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domingo, 3 de julio de 2022

"Retrato del artista adolescente" (fragmento) - James Joyce (1916)

La dulce belleza de la palabra latina rozó la obscuridad de la noche con un roce más tenue y más persuasivo que el de la música o el de una mano de mujer. Y las almas de ambos quedaron aquietadas. A través de la obscuridad pasaba silenciosamente la figura de una mujer tal como aparece en la liturgia de la Iglesia: vestida de blanco, débil y esbelta como un muchacho, el ceñidor amplio y caído. Desde un coro distante llegaba su voz, frágil y de timbre agudo como la de un niño: primeras palabras de mujer que atraviesan por entre el misterio y el clamor de la pasión del Domingo de Ramos.
Et tu cum Jesu Galilaeo eras.
Y todos los corazones se sentían conmovidos y se volvían hacia aquella voz radiante como una estrella nueva, como una estrella que brillara con más claros resplandores hacia la mitad de las palabras, y más débilmente al expirar de la cadencia.
La canción cesó. Siguieron adelante mientras Cranly repetía el fin del estribillo haciendo resaltar el ritmo fuertemente:

Y cuando nos casemos,
¡oh, qué feliz la vida así!
Que amo a la dulce Rosie O'Grady
y Rosie O'Grady me ama a mí.

Eso sí que es verdadera poesía —dijo—. Eso sí que es verdadero amor.
Miró de lado a Stephen con una extraña sonrisa y añadió:
¿Crees que eso es poesía? ¿Comprendes el sentido de las palabras?
Lo que quiero es encontrar a Rosie primero —contestó Stephen.
Es fácil de encontrar —dijo Cranly.
El sombrero se le había calado hasta la frente. Se lo echó hacia atrás y bajo la sombra de los árboles pudo Stephen ver la frente pálida y encuadrada en la obscuridad de Cranly, y sus grandes y profundos ojos. Sí. Su rostro era hermoso, y su cuerpo fuerte y recio. Había estado hablando del amor maternal. Podía por tanto comprender los sufrimientos de las mujeres, la debilidad de sus cuerpos y de sus almas. Y sabría defenderlas con brazo fuerte y resuelto, e inclinar ante ellas su espíritu.
¡Partir, pues! ¡Era tiempo de partir! Una voz estaba aconsejando en voz baja al solitario corazón de Stephen, invitándole a partir y anunciándole que aquella amistad estaba tocando a su término. Sí: se iría. No podía luchar contra otro. Sabía bien cuál era su papel.
Probablemente -me iré —dijo.
¿A dónde? —preguntó Cranly.
A donde pueda —contestó Stephen.
Sí —dijo Cranly—. Te podría resultar difícil el vivir aquí ahora. ¿Pero es esa la causa de que te vayas?
Tengo que irme —contestó Stephen.
Porque creo —continuó Cranly—, que si no sientes ganas de irte, no te debes considerar arrojado como un hereje o un proscrito. Hay muchos buenos creyentes que piensan como tú. ¿Qué, te sorprende? La Iglesia no es el edificio de piedra, ni los curas, ni sus dogmas. La Iglesia es la masa total de los que han -nacido dentro de ella. No sé qué es lo que pretendes hacer en esta vida. ¿Es lo que me dijiste aquella noche que estábamos al lado de la estación de Harcourt Street?
Sí —contestó Stephen sonriendo a pesar suyo, ante aquella manía de Cranly de recordar ideas asociándolas siempre a sitios—. Sí: aquella noche en que perdiste media hora discutiendo con Doherty acerca del camino más corto para ir de Sallygap a Larras.
¡El muy alma de cántaro! ¿Qué sabe él del camino de Sallygap a Larras? O, mejor: ¿qué idea puede tener él de todo eso con aquella cochina bacinilla que Dios le ha dado por cabeza?
Se echó a reír sonora y ampliamente.
Bien —dijo Stephen—. ¿Te acuerdas de lo demás?
¿De lo que me dijiste? —preguntó Cranly—. Sí, me acuerdo. Descubrir una manera de vida o de arte, en la cual tu alma pudiera expresarse a sí misma con ilimitada libertad.
Stephen se quitó el sombrero en señal de asentimiento.
¡Libertad! —repitió Cranly—. Y sin embargo, no eres bastante libre para cometer un sacrilegio. Dime: ¿serías capaz de robar?
Primero pediría —contestó Stephen.
Y si no te dieran nada, ¿robarías? —Lo que pretendes —respondió Stephen— es que diga que los derechos de propiedad son provisionales y que en ciertas circunstancias no es ilegal el robar. Todo el mundo obraría en conformidad con esta creencia. He aquí la razón por la que no te he de contestar de ese modo. Pregúntale al teólogo jesuita Juan de Mariana, natural de Talavera, el cual te explicará en qué circunstancias te es lícito matar a tu rey y si es preferible el darle un bebedizo o untarle el veneno en el traje o en la silla de montar. Pregúntame a mí más bien si toleraría el que otros me robaran o si, dado que lo hicieran, sería capaz de exigir para ellos eso que según creo se llama el castigo del brazo secular. —¿Y serías capaz?
Creo —dijo Stephen— que ello me produciría tanto dolor como el ser robado.
¡Ya!… —dijo Cranly. Sacó su cerilla y se puso a limpiarse la juntura de dos dientes. Después, como sin darle importancia, dijo:
Dime, por ejemplo: ¿serías capaz de desflorar a una virgen?
Perdona —dijo cortésmente Stephen—, pero, ¿no es eso lo que constituye la ambición de la mayor parte de los hijos de familia?
¿Cuál es entonces tu punto de vista? —preguntó Cranly.
Esta última frase excitó el cerebro de Stephen: la sentía gravitar sobre su espíritu como una nube de humo de un olor acre y deprimente.
Mira, Cranly —dijo—. Me has preguntado qué es lo que haría y qué es lo que no haría. Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia.
Cranly le cogió por el brazo y le hizo girar tal como para hacerle volver hacia Leeson Park. Se echó a reír casi disimuladamente y oprimió el brazo de Stephen con un cariño de mayor en edad.
¡Astucia! —dijo—. Pero, ¿eres el mismo? ¿Tú, pobre poeta, tú?
Y tú has sido quien me lo ha hecho confesar —dijo conmovido por aquel contacto Stephen—, lo mismo que te he confesado tantas otras cosas, ¿no es cierto?
Sí, hijito —contestó Cranly, riéndose aún.
Me has hecho confesar los miedos que siento. Pero te voy a decir ahora cuáles son las cosas que no me dan miedo. No me da miedo de estar solo, ni de ser pospuesto a otro, ni de abandonar lo que tenga que abandonar, sea lo que sea. No me da miedo el cometer un error, aunque sea un error de importancia, un error de por vida, tan largo tal vez como la misma eternidad.
Cranly, serio de nuevo, retardó el paso y dijo:
Solo, completamente solo. No te da miedo de eso. Pero, ¿sabes lo que esa palabra quiere decir? No solamente el estar separado de todos los demás, sino más aún, el no tener ni siquiera un amigo.
Correré el riesgo —afirmó Stephen.
Y no tener ni aun aquel ser querido —dijo Cranly— que es para el hombre más que un amigo, más que el amigo más noble y fiel que en el mundo pueda existir.
Al hablar, parecía como si sus palabras estuviesen hiriendo alguna profunda cuerda de su propia alma. ¿Había hablado de sí mismo, de sí mismo tal como era o tal como deseaba ser? Stephen observó por algunos instantes el rostro de su amigo. Había una fría tristeza en aquel rostro. Había hablado de sí mismo; era el temor de su propia soledad.
¿De quién estás hablando? —preguntó por fin Stephen. 
Cranly no contestó.

sábado, 3 de octubre de 2020

James Joyce - Carta a Nora Barnacle (2 de diciembre de 1909)

2 de diciembre de 1909

44 Fontenoy Street, Dublín

Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote perdón por la increíble carta que te escribí anoche. Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico.

Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Si, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre! ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia!

Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalaré un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, eres mía! Te amo. Todo lo que escribí arriba es sólo un momento o dos de brutal locura! La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pija está todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras (¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita cogedora!), eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.

JIM

lunes, 28 de septiembre de 2020

James Joyce - Carta a Nora Barnacle (29 de agosto de 1904)

 29 de agosto de 1904

60 Shelbourne Road

Querida Nora, acabo de terminar mi almuerzo; no tenía apetito.

Cuando estaba por la mitad me di cuenta de que estaba comiendo con los dedos. Me sentí mal como la otra noche. Estoy muy angustiado.

Perdona esta pluma horrible y este papel tan feo.

Anoche debo haberte apenado por lo que dije, pero seguramente será bueno que conozcas cómo pienso sobre gran parte de las cosas. Mi razón rechaza la totalidad del actual orden social, así como el cristianismo- hogar, las virtudes reconocidas, clases en la vida y doctrinas religiosas. ¿Cómo podría atraerme la idea del hogar? Mi hogar fue simplemente uno de clase media arruinado por los hábitos derrochadores que he heredado. A mi madre la mataron lentamente, pienso, los malos tratos que le daba mi padre, los años de sufrimiento y la cínica franqueza de mi proceder. Cuando miré su cara, en el ataúd, una cara gris y consumida por el cáncer, comprendí que estaba viendo la cara de una víctima, y maldije el sistema que la había hecho su víctima. En la familia éramos diecisiete. Mis hermanos y hermanas no son nada para mí. Sólo un hermano es capaz de comprenderme.

Hace seis años dejé, con un odio ferviente, la Iglesia Católica. Me fue imposible permanecer en ella contrariando los impulsos de mi naturaleza. Cuando era estudiante hice contra ella una guerra secreta y decliné aceptar las posiciones que se me ofrecían. Al hacerlo me convertí en un mendigo, pero conservé mi orgullo. Ahora mantengo a través de una guerra abierta lo que escribo, digo y hago. No puedo ingresar en el orden social si no es como vagabundo. Empecé a estudiar medicina tres veces, una vez leyes, una vez música. Hace una semana me estaba preparando para salir como actor ambulante. No pude poner mucho ánimo en el plan, porque tú tironeabas en sentido contrario. Las dificultades actuales de mi vida son increíbles, pero las desprecio.

Anoche, cuando te fuiste, deambulé hacia Grafton St., donde permanecí fumando largo tiempo apoyado en un farol. La calle estaba llena de una animación en la que vertí un torrente de mi juventud.

Mientras permanecía allí recordé unas frases que escribí hace algunos años cuando vivía en París, las frases son, “Pasan de a dos y de a tres entre la animación del bulevar, paseando como gente desocupada en un lugar iluminado para ellas. Están en la pastelería charlando, comiendo dulces o sentadas silenciosamente en una mesa de una terraza; o descendiendo de carruajes con un revuelo de vestidos, suave como la voz del adúltero. Pasan con una brisa de perfumes. Bajo los perfumes sus cuerpos tienen un cálido olor húmedo”.

Mientras me estaba repitiendo esto me di cuenta de que la vida aún me esperaba, si es que decidía entrar en ella. Quizás no podría embriagarme como lo había hecho alguna vez, pero aún estaba allí y, ahora que soy más juicioso y me controlo más, era inofensiva. No haría preguntas, no esperaría nada de mí, excepto unos momentos de mi vida, dejando libre el resto y me prometería el placer a cambio. Pensé en todo esto y lo rechacé sin remordimiento. Era inútil para mí; no podría darme lo que yo esperaba.

Creo que has malinterpretado algunos pasajes de una carta que te escribí, y he observado cierta reserva en tu actitud, como si el recuerdo de aquella noche te turbara. Sin embargo, yo lo considero como una especie de sacramento, y su recuerdo me llena de una asombrosa alegría.

Quizás no comprendas enseguida por qué motivo te respeto tanto por ello, pues no conoces aún mucho sobre mi manera de pensar. Pero al mismo tiempo fue un sacramento que me dejó un gusto final de pena y abatimiento, pena porque vi en ti una extraordinaria y melancólica ternura que había tomado este sacramento como un compromiso; y abatimiento porque comprendí que, a tus ojos, yo era inferior a una convención de nuestra sociedad actual.

Anoche te hablé sarcásticamente, pero hablaba del mundo, no de ti. Soy enemigo de la bajeza y esclavitud de la gente, no de ti. ¿No puedes advertir la sencillez que hay detrás de todos mis disfraces?

Todos llevamos una máscara. Cierta gente que sabe que estamos muy unidos suele increparme. Los escucho con calma, desdeñando responderles, pero su última palabra agobia mi corazón como a un pájaro la tormenta.

No es agradable para mí tener que ir ahora a la cama recordando la última mirada de tus ojos, una mirada de cansada indiferencia, y la tortura de tu voz la otra noche. Creo que ningún ser humano ha estado nunca tan cerca de mi alma como tú lo estás, y, sin embargo, aún puedes interpretar mis palabras con lastimosa descortesía (“Sé de lo que está hablando ahora”, dices) Cuando era más joven tuve un amigo a quien me di por completo, en cierto sentido más de lo que me entrego a ti, y en otro sentido menos. Era irlandés, es decir, me traicionó.

No he dicho ni una palabra de lo que quería decir, pero escribir con esta maldita pluma es un trabajo duro. No sé qué pensarás de esta carta. Por favor, escríbeme Nora querida, ¿lo harás?, te respeto mucho, créeme, pero quiero algo más que tus caricias. Me has dejado de nuevo con una duda angustiosa.

J.A.J.