fácil de imaginar, como el latido que responde o el brazo que se mueve bajo la presión de la hipodérmica, seguro ropa interior de seda que combine con color de cabello, nunca sabré si teñido o tan negro como la noche, confusión de pensamiento y respuesta, nacimiento en la muerte o final a secas, solución total o parcial si continúa, camina y se hace notar con facilidad, así agrada y también controla, vaivén, evoluciona a voluntad, se acerca y buenos días Inés.
De pie y ella también. Única secuencia lógica la de saludo y respuesta. Me encantan tus informes porque siempre te las arreglás para sorprenderme, estos complementos… de verdad se nota que hubo trabajo, es que es grato poder colaborar con gente que se toma en serio su trabajo, halago doble, genial y hasta sonó casual, que no se note respuesta-erección ante estímulo-cercanía, no puede ser peor que un despido el invitar a cenar a la delegada o besarla entre las palabras “rendimiento” y “finanza”, de cualquier modo no dice nada relevante, situación crítica, traslado inminente a terapia intensiva y luces que se apagan y calles que pasan, es verdad, se notó desde la última supervisión ¿Atento? Sí, claro, como el ratón ante el gato o la pólvora ante el fuego, clavo mirada y ella también… ¿ojos o entrecejo?, no aparto, afirmo y parece ceder pero es una mirada no una caricia, seguir o detenerse, escuchar “funcionamiento de área”, toma notas al margen y vuelve a mirar, ¿pensará como yo? ¿Tendrá el mismo miedo a no llegar al hospital, a no tener suficiente sangre, a que se detenga el corazón y la mente? Corto y reanudo contacto, mirada perdida y nunca más encontrada, de vuelta al desierto, al lugar sin nombre, desesperar y pedir por favor, que no dure para siempre lo negro de sangre, agradecimiento y despedida, espalda y reanuda la devolución en otra parte; fin de juego, vana gloria, nueva muerte.

Hora del almuerzo. Cerrar sesión, cola para bajar en ascensor, que baje y se detenga en tres pisos promedio, caminar hasta el super, cola en la rotisería, cola en la caja, esperar el cambio, nuevamente que se ponga verde la luz del semáforo, cola para subir en ascensor, que se detenga en dos pisos promedio, cola para usar el microondas de la cocina, sostener la bandeja con comida caliente hasta que se desocupe un sito en la mesada del comedor, almorzar antes de que se enfríe, cola en el dispensador de agua. Es tan fácil perder la razón si cada día que pasa ya pasó, si cada sorpresa ya es antigua como el agua, si cada paso del cuarto de hora que me queda me lleva otra vez rumbo a la calle a respirar por lo menos una bocanada de aire inmundo. Y González, ¿que tal la entrega del informe? Bien, ahora queda afinar el tema de los préstamos, ¿y el culo de la Inés? Bien, ahora queda el tema de enfiestarla, nos vemos adentro. Despreocupado, le fue bien en la lobotomía y cómo me irá a mi con los tubos en la nariz y el cuerpo en la camilla, los pies en la calle y el grito en el suelo, ¿Lucía podrá vivir sin mi?, un pico de dolor adelanta que ya no más, que no vuelve y que se va y confirma que los desquiciados son los demás, yo por lo menos persigo mi sueño aunque sea el de esta mañana, el de la caricia del pavimento en la cara, el de no saber si estoy sin moverme en mis dos pies porque no quiero salir del medio de la calle o si el impacto que me derribó fue tan tremendo, tan estallido, tan de muerto vivo que le queda aliento para preguntarse de donde salen las voces mi voz los gritos mis gritos, si de verdad puedo verme o si no estoy mas aquí.



miércoles, 23 de enero de 2013

Versiones


El viernes veintisiete de Octubre de 1997, en el teatro “El Mundo”, a las 21:53, a 47 minutos de comenzada la puesta en escena del estreno de la obra “El Agua Frente Al Espejo” de Leandro Stronghold, finalizando el acto segundo, en la escena donde es revelada la infidelidad del personaje de Stephen, el actor Miguel Dormund olvidó una línea de su diálogo y se vio obligado a improvisar una contestación, pues el evento exigía una respuesta veloz. Sin darse cuenta afirmó lo contrario de lo que se suponía debía declarar, forzando a la primera actriz Lorenna di Falco, quien encarnaba el papel de Georgina, la esposa engañanda, a reformular, de igual modo, su discurso.
Durante algunos instantes, mientras la apuntadora se ubicaba en el texto, los dos actores se vieron en la necesidad de improvisar sobre el diálogo de sus personajes, apuntando a retomar el argumento donde había ocurrido la digresión. El diálogo creado fue el siguiente:
“STEPHEN (despreocupado, cerrando su libreta de anotaciones): Querida, tus elucubraciones retrospectivas me llenan de alegría pues proyectan la sombra de tu amor y tu preocupación hacia mi; pero basta ya, fue suficiente de celos para tan agotadora jornada.
GEORGINA (solemne): Bien he obrado y recordado yo. ¡Maldita la hora en que decidí tragarme el orgullo y el despecho pues te juzgué merecedor de mi confianza! Son verdad las palabras del poeta al decir que el sabor del pecado es harto sabroso para los paladares débiles, y una vez degustado vuelven a por un nuevo bocado. Pero será fácil para ti, de este funesto lugar huiré y solo yo y mi destino seremos. Evitaré así más sufrimiento para ambos: tu podrás regocijarte con esa…¡esa ladrona!, podrás repetir tu festín de besos en la colina de Morquio; yo seré sendero en el agua, latigazo de aire…noticias mías no oirás más, serás libre.
STEPHEN: ¡Cosas dices! Tu huida impediré y evitaré; en el camino de la puerta me pondré y saldrás solo cuando yo lo permita pues…eres todavía mi esposa sin…testigos más que estas sábanas…mudos testigos…
GEORGINA: No insistas más Stephen, ya sabes que mi decisión ya está tomada, y…todas tus palabras son inútiles ya.
STEPHEN: Por mis derechos como esposo ante Dios y el estado, te quedarás conmigo.
GEORGINA: Quiero ver como me obligas, ¡canalla!
STEPHEN: Pero piensa en dónde vas a vivir, ¿quién pagará tu ropa y tus gustos? ¿Acaso tu hermana en la costa?
GEORGINA: ¿Afirmas eso? No soy…no soy una inútil, viviré y trabajaré con ella, lo haré.
STEPHEN: ¡Pero soy tu esposo! Piensa en la deshonra; la gente y nuestros amigos, ¿qué dirán?
GEORGINA: La verdad, que eres un…¡tenorio!
STEPHEN (recomponiéndose): Una tragedia evitaré y liberaré el camino para ti. Permito que pases y que las cortinas cubran tu vergüenza y la mía y eviten la risa de la chusma.
GEORGINA (pasa a su lado sin mirarlo; antes de llegar a la puerta voltea lentamente): Todavía no creo que fueras capaz de dar la espalda al sol. (Sale. Telón)”.
En el libreto de Stronghold se lee lo siguiente:
STEPHEN: ¡Cosas dices! Tu salida no impediré ni lamentaré: saldré del camino de la puerta una vez más; dejarás de ser mi esposa y ya no cubrirán las cortinas nuestra farsa: ¡que se abra el telón y descubra la verdad: el hogar en pedazos!
GEORGINA: Por fin la luz has visto; aunque la mirada me venza, prefiero entristecerme a esconderme. (Pasa a su lado sin mirarlo; antes de llegar a la puerta voltea lentamente. Stephen no la mira. Sale. Telón)”.
La equivocación de los actores no fue notada por el auditorio, solamente por el autor de la obra quien se encontraba presente esa noche en la sala.

-¿No te supera tanta mediocridad? Insistió mil veces para ensayar el segundo acto ¡y se equivoca en el desenlace, en el clímax de la separación! No era psicosis cuando yo decía que se obstinaba en repetir estas escenas solo para apretujarse conmigo, si es un baboso, arrastrado de porquería. Si la cornuda se quiere rajar, ¡se la deja rajar, no se le frena el paso! ¿Qué pretendía, frenar el río con las manos? Digo, es una cuestión de ver como viene la cosa, la mina iba a reventar de tanto abuso. Cuando estaba con Carmen por poco los ve, ¡estaban en el sillón y ella en la cocina! Seguro a estela también la manoseó más de lo que debía. Y como la trataba, como una sirvienta, tampoco había que prestar tanta atención. ¡Las cosas que dijo! Lo de irse a la casa de la hermana tenía que ser la incógnita del tercer acto, si ya se sabe se caga la intriga porque claro, la va a ir a buscar como el arrastrado que es, no la encuentra y recién se da cuenta de lo que pierde y termina con toda la plata pero sin la pelotuda, encima me pone nerviosa cada vez que me mira, como carajo iba a darse cuenta de lo que estaba diciendo mirándome las tetas como estaba, fresco, pervertido, que ni talento tiene, consiguió el papel porque es el único hombre del grupo, ¿lo viste moviéndose por el escenario todo el puto tiempo para andar cerca de los apuntadores? No le basta con ser pésimo actor, tampoco se sabe el libreto y no es ni siquiera capaz de improvisar con un poco de sentido. Seguro también estaba borracho. Lo único a su favor es que es idéntico a Stephen: después de conseguir un buen curro se dedican a estorbarle el camino a los demás. Digo, ¿lo harán a propósito porque saben que nadie va a decirles nada o tendrán la estupidez tan metida en la cabeza que piensan que lo que hacen está bien? Arruinar una fortuna, una carrera, una vida, ¿es que no se dan cuenta? Es tan simple, hacen lo que hacen y después andan como loros pidiendo perdón, que no lo hago más, que no podemos quedar así, necesito aprender de mis errores, es diferente, cambié. Maldita generación de hombres criados por sus madres, cerebritos pasados por agua, alimentados a pura basura, ¿qué se puede esperar de ellos salvo que se den de frente contra lo que encuentren esperando no romperse la cabeza? Y cuando se la rompen somos los que los rodeamos los que tenemos o que consolarlos, o que pagar las consecuencias, o que sufrir por ellos. Un milagro, un milagro hace falta para que la gente no se de cuenta que la obra es de cuarta, es plata mal invertida en una entrada, yo no vendría a verla, además, ¿a quién se le ocurre un título así?
-…

Ojala no aparecieras cada vez que cierro los ojos. ¿No te piensas ir, no ves que quiero erradicarte? Georgina, espero que se vaya el vapor con tus pasos porque no voy a aceptar tu resplandor, ni siquiera donde aún están calculando las distancias al sol. Que me lleve el diablo si no puedo desvanecer la tibieza del amanecer polar primermundista, que cada sueño vuelve inmisericorde a golpearme mi cara con la tuya, a recordarme que de tus pasos queda solo el eco…
Espero, todavía cuento con la extinción de tu sombra en la ventana, de tu olor debajo de la lluvia de agosto mientras el pantano se hunde y yo respiro con él, y ya soy uno con el barro, y nunca terminarías de entenderme, aquí crecemos como musgo, criamos serpientes para divertir a los otros animales, tenemos sudor frío que nos corre por la espalda cada vez que la marea sube, también tenemos gente que nos dice que todo va a estar bien, tenemos por supuesto ídolos que caen como las hojas y como no vamos a tener perros que ladran cada vez que alguien extraño viene, comemos cosas con especias y aceite y bebemos licores buenos y el humo es eterno.
Sé que tenerte aquí es imposible, sombra que resuenas, si vieras lo que yo veo a diario te morirías del asco, tu, que transformas laberintos en senderos…tan limpia, tan hermosa en cualquiera de tus vestidos a la hora en que la tarde cae; bastó la visión del atardecer a la orilla de la colina para que tu alma se envenenara de soledad.
Quiero que las nubes te cubran como al sol y opaquen tu brillo glaciar y yo sé que puedo hacerlo, lo necesito como el río a la lluvia; aún recordando lo indecible de tu impúdica mirada entre sábanas que vuelve a la velocidad de la esperanza, que ni siquiera la morfina borra con su fuego implacable.
Se me fue el tiempo en afirmar que tu infierno es fantasía, solo me quedo con el olor de la pólvora quemada invadiendo el paladar, los tímpanos, las manos…me despido con el grito de la sangre que no quiero que oigas, fue suficiente que te hayas puesto como el sol y que escaparas con el viento de la noche y que me reunieras con la oscuridad del alma una nueva vez. Adiós.
Tu Stephen.

 Junio, 2006.