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domingo, 13 de enero de 2019

Nueve

Reafirmo,
incrustado como anida en la memoria
que los atributos de los dioses rehúyen los altares
y prefieren el litoral barroso de los ríos,
y ansían el refugio de las grietas de los siglos,
renovadas
según las froten los soles del día o de la noche;
no reniegan de la tierra negra que me rodea
ni de los cambios de forma permanentes.
Las encinas frenan el paso a los ciclones,
alzan una fortaleza de madera y hojamenta viva,
pero la tormenta no abandona su impronta de tormenta
y los peces no saben que habitan el agua.
Oigo al viento arquear los muros de hormigón y bronce,
nadie previó esa racha de viento legendario
nadie previó el viento,
estoy en una tumba dentro de otra tumba,
cuando desmorone la sepultura me abatirá un nuevo encierro
sin paredes.



sábado, 30 de septiembre de 2017

"España" - Jorge Luis Borges (de "El otro, el mismo"; 1964)

Más allá de los símbolos,
más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,
más allá de la aberración del gramático
que ve en la historia del hidalgo
que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,
no una amistad y una alegría
sino un herbario de arcaísmos y un refranero,
estás, España silenciosa, en nosotros.
España del bisonte, que moriría
por el hierro o el rifle,
en las praderas del ocaso, en Montana,
España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,
España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,
España de los duros visigodos,
de estirpe escandinava,
que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,
pastor de pueblos,
España del Islam, de la cábala
y de la Noche Oscura del Alma,
España de los inquisidores,
que padecieron el destino de ser verdugos
y hubieran podido ser mártires,
España de la larga aventura
que descifró los mares y redujo crueles imperios
y que prosigue aquí, en Buenos Aires,
en este atardecer del mes de julio de 1964,
España de la otra guitarra, la desgarrada,
no la humilde, la nuestra,
España de los patios,
España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,
España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,
España del inútil coraje,
podemos profesar otros amores,
podemos olvidarte
como olvidamos nuestro propio pasado,
porque inseparablemente estás en nosotros,
en los íntimos hábitos de la sangre,
en los Acevedo y los Suárez de mi linaje,
España,
madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,
incesante y fatal.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Ilíada - Canto XVIII (fragmento): La fragua de Hefesto

(...)
"Así habló; y, dejando a la diosa, encaminóse a los fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra lo requería. El dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.


 Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.

Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.

Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas. Los hombres estaban reunidos en el ágora, pues se había suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía pagarse por un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos, que aplaudían sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de su causa.

La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes: los del primero deseaban arruinar la plaza, y los otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la agradable población. Pero los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres, niños y ancianos subidos en la muralla la defendían. Los sitiados marchaban llevando al frente a Ares y a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos, como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas de un río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados los veían venir, corrían a su encuentro y al punto se apoderaban de los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y, montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas del río una batalla en la cual heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un guerrero vivo y recientemente herido y a otro ileso, y arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo de la batalla a un tercero que ya había muerto; y el ropaje que cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.

Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto que se labraba por tercera vez: acá y acullá muchos labradores guiaban las yuntas, y, al llegar al confín del campo, un hombre les salía al encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.

Grabó asimismo un campo real donde los jóvenes segaban las mieses con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavilla: los atadores. Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban abrazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida de los trabajadores, haciendo abundantes puches de blanca harina.

También entalló una hermosa viña de oro, cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos, pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino, y todos le acompañaban cantando, profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.

Puso luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y estaño, y salían del establo, mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río, junto a un flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perseguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la piel del corpulento toro y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbario, y azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca y rehuían el encuentro de las fieras.

Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.

El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos y doncellas de rico dote, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero, sentándose, aplica su mano al torno y lo prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile y se holgaba en contemplarlo. Entre ellos un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y así que se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.

Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño.


Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las armas, entrególas a la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Hefesto había construido".


miércoles, 9 de agosto de 2017

"Heliogábalo o el anarquista coronado" - Antonin Artaud (1934)

PARTE III: LA ANARQUÍA

(...) Así pues, mientras lo utilizan como títere, un títere vaciado de rey, mientras lo manipulan como un miembro –y las exhibiciones diarias en el templo forman parte de esas manipulaciones-, mientras todo el mundo trabaja para él, todo el mundo, es decir Julia Mesa, su abuela, Julia Semia, su madre, y los dos eunucos de ésta, de Julia Semia- mira: Gannys el previsor, el sagaz, Eutiquio el grotesco; y, muy cerca de Julia Semia, Julia Mamea, la hermana de esta última, que al tiempo que finge trabar para él en realidad trabaja para su hijo, el pequeño Alejandro Severo (para poner en lugar de Heliogábalo a un joven emperador, con una verga pura y una cabeza de cordero rizado); mientras todo el mundo trabaja para él, también Heliogábalo trabaja para sí mismo, pero de una manera que habría asombrado mucho a los historiadores de la época, si se hubiesen arriesgado a mirar más de cerca. Pueden llevarlo todos los días al templo; y cubierto por la tiara solar que lleva un cuerno de carnero, hacerlo evolucionar según los ritos como una estatua que no dice una palabra; Heliogábalo, ayudado por Gannys, ha puesto en claro toda la intriga, y se propone aprovecharla.
Pero aprovecharla como un rey. Con grandeza y magnificencia, con una conciencia verdaderamente real de os poderes que le corresponden al rey que él extrae detrás de los ritos.
Y en esos ritos está su nombre:
EL – GABAL
Y toda la innumerable serie de los aspectos escritos de su nombre que corresponden a pronunciaciones graduadas, a ráfagas fulgurantes, a formas en abanicos, a las figuras negras, blancas, amarillas, rojas de la Alta persona de Dios.
Y a su vez esas figuras responden a colores y a razas de estrellas ordenadas por grupos en el Zodíaco de Ram.
Y las cuatro grandes razas humanas responden como ecos orgánicos a las divisiones del Zodíaco de Ram inspirado por Dios.
Y todos esos estados divergentes, todas esas formas furtivas, todos esos nombres surgen a su vez en cascadas en el nombre contraído de
HELIOGABALUS
ELAGABALUS
EL – GABAL
Treinta pueblos soñaron, dieron vueltas en torno de la riqueza de este nombre, cuya pronunciación engendra en todos los sentidos, como una rosa de los vientos, las imágenes de treinta fuerzas.
Gannys, su preceptor, que se mueve a la sombra de las piedras vivas y los esmaltes, le ha enseñado el sentido de los ritos, la fuerza eruptiva de los nombres.
Los nombres no se pronuncian desde lo alto de la cabeza; se forman en los pulmones y así suben a la cabeza. Pero la orden que proviene de la cabeza sólo en los pulmones es un nombre.
Y se forma con
GABAL
cosa plástica y formadora. Palabra que adquiere forma y da la forma.
Y en
EL – GABAL
está
GABAL
que forma el nombre.
Pero en
GABAL
está
GIBIL (en antiguo dialecto acadio).
Gibil, el fuego que destruye y deforma, pero prepara el renacimiento del Fénix rojo, surgido del fuego y que es el emblema de la mujer, de la mujer por las menstruaciones-rojo-fuego.
Y en
EL – GABALUS
está
EL
que quiere decir dios y que se escribe con H o sin ella; pero que fundido con Gabal da
HELAH – GABAL.
Y la tierra de Elam a corta distancia de la bactriana, es la tierra de Dios.
Pero en
GABAL
también está
BAAL
o
BEL
o
BEL – GI
Dios caldeo, dios del fuego que pronunciado, escrito y silabado en sentido inverso, da
GIBIL
(Kibil) el fuego, en antiguo dilecto arameo.
Y también,
GABAL
que significa la Montaña, en dialecto arameo-caldeo.
Pero sobre todo está,
BEL
dios supremo, dios reductor, por el cual todo se reduce al principio, dios unitario, eliminador.
Heliogábalo reúne en sí mismo la potencia de todos esos nombres, en los que puede verse que una sola cosa, la que primero acude a nuestro entendimiento, el sol, no interviene.
Fueron los griegos quienes introdujeron Helios en el nombre de Heliogábalo y lo confundieron con
EL,
dios supremo, dios de las alturas. Ya que si el Sol interviene en su nombre, es a la manera de un sitio elevado, que se identifica con un cono, cosa en punta, porque en principio, toda montaña puede figurarse por medio de un cono o una punta, y el sol, por su luz, está en la punta del mundo creado.
El mundo de arriba y el Mundo de abajo se reúnen en la estrella de seis puntas, sello mágico de Salomón, y ambos terminan en punta, lo visible como lo invisible, lo creado como lo increado.
Ese dios formador y deformador que contiene todos los nombres de los dioses, todas las formas que han adoptado.
Desde
SATURNO ISWARA,
el sol, principio ígneo, principio macho,
hasta
RHEA, PRACRITI,
la luna, principio húmedo y femenino, que se hallan entre los dos polos opuestos de la manifestación formal: lo masculino y lo femenino.
Ya no tiene por qué sorprendernos que Saturno sea el sol, como Apolo es el sol, cuando sabemos que dios que desciende, varía sus formas y sus potencias, con las formas de su acción.
Y sabemos que
RA
el sol
para los egipcios es un gavilán, pero también un becerro o un hombre, y el becerro colocado antes que el hombre, según el uso que de él se hace.
Pero ese
RA   
se convierte en
BEL – SCHAMASCH
en Caldea.
Y es el “juez” que desempata las costumbres de los caldeos.
Y
APOLO
fuerza en acción del sol, sin perder su nombre, se duplica con una sombra, con una especie de apodo, que siempre se le queda pegado.
Así es como han podido llamarlo
APOLO LOXIAS
APOLO LIBISTINOS
APOLO DELIOS
APOLO FEBUS
APOLO FANES, y Apolo Fanes, es Apolo contragolpe, doble
 golpe, o doble simiente.
APOLO LICIAS
APOLO LICOFAS, y Apolo Licofas, es Apolo el lobo, que devora todo,
hasta las tinieblas.
Y Apolo que, formado de substancia, se mueve en la órbita de la substancia, también se llama:
APOLO ARGIROTONUS
Y a veces Apolo se llama
APOLO SMINTEUS, y señala el exceso, lo extremo, el punto
fulminante, el absceso maduro.
Finalmente está
APOLO PITIO, que, macho, ignora a la pitia hembra; y no tiene nada
que ver con los oráculos. Este es el Apolo que asfixia, que   domina a la Serpiente Pitón.
El vaho del Caos despide brumas que serpentean alrededor de la tierra, formando la figura de un dragón.
Y Apolo, el principio ígneo, se alza de un salto y llega a las esferas, desde donde atraviesa con sus flechas los anillos de la Serpiente Pitón.
Heliogábalo extrae de estas altas ideas y de estos nombres, que le pertenecen, la conciencia y el orgullo de un rey; pero su organismo de niño extrae de ellos una confusión y una angustia que no se detendrán.
Heliogábalo llegó al período anárquico de la alta religión solar, e históricamente llegó en un período de anarquía.
Esto no impidió su identificación ritual, su esfuerzo de identificación con dios. Esto no impidió que en su ataque a fondo contra la anarquía politeísta romana, se comportase como el verdadero sacerdote de un culto unitario, como la personificación de un dios único: el sol.
Ya que si para Julia Mesa, Elagabalus no es más que un miembro, una especie de estatua pintada que sirve para alucinar soldados, para Heliogábalo, Elagabalus es el miembro eréctil, humano y divino a la vez. El miembro eréctil y el miembro fuerte. El miembro-fuerza que se reparte y que uno comparte, que sólo compartido se utiliza.
El miembro eréctil es el sol, el cono de la reproducción sobre la tierra, como Elagabalus, el sol de la tierra, es el cono de la reproducción en el cielo.
Luego es preciso convertirse en sol, meterse dentro del mismo Elagabalus, cambiar de manera de existir.
En lo que concierne a esta identificación de Heliogábalo con su dios, a veces los arqueólogos nos informan que Heliogábalo se toma por su dios, otras que se oculta detrás de su dios y se distingue de él.
Pero un hombre no es un dios, y si Cristo es un dios hecho hombre, fue como hombre, según se dice, que murió, y no como dios. Y ¿por qué no se creería Elagabalus un dios hecho hombre, y por qué se le impediría al emperador Heliogábalo que ponga al dios delante del hombre y que aplaste al hombre bajo el Dios?
Durante toda su vida, Heliogábalo es víctima de esta imantación de los contrarios, de ese doble descuartizamiento.
De un lado,
EL DIOS,
Del otro lado,
EL HOMBRE,
Y en el hombre, el rey humano y el rey solar.
Y en el rey humano, el hombre coronado y descoronado.
Si Heliogábalo introduce la anarquía en Roma, si se muestra como el fermento que precipita un estado latente de anarquía, la primera anarquía está en él , y le destroza el organismo, arroja a su espíritu en una especie de locura precoz que tiene un nombre en la terminología médica de hoy.
Heliogábalo es el hombre y la mujer.
Y la religión del sol es la religión del hombre, pero que nada puede sin la mujer, su doble, en que él se refleja.
La religión del UNO que se corta en DOS para actuar.
Para SER.
La religión de la separación inicial del UNO.
UNO y DOS reunidos en el primer andrógino.
Que es EL, el hombre.
Y EL, la mujer.
Al mismo tiempo.
Reunidos en UNO.
En Heliogábalo existe el doble combate:
1.     Del UNO que se divide permaneciendo UNO. Del hombre que se vuelve
mujer y permanece hombre eternamente.
2° Del Rey Solar cuyo hombre acepta de mala gana ser el yo humano. Que escupe sobre el hombre y termina por arrojarlo a la cloaca.
Porque un hombre no es un rey, y para él y como rey, rey solitario, dios encarnado, vivir en este mundo es una caída y una extraña destitución.

Heliogábalo absorbe a su dios; se come a su dios como el cristiano se come al suyo; y en su organismo separa sus principios; en las dobles cavidades de su carne despliega ese combate de principios (...).



domingo, 11 de diciembre de 2016

"Oda a Los Angeles, pensando en Brian Jones muerto" - Jim Morrison (1969)

(Poema de Jim Morrison distribuido entre el público de los conciertos de The Doors, en Estados Unidos, poco después de la muerte de Brian Jones, de los Rolling Stones, ahogado en una piscina el 3 de Julio de 1969).



Soy un habitante de una ciudad.
Acaban de darme el papel
del Príncipe de Dinamarca.

Pobre Ofelia.

Los fantasmas que él nunca vio
vagando hacia su funesto destino
en un candelabro.

Vuelve, guerrero valiente
sumérgete
en otro canal.

Una cálida piscina resbaladiza
dónde está Marrakech
bajo las caídas
el vendaval
dónde han ido a parar los salvajes
al atardecer
monstruos del ritmo.

Has dejado tu
nada
para enfrentarte
al Silencio.

Espero que te hayas ido
con una Sonrisa
como un niño
en la plácida frontera
de un sueño.

El hombre ángel
se enfrenta a las Serpientes
con manos
y dedos.

Y ha acabado por reivindicar
esta alma
benévola.

Ofelia.

Se va, empapada
en seda.

Sueño
de cloro
testigo
loco ahogado
el salto, el trampolín
la piscina.

Eras un luchador
una musa adamascada y almizclada.

Eras el sol
desteñido
por la t.v. de la tarde.

Sapos cornudos
francotirador de pupila amarilla.

Mira a qué te ha conducido.

Al paraíso de la comida
con los caníbales
y los judíos.

El jardinero
descubrió
el cuerpo, inerte, Flotante.

Rígido y feliz
de qué verdusca materia
estabas hecho.

Agujeread la piel
de la diosa.

¿Apestará
cuando ascienda a los cielos
a través de las salas
de música?

Ninguna posibilidad.

Réquiem por un grande.

Esa sonrisa
esa mirada de sátiro
porcino
se ha elevado saltando


al barro.




domingo, 16 de octubre de 2016

"Espantapájaros" (Oliverio Girondo, 1932)

4

Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.

Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra?

¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!

Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo.

Imagen: "Trainspotting" (Danny Boyle, 1996)


lunes, 21 de enero de 2013

Intemperie

Sobra la indumentaria
si el sistema para tasar la libertad
sigue siendo sacar la cara por la ventana de un auto en movimiento,
los retiros espirituales reinan un fin de semana,
para flamear hay que andar liviano de equipaje,
desencarnar la raíz, jugarse la vida,
canibalizar la roca,
destrozar el pan con los dientes,
andar en círculos,
no levantarme mañana,
ahogarme de risa,
cortar los cables del teléfono,
fundar una isla con linaje,
transcribir el murmullo de un arroyo,
rugir cada quebranto en los pretiles
como si recién me hubieran parido al mundo.

Diciembre, 2012.