Un día en que su doncella le cortaba a la señora F. las
puntas de sus largos cabellos en mi presencia, me distraía recogiendo los
pequeños y bonitos mechones y los iba colocando sobre el tocador, excepto un
mechoncito que me metí en el bolsillo, pensando que no se daría cuenta. Pero,
en cuanto estuvimos solos, me dijo con dulzura pero un poco seria que le
devolviese aquel rizo que había recogido. Me pareció que me trataba con un
rigor tan cruel como injusto, pero obedecí y con aire desdeñoso arrojé el rizo
sobre el tocador.
— Caballero, estáis faltándome.
— No, señora. No os costaba nada fingir que no advertíais
este inocente robo.
— No me gusta fingir.
— ¿Tanto os molesta un robo tan pueril?
— No es eso. Pero ese robo demuestra unos sentimientos hacia
mí que a vos, que sois hombre de confianza de mi marido, no os está permitido
alimentar.
Me encerré en mi cuarto, me desvestí y me eché en la cama.
Me fingí enfermo. Por la tarde fue a verme y me dejó un paquetito al darme la
mano. Cuando lo abrí, a solas, descubrí que había querido reparar su avaricia
regalándome unos mechones larguísimos. Con ellos me hice un cordón muy fino, en
uno de cuyos extremos hice poner un lazo negro, para poder estrangularme si
alguna vez el amor me llevaba a la desesperación. El resto lo corté con unas tijeras,
lo reduje a un polvo muy fino y le encargué a un confitero que en mi presencia
lo mezclase con una pasta de ámbar, azúcar, vainilla, cabello de ángel,
alquermes y estoraque. Aguardé a que las grageas estuvieran dispuestas antes de
irme. Las guardé en una preciosa bombonera de cristal de roca, y cuando la
señora F. me preguntó su composición le dije que tenían algo que me obligaba a
amarla.
Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por
los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los
invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas,
de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos.
Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión
hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros.
Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales.
Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de
mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los
contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.
Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena
fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los
mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios
siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se
hospedaron en una piedra?
¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un
termómetro!
Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios
respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no
tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí
ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui
metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las
contrariedades, los contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de
gatillo.
*La estrella imbécil, sin constelación (imbécil, o sea, sin báculo, sin apoyo).
Una de las frases que más me ha conmovido a primera lectura es: "this night wounds time", leída en la contratapa de un disco de King Crimson. Propicia para el sueño, la noche facilita por demás las cisiones. Sueño, cortadura, prodigio comulgan en todas las mitologías. Lesionan los filamentos de lo real. La intemporalidad y el suceso inverosímil traen consigo la efusión del mito. En estos tiempos, el sueño poderoso que se impone al pensamiento no es considerado un suceso porque desquiciaría a la vigilia. Son heridas que no cicatrizan fácilmente. El prodigio es guardado con admiración en la memoria de las generaciones, y el sueño desliza ciertas reminiscencias que harán dudar efectivamente al hombre que no sabe distinguir si ha soñado o vivido (con esa ingenuidad se expresa) aquello tan intenso que lo vulnera.
Ignoro si el vocablo alemán traum -sueño- proviene del griego trauma -herida-. El uso contemporáneo de "trauma" remite tanto a una herida física como a un padecimiento psíquico. A partir de esas acepciones se advierte la tangencia de la palabra alemana pues, de la brujería a la ciencia, se cree que los sueños revelan las heridas del espíritu y la mente. En las lenguas romances, el vocablo para "sueño" suele proceder del latín somnus. El inglés ofrece fértiles contrastes. Dream -en lejana sintonía con traum- tenía en la antigüedad un significado muy distinto: ruido, jolgorio, música. Según el Webster, la probable influencia del antiguo escandinavo draumr -sueño- le daría el significado que guarda hasta la fecha. El ruido, el jolgorio, la música remiten de inmediato al fonéticamente próximo drum, que en sueco es trumma: pienso en el golpe del tambor que hiere el oído, embota la cabeza y acompaña el carnaval. El mismo diccionario habla de la afinidad probable que sostendría dream con troum, el antiguo vocablo del alto alemán con que se designaba el sueño. El sueco dröm es un fragmento complementario del mosaico. aventurándose aun hacia atrás se podría especular sobre algún parentesco indoeuropeo con el dormire latino (que en inglés dará vocablos como dormitory y dormant, de acuerdo, en todo caso, con una evolución muy posterior).
A su regreso del sueño encontró a sus amigos del café más viejos. ¿Será posible que de ayer a hoy haya pasado tanto tiempo? De un día para el otro tuvo que aceptar que no sólo había dormido. ¿No es demasiado razonable, preguntó a sus alumnos, el que nos conformemos con reducir a una palabra esa otra existencia? Porque el sueño, comentaría en el documento que lo llevó a la ruina, es la denominación con que la vigilia reduce al gran durmiente al orden del mundo, y niega esa otra dimensión que en tiempo ocupa más de un tercio de la vida que conocemos, y pretende confinar lo real a la lucha por el pan y sus secuelas. Cuando lo expulsaron de su cátedra -por modorro, según decían las papeletas que circularon profesores, alumnos y mozos- se dedicó de lleno a la obra que le daría la puntilla, El fogar aeterno, una teoría de la somne residencia en el Infierno, en cuya magra edición invirtió los últimos estertores de su salud. Su hija huyó con un estudiante a quien él creía su único discípulo, y el ama desapareció una mañana llevándose a la perrita. Supo entonces que no habría otra oportunidad para jugárselo todo. Durante los primeros intentos no fue fácil. No faltaba la mosca, el rey sol, el lechero que llamaba con los nudillos, la algarabía de los estudiantes en la calle, las ganas de comer y de cagar. Poco a poco se hizo ausente, y sólo el deseo de escribir, que ya se apagaba, perturbó su lento internarse. Cuando el casero mandó a la guardia allanar el apartamento, lo hallaron profunda, inexorablemente dormido. No hubo amenazas o maltrato que devolvieran su cuerpo ya casi transparente a la vigilia. Cargaron con él, y un día, como se cierra un bostezo, desapareció de la comisaría. Qué fue de ese hombre, se preguntan los ilusionistas. Se le ha buscado con sabuesos y chivatos, con modos mánticos y espirituales, pero en vano. Como en todo grande caso, el perseguido está tan cerca que no se hace notar. ¿Recuerda usted a un desconocido que ha visto pasear por su sueño?
La frase citada en el texto primero es de la autoría del artista plástico Tom Philips; primera edición de 1970, que consiste en la intervención de la novela victoriana A human document (W.H. Mallock, 1892). Philips dibuja, pinta, recorta y pega sobre las páginas de la novela (al modo de William Blake sobre sus propios cantos de inocencia y experiencia) llevando así al plano gráfico una obra verbal.
CAPÍTULO 8. «LOS GENIOS DE TODO EL MUNDO SE DAN LA MANO, Y UN ESCALOFRÍO DE IDENTIFICACIÓN RECORRE TODO EL CIRCULO» ART LINKLETTER (o el monólogo de la ola)
Vivo en un sitio tranquilo, donde
un ruido de noche significa que va a pasar algo: te despiertas
rápido, pensando ¿qué significa eso?
Normalmente, nada. Pero a veces
resulta difícil adaptarse a un trabajo urbano cuando la noche
está llena de ruidos, todos ellos rutina normal. Coches,
bocinas, pisadas… no hay manera de relajarse. Así que lo ahogas
todo con el blanco y delicado rumor de un televisor bizco. Pones
el programa de chimentos entre canales y te duermes apaciblemente…
Ignora esa pesadilla del baño. No
es más que otro repugnante refugio de la Generación
del Amor, otro lisiado, otro condenado, sin remedio que es
incapaz de soportar la presión. Mi abogado nunca ha sido capaz de
aceptar la idea (que tan a menudo exponen drogadictos
reformados y que es especialmente popular entre quienes
están en libertad vigilada) de que te puedes drogar muchísimo más
sin drogas que con ellas.
Claro que en realidad tampoco yo la
acepto.
Pero viví una vez muy cerca del
Dr…, en la calle…un antiguo gurú del ácido que luego
pretendía haber dado ese gran salto del frenesí químico a la
conciencia pre natural. Una hermosa tarde, durante las primeras
embestidas de lo que pronto se convertiría en la Gran Ola del Ácido de San Francisco, paré en casa del Buen Doctor con la idea
de preguntarle (dado que era ya entonces una autoridad
reconocida en drogas) qué tipo de consejo le daría a un vecino que sentía una sana curiosidad por el LSD.
Aparqué allí y subí el camino de césped, deteniéndome en ruta para saludar cortesmente a su
mujer, que estaba trabajando en el jardín bajo el ala de un inmenso
sombrero segador… una buena escena, pensé: el viejo está
dentro preparando uno de sus fantásticos guisos-droga, y ahí
vemos a su mujer en el jardín, podando zanahorias, o lo que sea… canturreando además una melodía que no conseguí
identificar.
Canturreaba, sí… Pero habrían de
pasar casi diez años para que yo identificase de verdad
aquella canción: como Ginsberg perdido en el "OM", estaba intentando
echarme tarareando. Porque no era la señora la que
estaba allí fuera en el jardín: era el buen doctor mismo… y su tarareo
una frenética tentativa de impedirme entrar en su conciencia
superior.
Intenté varias veces explicarme: era sólo un vecino que venía a pedirle al doctor consejo sobre
si era prudente o no engullir un poco de LSD allí en mi choza, al
lado de su casa. En fin, yo tenía armas. Y me gustaba disparar… sobre
todo de noche, cuando salía una gran llama azul, además
de todo aquel ruido… y, sí, las balas, también. Eso no podíamos
ignorarlo. Grandes bolas de plomo/aleación volando alrededor
del valle a velocidades superiores a los mil doscientos
treinta metros por segundo.
Pero yo siempre disparaba a la
colina más próxima, o, en caso contrario, a la oscuridad. No
pretendía hacer daño; sólo me gustaban las explosiones y
procuraba siempre no matar más de lo que pudiese comer.
¿«Matar»? Me di cuenta de que nunca
podría explicar claramente esa palabra a aquella
criatura que trabajaba allí en su jardín. ¿Habría comido alguna vez
carne aquella criatura? ¿Sería capaz de conjugar el verbo «cazar» ? ¿Comprendía el hambre? ¿O aceptaría el terrible hecho de
que mis ingresos eran aquel año de una media de treinta y dos
dólares semanales?
No, no había esperanza de
comunicación allí. Pronto me di cuenta de ello…pero no lo bastante
como para impedir que el doctor Droga me echara canturreando a lo largo de su camino hasta mi coche y luego
colina abajo. Olvida el LSD, pensé. Mira lo que le ha hecho a
ese pobre cabrón.
Así que seguí con el hash y con el ron otros seis meses o así, hasta que me trasladé a San
Francisco y me vi una noche en un sitio llamado «El Auditorio
Fillmore». Y eso bastó. Un terrón de azúcar gris y BUM. Mentalmente,
había vuelto allí, al jardín del doctor. No por la superficie, sino
por debajo de tierra…brotando a través de aquella tierra delicadamente cultivada como una especie de hongo mutante.
Una víctima de la Explosión de la Droga. Un
drogadicto nato de la calle, de los que se comen todo lo que les cae en
las manos. Recuerdo que una noche en el Matrix entró un viajero con un gran paquete a la espalda gritando: «¿Alguien quiere
un poco de L…S…D…? Tengo aquí todo el material. Sólo
necesito un sitio para prepararlo».
El encargado se le echó encima,
murmurando:
—Calma, calma, vamos a la parte de
atrás.
No volví a verle después de aquella
noche, pero antes de que se lo llevaran, el viajero
distribuyó sus muestras, que eran inmensas ampollas blancas. Entre en el retrete de caballeros para tomar la mía. Pero primero
sólo la mitad, pensé. Buena idea, aunque algo difícil de
realizar, dadas las circunstancias. Tomé la primera mitad, pero derramé el resto en la manga de mi camisa roja Pendleton…Y luego,
cuando me preguntaba qué hacer con aquello, vi que entraba
uno de los músicos.
—¿Qué pasa? —dijo.
—Bueno —dije—. Todo este material
de mi manga es LSD.
No dijo nada: sólo me agarró
el brazo y empezó a chuparlo. Una escena muy rara. Me
pregunté qué pasaría si se aventurase por allí casualmente
algún corredor de bolsa joven/Trío Kingston y nos cazase en
plena función. Que se joda, pensé. Con un poco de suerte, esto
le destrozará la vida… pensará constantemente que detrás
de alguna estrecha puerta, en todos sus bares favoritos, hay
hombres de camisas rojas Pendleton corriéndose juergas
increíbles con cosas que él no conocerá jamás. ¿Se atrevería a
chupar una manga? Probablemente no. Calma. Finge que
no lo viste...
Hunter S. Thompson y Bill Murray (ubicación desconocida, circa 1980)
Extraños recuerdos en esta
inquietante noche de Las Vegas. ¿Cinco años después? ¿Seis? Parece
toda una vida, o al menos una Era Básica: el tipo de punto
culminante que no se repite. San Francisco a mitad de los sesenta
fueron una época y un lugar muy especiales para quienes los
vivieron. Quizá significase algo, quizá no, a la larga…pero
ninguna explicación, ninguna combinación de palabras o música o
recuerdos puede rozar esa sensación de saber que tú estabas
allí y vivo en aquel rincón del tiempo y del mundo. Significase lo
que significase…
La historia es algo difícil de
conocer, debido a todos esos cuentos pagados, pero aun sin estar
seguro de la «Historia» parece muy razonable pensar que de
vez en cuando la energía de toda una generación se lanza al
frente en un largo y magnífico fogonazo, por razones que no
entiende nadie, en realidad, en el momento… y que nunca explican,
retrospectivamente, lo que de verdad sucedió.
Mi recuerdo básico de esa época
parece anclarse en una o cinco o quizá cuarenta noches (o
mañanas muy temprano) que salí del Fillmore medio loco y, en
vez de irme a casa, enfilaba el gran Lightning 650 por el puente de
la Bahía a ciento sesenta por hora ataviado con unos pantalones
cortos y una zamarra de pastor… y cruzaba zumbando el túnel
de Treasure Island bajo las luces de Oakland y Berkeley y
Richmond, sin saber a ciencia cierta qué vía tomar cuando llegase
al otro lado (el coche se calaba siempre en la barrera de
peaje, yo iba demasiado pasado para encontrar el punto muerto
mientras buscaba cambio)…pero absolutamente seguro de que
fuese en la dirección que fuese, encontraría un sitio donde
habría gente tan volada y cargada como yo: de esto no había
duda…
Había locura en todas direcciones,
a cualquier hora. Si no al otro lado de la Bahía, por Golden
Gate arriba, o hacia abajo, de 101 a Los Altos o La Honda… en
todas partes saltaban chispas. Había una fantástica
sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era
correcto, de que estábamos ganando… Y esto, creo yo, fue el motivo…
aquella sensación de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo Viejo y lo Malo. No en un sentido malvado o militar; no necesitábamos eso. Nuestra energía prevalecería sin más. No
tenía ningún sentido luchar…ni por parte nuestra ni por la de
ellos. Teníamos todo el impulso; íbamos en la cresta de una ola alta
y maravillosa…
Así que, en fin, menos de cinco
años después, podías subir a un empinado cerro en Las Vegas y mirar al Oeste, y si tenías vista suficiente, podías ver casi
la línea que señalaba el nivel de máximo alcance de las aguas… aquel
sitio donde el oleaje había roto al fin y había empezado a
retroceder.
Johnny Depp como Raoul Duke en la adaptación de Terry Gillian (1998)
EL OTRO DIA, el otro día fue hace un año o dos, me acerqué
al micrófono y dije:
—Tengo algo que decir sobre las personas de la tercera edad,
sobre el adulto mayor.
El muchachito de la radio, seguro de que iba a decir las
pavadas que dicen los viejos, se había ido a buscar una lata de cerveza o a
charlar por ahí con alguna putita.
—Los viejos —dije—, esos cerebros de mosquito con orejas de
elefante fueron o son ministros, jueces, presidentes, veterinarios, abogados,
cirujanos, filósofos, profesores, grandes y pequeños comerciantes, literatos,
estancieros, industriales, cancilleres, obispos, embajadores, etcétera. Esos
viejos de mierda —dije—, que fueron adultos de mierda, jóvenes de mierda y
niños de mierda, se dedican a llenar las salas de espera de los hospitales y
los sanatorios para matar el tiempo perorando sobre sus enfermedades —dije—,
cuando no están amargándoles la vida a sus hijos y nietos y bisnietos con sus
mezquindades e idioteces o escuchando —dije— a todo volumen esos varios miles
de programas radiales y televisivos centrados en el cáncer de próstata y de
colon, para no hablar de la así llamada "calidad de vida" del adulto
mayor, de la fruta y la verdura —dije—, pero si este es un país de viejos
—dije—, de viejos y viejas, de urracas viejas y de cuervos viejos, es porque
los bebés ya sueñan con ser empleados públicos jubilados, después de ser
empleados públicos corruptos, NUNCA FUERON NIÑOS; viejas, siempre y viejos,
siempre; viejos cuervos y viejas urracas y cacatúas. Viejos chimpancés, viejas
comadrejas, viejas hienas y viejos esqueletos de momia jorobada de camello
—dije—, animales invertebrados como esos soretes de perro que reptan hacia la
mitad de la vereda para ensuciarnos los pies, las chancletas o el único par de
zapatos rotos que tienen los enfermos mentales como yo".
"Este es un país de viejos malvados —dije—, aunque
tengan cinco o diez o 15 años de edad —dije—, son alimañas viejas —dije—,
alimañas rastreras y alimañas trepadoras. Se odian entre sí —dije—, odian a sus
padres y a sus hijos y, sobre todo, me odian a mí porque soy joven, hermoso y
extranjero y porque no soy un viejo ladrón como ellos, todos viejos ladrones
desde que nacieron —dije—. Por lo tanto, la Organización de las Naciones Unidas
tiene que salvar a la Humanidad de este virus exclusivamente uruguayo, pero
transmisible, y me río del sida o el ébola, la ONU tiene —dije—, tiene que
planear y ejecutar el total exterminio de todos los pobladores de este país
infectado hasta la médula de la masmédula, Uruguay —dije—, Uruguay, ese virus
con tres millones de portadores, etc, etc".
Ahí el muchachito, y un par de viejos de unos 30 y 50 años,
respectivamente, me arrancaron de la silla y del micrófono, y me llevaron casi
en andas hasta la puerta de la radio comunitaria. Seguramente, algún viejo de
mierda había llamado a la radio comunitaria y habría gritado que un degenerado
estaba diciendo inmundicias en el micrófono de la radio comunitaria, la radio
comunitaria antedicha. Agrego que, mientras desarrollaba mi discurso, me había
fumado un par de cigarrillos; delito penado severa y sumariamente por la
Constitución. Los había apagado a escupidas y puesto con el mayor orden, uno
junto al otro, en el lugar de la mesa en que debió haber un cenicero.
Fumo, claro que sí. Fumo tres cajas de cigarrillos al día y
como fritos con mucha sal, y me bajo un litro de vino todas las noches. Ya sé,
idiotas, que estoy perdiendo el hilo... Es la edad. No soy el escritor que fui
(hace 40 años y pico). Tengo el cerebro apolillado. Además, estoy loco. Siempre
estuve loco. Nací loco para decirlo todo de una vez. Tengo la
"personalidad escindida" desde que me besaron los ángeles.
Todas las noches, antes de mi litro de vino tinto, salgo a
caminar y a fumar, es decir, a asesinar a los fumadores pasivos. Elijo con
mucho cuidado a mis víctimas, como es hábito entre los asesinos seriales.