Desayuno viendo el teléfono,
como cada mañana.
Veo reels de animales de otras latitudes,
cocineros hindúes,
reseñas de aspiradoras,
pócimas que eliminan la grasa abdominal,
elegías de mascotas,
ahogados nudistas,
la revancha de los Persas.
drones surcando el cielo de Chernobyl.
Entre hashtags y tuits en tiempo real,
las noticias, al unísono,
me informan de un derrumbe,
un desplome de reflejos,
manantial de cifras en caída libre,
descenso involuntario a cinco mil pies del suelo.
Los medios concuerdan:
comienza arriba y termina abajo.
¡Es hora del espectáculo!
Veo las rocas que se incorporan a más rocas
en declive constante y obstinado aplomo
desplome
desplome
desplome.
Arrastra los pinos a su paso,
los cauces secos que fueron ríos
y la madriguera del gato montés.
Socavón de lodo de abrazo intrépido,
rigor nefasto
marea marrón de madera.
La colina, distanciada para siempre del sueño,
es arrullada por una nefasta canción de cuna.
Trueno distante, ruge una bestia desatada,
la sangre del volcán robusto une para sí
tierra con más tierra
hojas muertas, hojas sagaces,
osamenta y arena.
El mapa se borra,
se desarman los márgenes
terremoto del territorio.
Desde mi pantalla de bolsillo
veo la imagen HD del derrumbe.
No reconocí el escenario
hasta que el primer guijarro
rebotó contra mi puerta.

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