domingo, 17 de noviembre de 2024

Cementerio inicial (2)

En días lejanos

-cuando no ahorraba en aliento-

tramé un garabato legible

sequé la tinta sobre el pergamino,

concilié la galaxia lejana y al astrónomo

y al astrónomo al faraón.

Fui herrero de un ejército

en las temporadas previas a la guerra.

Salé carne antes de la hambruna.

Con la fuerza de mi espalda apaleé arena

para construir el dique

que aplacó la inundación.

Deslicé la gota de veneno

que rebalsó el vaso del déspota.

Hundí mi daga hasta la empuñadura

en el cuello del coronel

que dio la orden de degollar a miles:

lo apagué como hacen los espejos.

Martillé el Lee Enfield:

fallé algunos disparos,

acerté la mayoría.

Transformé plomo en oro,

hasta que un cansancio de arsénico

me hundió los hombros y me tendió

más de doscientos años.

Son ecos ahora,

lluviosas recaídas de una única escena repetida.

Todo ese tiempo me hizo falta para descansar,

arroparme en el tibio hueco del subsuelo,

deseando con locura

que cielo y tierra desaparecieran

en una pulsión idéntica:

así de falta me hacía la muerte.


***


Un refugio

apenas una lona servirá,

cualquier cobertizo.

Un conjuro de amparo

por cada palabra revelada

para ungirme la boca con viento

en vez de arena:

esto soñaba bajo la cripta.

Sobre ella,

me abandoné en atropellos cotidianos:

como hombre atesoré tormentos,

fulminantes como fuego fraguando la carne;

acumulé riqueza,

mendigué ilusiones como dientes sanos

hasta el embate de la cordillera.

A algunos nos apadrinó el plomo,

a otros la malicia:

¿quién juzgará quién fue más cruel?

Tuve diez mujeres trabajando para mí,

niñas y cuarentonas,

que se acostaban con quien ordenase.

Tuve una fundición de cobre en las afueras,

llegaban en carros tirados por caballos

-anémicos, extenuados, reumáticos-,

les pagaba con otras formas del metal

y rehacían, felices, el camino de vuelta.

Deambulé en viajes perpetuos

por regiones desconocidas,

almorcé en el norte de Brasil,

cené en la Patagonia,

amé las avenidas

como un marinero ama el velamen.

Envolví con un golpe de ojo

cientos de heridos careándose al sol

celando un sitio extranjero,

escapando de una libertad propia,

fulminados por una fiebre tan europea como ajena.

Me alegré por ser inmune,

eché a rodar una carcajada furiosa

desde la cima de un cerro

hasta la muralla de piedra:

la derribé con una lengua de pólvora,

en un ansioso jadeo de lujuria de ruina.

Las ratas se abren paso a través de los tablones:

me huelen,

me lamen,

pasan de largo,

no reconocen mi carne porque está firme todavía.

Un refugio

apenas una lona me sirve,

cualquier cobertizo.


***


Soy dueño y señor

de mi propio entreacto;

no me tienta

el menor deseo

de incorporarme.

Ni el recuerdo de largos días de camarote

en barcos sin nombre ni bandera,

contando el oro en lingotes,

acuñado,

en metros cúbicos,

fatal y despiadado.

Ni por desafiar la caída

a través de países en conflicto

con navajas de deshilar tejidos

como únicas credenciales.

Ni los paseos

por el túnel de la calle cuarenta y dos

o el recuerdo

del primer fascista

que derrumbé a cuchilladas

maldiciendo a cristo

y a la virgen.

En el reverso de mi suerte

el agua siempre regresaba a la orilla,

y un peligro sin riesgos

dejaba de ser un peligro.

Supliqué por un poco de demencia

o de amor

cenas sin panes ni cuchillos

ríos revueltos

donde no hubiera tiempo

para el sueño de los peces

y sólo conseguí

un agua del fondo del océano,

-densa espesa impenetrable-

consistente como el acero.


***


Encerrado como estaba

como una fiera en el cubil

-cúbico calabozo negro-,

en tranquila aceptación de la fecha estática

y cumpliendo el deseo de tantos

de dormir sin orillas.

Falsificando subsuelo por años,

no sabía que se podían almacenar recuerdos

durante tanto tiempo.

Pienso que este ocaso

no es terrible,

sino un descanso amoroso,

y descubro de a poco cuánto ansío

que se desplome de una vez

esta cortina de tierra y crepúsculo,

deseo con locura

respirar por primera vez,

yo,

lo digo yo

que respiré por primera vez incontables veces.

sábado, 16 de noviembre de 2024

Cementerio inicial (1)

Nunca descansé,

tampoco dormí.

Algunos llamarán sueño a este pensamiento prolongado,

incesante, indomable.

Cerré los ojos del primer martillazo

hasta el último crujido de la madera,

campanada fértil

que vino a demostrar

el fin del tiempo

de esta eternidad.

No temí durante el sosiego,

mi nombre recorría de oriente a occidente

como un veneno robando la risa de niños y ancianos;

pero un emblema del olvido coronó mi tumba

cada uno de los días.

Di la última mirada hacia los días memorables

inmóvil bajo la cumbre de una piedra solitaria,

en pie hasta el ascenso del día.

Cuántas jornadas llevé allí, no las conté,

a salvo como estaba de las tormentas y el deleite.

No fui un hombre,

fui carne quieta.

¡Qué placer esta muerte!


***


Llega un nuevo enterrado vivo,

mientras los demás cuerpos estáticos

velan los despojos del continente,

una sombra

arremete con cerrazón de plomo

y anticipa la única noche eterna.

En vilo entre dos abismos,

me topé con la fosa

antes de la sepultura.

Los cuerpos orientados al oeste,

los tejidos disueltos en paralelo.

Toco mis ojos cautivos,

prensados bajo las tablas

-insistentes exactas sosegadas-

los protejo de una luz que no está allí,

una astilla nunca abandonó mis pupilas.

Me toco la cara, la boca,

la frente de nuevo,

escucho al mar palpitando a mi espalda.

En el hemisferio vecino, y en este,

remontan murallas flamantes

en millas a nuestra redonda;

reducen a lotes lo que eran praderas

y son las mismas murallas

desde antes de ser edificadas;

los agrimensores miden los campos linderos

amplifican el santo campo:

aún inmune,

todavía no creo que la muerte haya deshecho a tantos.


***


No se detienen los visitantes nocturnos,

entablados al nervio indolente

de los clavos de acero.

No se detienen:

están armados con palas

y uñas de metal.

Rajan la piedra silvestre,

atraviesan los mantos de granito,

destazan la corteza áspera,

alumbran los cráneos con linternas,

-por primera vez se reúnen con la luz-

desfloran su reposo de calcio,

los pulverizan a marronazos,

arrebatan los dientes de oro,

cercenan falanges,

liberan los anillos muertos,

reanudan el desfile de insignias humilladas,

y huyen:

temen más al hambre

que al saqueo del tiempo quieto.


***


Habito el hueco,

reino la clausura;

aquí no hay infinito

aquí se revive el infinito a cada instante

aquí el infinito es cada instante.

Respiro mi propio aire,

navego mi propio río.

No pienso

ni escribo

sobre mi propio sosiego:

defiendo con entusiasmo un conjuro secreto,

para burlarme del peso del mármol

(el maestro escultor que lo trabajó,

padre primigenio de la piedra,

era un artesano asiático

delicado cribador de arena

e ilusionista de caprichos occidentales,

escoltaba la forma a puñetazos,

y fue dueño de cuantos ojos se posaron en su obra).

Igual

el mármol se pulveriza,

es obra de hombres,

no de eternidad.

Es humana la forma,

vean al otro,

al de al lado,

aprieten la mano,

prémiense con el reflejo,

vean.

viernes, 26 de enero de 2024

Eminem

Siete am

sin fracción

ni sistema operativo

no pude escapar

me escondí

en un último grito

una vez mas

juego terminado, demente otra vez

círculo cerrado de nuevo

fuera de juego y de radares

suficiente daño multi platino

es turno del corredor ahora

diciembre deja el paso a enero

y en serie también 

lo que hacía falta era una canción en la radio

para recaer la recaída

y revolver la ruta de regreso

cortar camino por la ida

y alcanzar la cura 

antes del diagnóstico

no puedo respirar

respirar

y no vuelvo hasta estar mejor

hasta que se haya quemado hasta el suelo

y mi color vuelva a ser el rojo

la semana próxima 

kamikaze, a medio camino

entre Gandhi y Ozzy

perdiendo el sponsor

ganando al rival

bajo fuego enemigo, se forja el carácter

retirado también apunta

aunque no acierte

dispara, dispara, dispara

no consigo levantarme en hora

aullando al ridículo

porque todo es ridículo

desde el menor hasta el mayor

sin descanso

¿pero cómo me llamaba?

me olvido

no recuerdo

del fondo de la mente

el concepto más complejo

lo escribo y me olvido al segundo siguiente

pero lo recuerdo en el sueño

de la mano, 

del mazo,

dale

me pagan por hacer esto

aunque no rime,

concuerda

por lo menos concuerdo conmigo mismo

más de lo que cualquiera

me recuesto, me relamo

recorro el camino de vuelta

a veces cuenta como pesadilla, pero

se rompe la fiesta

se rompe la mente

sale un tiro, endereza o tuerce

dame el volumen

que digo qué en este mundo se tuerce también

lo decía en mi cuarto

en silencio

cuántos hay ahora oyendo

y cuántos días digo lo mismo

lo mismo

lo mismo

nada más que problemas

solo ojos marrones

y llamadas en cobro revertido

por cable,

tan fácil

me vuelvo sobre mí mismo

a leer esto en mi cuarto

a punto de romperlo todo

pero ya lo dije

no lo puedo romper

ni cultivar:

fingir sí

en mi cuarto y al micrófono

y decir más de lo que no dije

menos quizás

vamos a tener un problema 

antes de empezar,

y ya le digo adiós a Montevideo

adiós a Bella Unión

y a Los Angeles

en cadenas o sin ellas

nadie las ve

nadie ve las ciudades

nadie ve la cadenas

o la ofensa

o la referencia

el gasto superlativo

cada centavo bien gastado.

Marshall Mathers

jueves, 25 de enero de 2024

Nick Cave and the Bad Seeds

 Uno


¿En cuántas piezas

se parte una sonrisa?

Agujeros de polilla

en mi ropa de fiesta.

Ojos empañados,

mentiras regadas,

listas para florecer.


Dos


Supliqué ¡No!

Por favor ¡No!

A través de la noche,

¡no!


Tres


Respondo a mi nombre completo.

Tuve esposa.

Tuve dios.

Resguardé con danza

el manantial de espuma

de mi boca.


Cuatro


El Hijo bajó al suelo,

esperó y nunca subió.

Cruz y paredón: iguales.

Ante el agua

la mentira se alza elegante.


Cinco


Hijo,

¿en qué me has defraudado?

Si en ti llevaste la voz del cielo,

el testimonio del principio y los finales,

bajaste con la eternidad en un cáliz

con la antología de la salvación,

y sellaste toda culpa con una promesa.


Padre,

¿por qué lloran las mujeres

si no hay mañana?

¿por qué lloran los niños

si no hay fantasmas?

¿por qué lloran los hombres

si no hay naufragio?

¿por qué lloras tú

si no hay sepulcro?

Nick Cave con Warren Ellis

miércoles, 24 de enero de 2024

Nine Inch Nails

No llegaré vivo

a conocer la cura.

Roñoso recordatorio estar despierto:

rompecabezas

de piezas

que no encajan;

mejor modo offline.

Veo la que viene:

traspié de torero,

distracción de cirujano,

como si fuera real esta vereda

y no la otra.

Ya oí

todo cuanto necesitaba ignorar

y salí corriendo

de cuánto lugar

de cuánto lugar al que luché para entrar.

Cierra la puerta de la pista

vienen por más

vienen por todo

y durará para siempre.

Vieron que no todo estaba bien

y se quedaron,

cada vez más para siempre

Una más para el camino

y definir de una vez

el camino de vuelta.

No entiendo

prefiero no entender,

pierdo el foco,

veo a través,

desconecto,

soy la mitad de cuanto necesito

y sigo

cortando hueso y piel

desgarrando, mejor dicho;

no corta bien quién no se sabe lo que hace.

Esparce la infección

espanta la cura,

lejos de aquí ese remedio

cerca de aquí ese veneno.

No recuerdo cuando entré

el lugar no es el mismo,

y pensé que tenía más tiempo

creí en horas dobles

pero este martes es de celofán,

asfixia tanto plástico.

Mi juego es ser sincero,

el truco es mentir

una de las últimas chances

de permanecer offline

correo basura

llena casilla

papelera llena también,

extravié la cabeza en el camino.

¿Qué sabe el periodista anémico

del amor en la cárcel?

Marco estado “offline”

el círculo azul desaparece

estoy sin estar,

resguardo identidad restante

entre nombre de usuario

y contraseña.

Portada de "Ghosts"

martes, 23 de enero de 2024

The Doors

 UNO


¿Olvidaste las lecciones

de la antigua guerra?

Hablo de las fieras

desalojadas de sus jaulas

abandonadas al hambre y al frío,

despojadas del amor a la reja

y la caricia diurna del guardia.

El último nacimiento

es el sueño del liberto.


DOS


Te despediste

(nos despedimos)

y te fotografiaste

(nos fotografiamos)

con ímpetu de instante;

un albergue sin ladrillos

y galope de carcajada.


TRES


Empujaba la borrachera

hasta el desmayo,

cada noche.

Al final,

avistaba uno

de los nombres

del reino.


CUATRO


Día de cloro,

tarde de ceniza,

noche.


CINCO


La cara ciega

del anciano terrible

incapaz de fingir piedad.

The Doors en el show de Ed Sullivan

lunes, 22 de enero de 2024

The Who

I can see for miles


A la altura de la cara

tan cerca como los ojos,

cerca

tanto que contemplamos

en primer, en segundo

y en los planos que se te ocurran

la semilla

que ató las raíces en el ramaje.

Apostamos con el mazo a la vista,

reconocimos con cuidado cada surco

cada señal, cada marca en el cemento.

Las gotas estallando en la ventana

fue lo primero que vimos

cuando emparedamos los párpados

entrevimos vistazos observamos

castigamos con la vigilia

los lomos de los libros

de papel, piedra o arena.

Pupílea presencia permaneció,

las pieles dinamitando

resguardando los espías encubiertos

que divisan la absoluta imperfección.

Sin que me veas,

veo hasta el reverso de tus arterias,

la inmensidad de los cimientos en el aire

la lujuria lastimada por el silencio

tierra firme orbitando la guerra.

Así diviso resguardo seguro

de las manos en vela

y sigo, no puedo detener

las monedas del teatro de los días

cayendo desde el infierno a la ciudad

incendiando la llanura,

comprando hasta las galas.

Intentamos olvidar el descaro de los espejos

y no pudimos, no se puede

borrar como por descuido

la médula del fuego

lo sagrado de la niebla

la risa de la ropa en el suelo

los consejos que llegan desde otra orilla

resonando, saturando de ojos los oídos.

En vivo en Leeds

lunes, 4 de julio de 2022

"Espantapájaros" (8) - Oliverio Girondo (1932)

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto—todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

domingo, 3 de julio de 2022

"Retrato del artista adolescente" (fragmento) - James Joyce (1916)

La dulce belleza de la palabra latina rozó la obscuridad de la noche con un roce más tenue y más persuasivo que el de la música o el de una mano de mujer. Y las almas de ambos quedaron aquietadas. A través de la obscuridad pasaba silenciosamente la figura de una mujer tal como aparece en la liturgia de la Iglesia: vestida de blanco, débil y esbelta como un muchacho, el ceñidor amplio y caído. Desde un coro distante llegaba su voz, frágil y de timbre agudo como la de un niño: primeras palabras de mujer que atraviesan por entre el misterio y el clamor de la pasión del Domingo de Ramos.
Et tu cum Jesu Galilaeo eras.
Y todos los corazones se sentían conmovidos y se volvían hacia aquella voz radiante como una estrella nueva, como una estrella que brillara con más claros resplandores hacia la mitad de las palabras, y más débilmente al expirar de la cadencia.
La canción cesó. Siguieron adelante mientras Cranly repetía el fin del estribillo haciendo resaltar el ritmo fuertemente:

Y cuando nos casemos,
¡oh, qué feliz la vida así!
Que amo a la dulce Rosie O'Grady
y Rosie O'Grady me ama a mí.

Eso sí que es verdadera poesía —dijo—. Eso sí que es verdadero amor.
Miró de lado a Stephen con una extraña sonrisa y añadió:
¿Crees que eso es poesía? ¿Comprendes el sentido de las palabras?
Lo que quiero es encontrar a Rosie primero —contestó Stephen.
Es fácil de encontrar —dijo Cranly.
El sombrero se le había calado hasta la frente. Se lo echó hacia atrás y bajo la sombra de los árboles pudo Stephen ver la frente pálida y encuadrada en la obscuridad de Cranly, y sus grandes y profundos ojos. Sí. Su rostro era hermoso, y su cuerpo fuerte y recio. Había estado hablando del amor maternal. Podía por tanto comprender los sufrimientos de las mujeres, la debilidad de sus cuerpos y de sus almas. Y sabría defenderlas con brazo fuerte y resuelto, e inclinar ante ellas su espíritu.
¡Partir, pues! ¡Era tiempo de partir! Una voz estaba aconsejando en voz baja al solitario corazón de Stephen, invitándole a partir y anunciándole que aquella amistad estaba tocando a su término. Sí: se iría. No podía luchar contra otro. Sabía bien cuál era su papel.
Probablemente -me iré —dijo.
¿A dónde? —preguntó Cranly.
A donde pueda —contestó Stephen.
Sí —dijo Cranly—. Te podría resultar difícil el vivir aquí ahora. ¿Pero es esa la causa de que te vayas?
Tengo que irme —contestó Stephen.
Porque creo —continuó Cranly—, que si no sientes ganas de irte, no te debes considerar arrojado como un hereje o un proscrito. Hay muchos buenos creyentes que piensan como tú. ¿Qué, te sorprende? La Iglesia no es el edificio de piedra, ni los curas, ni sus dogmas. La Iglesia es la masa total de los que han -nacido dentro de ella. No sé qué es lo que pretendes hacer en esta vida. ¿Es lo que me dijiste aquella noche que estábamos al lado de la estación de Harcourt Street?
Sí —contestó Stephen sonriendo a pesar suyo, ante aquella manía de Cranly de recordar ideas asociándolas siempre a sitios—. Sí: aquella noche en que perdiste media hora discutiendo con Doherty acerca del camino más corto para ir de Sallygap a Larras.
¡El muy alma de cántaro! ¿Qué sabe él del camino de Sallygap a Larras? O, mejor: ¿qué idea puede tener él de todo eso con aquella cochina bacinilla que Dios le ha dado por cabeza?
Se echó a reír sonora y ampliamente.
Bien —dijo Stephen—. ¿Te acuerdas de lo demás?
¿De lo que me dijiste? —preguntó Cranly—. Sí, me acuerdo. Descubrir una manera de vida o de arte, en la cual tu alma pudiera expresarse a sí misma con ilimitada libertad.
Stephen se quitó el sombrero en señal de asentimiento.
¡Libertad! —repitió Cranly—. Y sin embargo, no eres bastante libre para cometer un sacrilegio. Dime: ¿serías capaz de robar?
Primero pediría —contestó Stephen.
Y si no te dieran nada, ¿robarías? —Lo que pretendes —respondió Stephen— es que diga que los derechos de propiedad son provisionales y que en ciertas circunstancias no es ilegal el robar. Todo el mundo obraría en conformidad con esta creencia. He aquí la razón por la que no te he de contestar de ese modo. Pregúntale al teólogo jesuita Juan de Mariana, natural de Talavera, el cual te explicará en qué circunstancias te es lícito matar a tu rey y si es preferible el darle un bebedizo o untarle el veneno en el traje o en la silla de montar. Pregúntame a mí más bien si toleraría el que otros me robaran o si, dado que lo hicieran, sería capaz de exigir para ellos eso que según creo se llama el castigo del brazo secular. —¿Y serías capaz?
Creo —dijo Stephen— que ello me produciría tanto dolor como el ser robado.
¡Ya!… —dijo Cranly. Sacó su cerilla y se puso a limpiarse la juntura de dos dientes. Después, como sin darle importancia, dijo:
Dime, por ejemplo: ¿serías capaz de desflorar a una virgen?
Perdona —dijo cortésmente Stephen—, pero, ¿no es eso lo que constituye la ambición de la mayor parte de los hijos de familia?
¿Cuál es entonces tu punto de vista? —preguntó Cranly.
Esta última frase excitó el cerebro de Stephen: la sentía gravitar sobre su espíritu como una nube de humo de un olor acre y deprimente.
Mira, Cranly —dijo—. Me has preguntado qué es lo que haría y qué es lo que no haría. Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia.
Cranly le cogió por el brazo y le hizo girar tal como para hacerle volver hacia Leeson Park. Se echó a reír casi disimuladamente y oprimió el brazo de Stephen con un cariño de mayor en edad.
¡Astucia! —dijo—. Pero, ¿eres el mismo? ¿Tú, pobre poeta, tú?
Y tú has sido quien me lo ha hecho confesar —dijo conmovido por aquel contacto Stephen—, lo mismo que te he confesado tantas otras cosas, ¿no es cierto?
Sí, hijito —contestó Cranly, riéndose aún.
Me has hecho confesar los miedos que siento. Pero te voy a decir ahora cuáles son las cosas que no me dan miedo. No me da miedo de estar solo, ni de ser pospuesto a otro, ni de abandonar lo que tenga que abandonar, sea lo que sea. No me da miedo el cometer un error, aunque sea un error de importancia, un error de por vida, tan largo tal vez como la misma eternidad.
Cranly, serio de nuevo, retardó el paso y dijo:
Solo, completamente solo. No te da miedo de eso. Pero, ¿sabes lo que esa palabra quiere decir? No solamente el estar separado de todos los demás, sino más aún, el no tener ni siquiera un amigo.
Correré el riesgo —afirmó Stephen.
Y no tener ni aun aquel ser querido —dijo Cranly— que es para el hombre más que un amigo, más que el amigo más noble y fiel que en el mundo pueda existir.
Al hablar, parecía como si sus palabras estuviesen hiriendo alguna profunda cuerda de su propia alma. ¿Había hablado de sí mismo, de sí mismo tal como era o tal como deseaba ser? Stephen observó por algunos instantes el rostro de su amigo. Había una fría tristeza en aquel rostro. Había hablado de sí mismo; era el temor de su propia soledad.
¿De quién estás hablando? —preguntó por fin Stephen. 
Cranly no contestó.

viernes, 1 de julio de 2022

Si callé es porque preferí el silencio

Sobré silencio.
Callé tanto tiempo
que el olvido se adueñó de mi mente
y de mi memoria,
en parte.
Aprendí el idioma celeste
a ver si me acercaba al menos una centésima de decimal
a tu lengua de pájaro nuevo,
a tus palabras de pleamar sin cerrazón.
Sabiendo que no se borra la sed con agua,
insistí en el naufragio
y celebré la hinchazón de mis pulmones
con la fragilidad de la lluvia.
Anotaba, descoyuntado,
cuanta palabra caía a mi alcance
- o vocales violetas, como ánima Omega -
para coserlas a un aroma de nacimiento desconsolado,
conjurar una ventana abierta de par en par al bautismo del viento,
forjar el verbo a martillazos de ola insistente

malear complicidad de sangre con aureola de almanaque.

miércoles, 29 de junio de 2022

Vuelo en tierra

Así se crean mundos:
a curva inmóvil,
a travesía desplomada.
¡Hierve el aire!
Canta
la gracia de tu aérea maniobra,
menea esas alas anchas,
quedándote y yéndote
al mismo tiempo.
Aquí,
en penumbra de aurora
teníamos al amor al alcance de las manos
y los pies,
acortamos a fuerza de pasos la distancia
y espigar el mediodía a medianoche.

martes, 21 de junio de 2022

"Rayuela" : capítulo 68 - Julio Cortázar (1963)

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.