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miércoles, 2 de septiembre de 2020

Los Lavaderos: Raymond Carver

http://los-lavaderos.blogspot.com/2020/09/raymond-carver-19381988.html

Los jóvenes lanzallamas de ciudad de México

Se llenan la boca con alcohol
y luego soplan
sobre una vela encendida,
lo hacen en los semáforos.
O en cualquier otro lugar
donde los automóviles hacen cola
y sus conductores
enojados y frustrados
están a la búsqueda de algo que los distraiga.
En esos sitios hallarás a los jóvenes lanzafuegos.
Haciendo lo que hacen, si tienen suerte,
por unas monedas.
Pero antes del año sus labios
estarán quemados y sus gargantas en carne viva.
En pocos meses perderán la voz.
No podrán hablar ni gritar,
estos niños silenciosos
que recorren las calles con una vela
y una lata de cerveza llena de alcohol.
Los llaman los milusos, lo que significa
que sirven para muchas cosas o para nada.

("Altazor", traductor Esteban Moore)

martes, 11 de agosto de 2020

"Miedo" - Raymond Carver

Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.

(Traducción de Jaime Priede)


Fear

Fear of seeing a police car pull into the drive.
Fear of falling asleep at night.
Fear of not falling asleep.
Fear of the past rising up.
Fear of the present taking flight.
Fear of the telephone that rings in the dead of night.
Fear of electrical storms.
Fear of the cleaning woman who has a spot on her cheek!
Fear of dogs I’ve been told won’t bite.
Fear of anxiety!
Fear of having to identify the body of a dead friend.
Fear of running out of money.
Fear of having too much, though people will not believe this.
Fear of psychological profiles.
Fear of being late and fear of arriving before anyone else.
Fear of my children’s handwriting on envelopes.
Fear they’ll die before I do, and I’ll feel guilty.
Fear of having to live with my mother in her old age, and mine.
Fear of confusion.
Fear this day will end on an unhappy note.
Fear of waking up to find you gone.
Fear of not loving and fear of not loving enough.
Fear that what I love will prove lethal to those I love.
Fear of death.
Fear of living too long.
Fear of death.
I’ve said that. 

domingo, 26 de febrero de 2017

"Lo que dijo el médico" - Raymond Carver (1989)

Dijo que la cosa no tenía buen aspecto
dijo que tenía mal aspecto de verdad
dijo que contó treinta y dos en un pulmón antes
de dejar de contarlos
yo dije que me alegraba por no saber
si allí había más de los que había contado
dijo si usted es una persona religiosa arrodíllese 
en el bosquecillo y pida ayuda
cuando llegue a la cascada
la neblina le dará en la cara y en los brazos
deténgase y trate de comprender esos momentos
yo dije que todavía no pero que trataría de empezar hoy
él dijo lo siento mucho dijo
me gustaría poder darle otro tipo de noticias
yo dije amén y él dijo algo más
no lo entendí y no sabiendo que más hacer
y no queriendo que tuviera que repetirlo
y que no tuviera que volverlo a digerir
me limité a mirarle
durante un minuto y él me miró a su vez
me puse de pie de un salto y estreché la mano de éste que
acaba de decirme algo que nunca me habían dicho
puede que hasta le agradeciera que hubiera sido tan fuerte. 


domingo, 24 de abril de 2016

"Milagro" - Raymond Carver (1989)

Van en un vuelo, desde el aeropuerto de Los Angeles
al de San Francisco, los dos borrachos y semitumbados
después de haber sorportado la vista del juicio,
su segunda bancarrota en siete años.
¿Y quién sabe lo que se dijo, si se dijo algo,
en el avión, o quién lo dijo?
Podría tratarse únicamente de una acumulación
de los sucesos del día, o de años y años
de fracaso y corrupción lo que disparó la violencia.
  
Antes, dados la vuelta, crucificados y considerados
muertos, habían quedado igual que la
basura delante de la terminal. Pero
una vez dentro encontraron sus pertenencias,
se refugiaron en el bar del aeropuerto donde bebieron
sin parar dobles bajo un banderín que decía ¡Vamos Dodgers!
Estaban en curda, como de costumbre, cuando se sujetaron
los cinturones de sus asientos y, como siempre, dispuestos
a asumir que era la condición humana universal, esta batalla
entablada continuamente con fuerzas más allá de todo cálculo
fuerzas que superan la comprensión de los humanos.
  
Pero ella está trastornada. No lo puede soportar más
y pronto, sin una palabra, se vuelve
en su asiento y le da codazos. Le da puñetazos sin parar,
y él no hace nada. En el fondo sabe que lo merece
—lo que ella quiera hacerle— que merece
que le peguen por algo, que hay buenas
razones. Y todo este tiempo le sacude en la cabeza,
que se zarandea de un lado a otro, mientras los puños
de ella caen sobre sus orejas, sus labios, su barbilla, protege
su whisky. Se aferra al vaso de plástico como si, sí,
se tratara de un tesoro largo tiempo buscado que tiene
allí en la bandeja de delante.
  
Ella sigue así hasta que a él le empieza a sangrar la nariz,
y entonces la ruega que pare. Por favor, querida,
por el amor de Dios, basta. Es como si su súplica
llegara a la mujer igual que una débil señal de otra
galaxia, una estrella moribunda, pues eso es lo que es,
una señal codificada de otro tiempo y espacio
que pincha su cerebro, recordándole algo
tan perdido que se ha ido para siempre. En todo caso,
ella deja de pegarle, y vuelve a su copa. ¿Por qué para?
¿Acaso recuerda los años de vacas gordas
que precedieron a los de las flacas? Todas las historias
que han compartido, se unen unas a otras, ¿los dos
solos contra el mundo? Imposible. Si de verdad
recordara todo eso y los años hubieran caído
de golpe en su regazo
ella le habría matado allí mismo.
  
Puede que tenga los brazos cansados, y por eso pare.
Digamos entonces que está cansada. Por eso para. Toma
su vaso igual que si no hubiera pasado nada
aunque ha pasado, claro, y a él le duele la cabeza
y le da vueltas. Ella vuelve a su whisky
sin decir una palabra, ni siquiera las usuales
«cabrón» o «hijo de puta». Callada como una muerta.
Él está en silencio como un miserable. Levanta su vaso
con la servilleta bajo la nariz para contener la sangre
y vuelve lentamente la cabeza para mirar fuera.
  
Allá muy abajo, las lucecitas continuas de casas
suben y bajan por un valle de la costa. Allí
abajo es la hora de cenar. La gente se sienta a
mesas puestas, dan las gracias,
manos juntas bajo techos tan sólidos
que nunca volarán de sus casas—casas donde,
imagina él, viven personas honradas que comen, rezan
y cooperan unas con otras. Personas que, si se levantaran
de la mesa y miraran por las ventanas
del comedor, verían una luna llena de setiembre y
justo debajo, como un insecto con luz, el apagado resplandor
de un reactor. Se esfuerza para mirar más allá
del ala, hacia la miriada de luces
de la ciudad que se acercan rápidamente,
el sitio donde los dos viven con otros parecidos a ellos,
el sitio al que llaman su casa.
  
Pasea la vista por el avión. Hay más personas,
eso es todo. Personas como ellos mismos
en cierto modo, personas no completamente distintas
a ellos mismos —pelo, orejas, ojos, nariz, hombros,
genitales— Dios mío, hasta la ropa que llevan
es parecida, y está ese cinturón
que les sujeta por la cintura. Pero sabe que él y ella
no son como los demás, aunque le gustaría ser,
y a ella también le gustaría serlo.
  
La sangre empapa la servilleta. La cabeza llama y llama
pero no puede contestar. ¿Y qué diría si pudiera?
Lo siento ya no están aquí. Se marcharon,
hace años. Desgarran
el tenue aire nocturno sujetos por el cinturón, un marido
que sangra y su mujer, los dos tan quietos y pálidos que
podrían estar muertos. Pero no lo están, y eso es parte del
milagro. Todo esto es un paso de gigante más
en la misteriosa experiencia de su vida.
  
¿Quién podría haber previsto algo de esto años atrás
cuando, sujetando el cuchillo, hicieron
el primer corte profundo en la tarta de la boda?
Y luego el siguiente. ¿Quién lo habría escuchado?
Cualquiera que trajera semejantes noticias del futuro
habría sido echado a latigazos de la puerta.
  
El avión baja, luego se ladea bruscamente. Él le toca
el brazo. Ella le deja. Incluso le coge la mano.
Estaban hechos el uno para el otro, ¿o no? Es el destino.
Sobrevivirán. Aterrizarán y seguirán
juntos, alejándose de este terrible problema
simplemente lo tienen, deben tenerlo.
Sin embargo hay muchas cosas esperándoles, demasiadas
sorpresas desagradables, y pocas exquisitas. Y ahora
tienen que ocuparse de la sangre
de su cuello, de la mancha oscura
que destaca en el puño de la blusa de la mujer.

"Un sendero nuevo a la cascada: últimos poemas" (1989)



"La pena inevitable del ave"