El corredor era largo y oscuro. No llevé una vela pues conocía de memoria cada rincón de la enorme casa; avanzaba seguro en las tinieblas. Mientras me acercaba a la puerta del dormitorio de mi patrón, el señor Falabella, escuché una respiración entrecortada y un crujido rítmico que ganaban volumen con cada uno de mis pasos.
Esto no me habría llamado la atención si Virginia, la esposa del patrón se encontrase en casa, pero había partido en un corto viaje a la ciudad para asistir a un concierto de un famoso intérprete extranjero. No necesité especular demasiado para descubrir con quién se estaba revolcando el señor en su cama matrimonial: estaba con Guadalupe, la mucama que habían contratado hace un tiempo atrás. Recordé que en varias ocasiones la había observado mientras dedicaba a nuestro jefe miradas cargadas con una mezcla de apetencia y cariño. Abandoné mi proyecto de tomar agua y volví a mi habitación, temeroso de ser descubierto por los dos fogosos amantes.
No volví a dormir, reflexionando. Una desaforada alegría me tomó por las manos y me impedía pensar en otra cosa que no fuese lo que acababa de presenciar. ¡El señor Falabella infiel a su esposa! Había encontrado una mancha que mi querida Virginia no podría ignorar. Todavía revivo que la adoré desde mi primer día en la casa. Soporté fácilmente los abusos a los que me encadenaba el patrón solo para poder verla. Por cada palabra perversa que me dedicaba y cada tarea pesada que me encargaba, recibía de ella un consejo gentil o un vaso de limonada fría hecha con sus propias manos.
Yo era algo así como un esclavo: podía hacer las veces de jardinero como podía lavar la ropa, limpiar dentro y fuera de la casa, cocinar cuando Guadalupe se encontraba indispuesta o cansada; en fin todo lo necesario para en mantenimiento del caserón y también cumplir con las obstinadas extravagancias del señor Falabella. A pesar de todo esto era conciente de que solo no me habían despedido por la intervención de mi señora, quien me comenzó a apreciar algunas semanas después de mi llegada a la casa.
El joven matrimonio acababa de mudarse a la casona alejada de la ciudad por varias leguas. Yo acababa de cumplir la mayoría de edad y me inundaba el desasosiego de tener que vivir y trabajar en un hogar que no era mío y tan distinto de lo que había conocido hasta entonces: una casa de veinte habitaciones y varias hectáreas de campo era habitar una dimensión desconocida. Acepté el trabajo de inmediato porque la paga era más que suficiente y mi familia necesitaba mucho el dinero. El patrón era un hábil hombre de negocios, heredero de un astillero y una fortuna que hubiera bastado para retirarse a una vida cómoda sin necesidad de trabajar, pero como nunca es suficiente si se puede tener más continuó llevando adelante la firma de sus antepasados. Como lo exigía su profesión era un hombre frío, calculador, insípido. Los primeros días se mostró paciente y contemplativo, pero más adelante deduje que lo hacía para familiarizarme con sus caprichos.
Durante más o menos un mes fui un fantasma en la casa, solo cumplía con mis tareas y casi no emitía palabra. Creía que cualquier gesto o expresión delataría mi fascinación por Virginia, quien en todo momento intentaba a las claras hacer más llevadera mi esclavitud pasiva.
Como todos los días, una tarde me encontraba limpiando la nutrida biblioteca que usaba solo la señora. Era casi su única actividad aparte de tocar maravillosamente el piano. Me saludó con timidez a pesar de que ya era un inquilino permanente en su hogar y se sentó en uno de los amplios sillones para leer un libro de tapas rojas. Como la lectura también era una de mis afinidades, lenta y astutamente trasladé mi tarea hasta cerca de ella para descubrir qué estaba leyendo y así iniciar una conversación que no se refería a los asuntos diarios. A partir de ese día organicé mis quehaceres de tal modo que el aseo de la biblioteca coincidiera con sus horas de lectura.
Descubrimos uno en el otro gustos y preocupaciones muy similares; un debate acerca del significado de un verso podía hacerme olvidar fácilmente de mis obligaciones, lo cual advirtió el patrón en cuestión de pocos días. De todos modos, el menosprecio que sentía por mí era tal que no le preocupaba en lo más mínimo que yo fuera una amenaza para la fidelidad de su esposa; yo era poco más que un mueble dentro de su mansión.
Cierto día un viaje de negocios lo hizo ausentarse durante un fin de semana. Para ese entonces, mi amor por Virginia era tan absoluto que me impedía pensar en otra cosa que no fuera ella. Esperé hasta la hora de la cena, le serví su plato favorito y me instalé en la biblioteca a leer los tercetos finales de cierto canto. Algunos momentos después ella entro también y cerró la puerta tras de sí. Con palabras torpes e inseguras le declaré mi amor: no hice más que decirle la verdad y no me importó si lo hacía de un modo prolijo y ordenado. Ella me escuchaba mirando hacia un punto fijo en la alfombra, sin contestarme. La besé con fuerza para no darle oportunidad de que se negara. Me miró con sus ojos grandes, se peinó con la mano los largos cabellos del color del trigo y me dijo que estaba cometiendo una falta de respeto hacia ella y su marido, quien me había confiado la responsabilidad de cuidar su hogar durante su ausencia y yo le pagaba de esta manera tan vil y traicionera.
Salí corriendo de la biblioteca hasta mi habitación, avergonzado por haber desnudado mis sentimientos y por haber sido tan brutalmente rechazado. Sin duda le contaría al señor Falabella de mi descaro y con suerte me despediría, eso si no decidía en un ataque de furia y celos acabar con mi vida de una cuchillada.
Temblaba de miedo pensando en lo que podía ser mi destino cuando unas levísimas manos golpearon a mi puerta. No dijo nada, se limitó a poner su dedo sobre mi boca, lo que interpreté como un pacto de silencio mutuo. Dejó caer su vestido y se recostó en mi cama.
No volvimos a hablar sobre esa noche. El patrón regresó y los días recobraron su usual angustioso ritmo. Nuestro contacto se redujo a sencillas conversaciones sobre cualquier cosa rutinaria. Por este tiempo contrataron a Guadalupe porque el patrón juzgó que mi desempeño ya no era el mismo, y fue aquí cuando Virginia se interpuso en el camino de mi casi inevitable despido. Pero tampoco la nueva empleada era demasiado eficiente: todo el tiempo cometía errores y torpezas que el señor Falabella ignoraba, ahora sé que concientemente. Ella era un poco más joven que yo, huérfana y poseedora de una belleza ordinaria. En varias ocasiones se me insinuó, pero los sentimientos que albergaba para mi señora eran demasiado honestos para ensuciarlos tan fácilmente y no me costó negarme. Sin duda el patrón no pensó de la misma manera.
El sol brilló de pronto. Virginia llegaría a media mañana y yo no podía esperar para recibirla, y menos aún para encontrarla en su habitual momento de lectura cuando sin duda le informaría de la infidelidad de su esposo. Es cierto que no era novedad una aventura del señor Falabella, ambos lo sabíamos, pero esta había sucedido dentro de su hogar, en su propia cama matrimonial: sin duda algo imperdonable. No esperaba que se arrojara en mis brazos, pero mi intención era que nuestra situación se volviera un poco más cómoda.
Mi señora llegó a la casa todavía emocionada por el concierto al que había asistido la noche anterior. Durante el almuerzo no paró de hablar sobre el virtuosismo del intérprete, su inteligencia, la rapidez con la que había aprendido nuestro idioma, su sensibilidad y elegancia. El patrón no le prestaba demasiada atención, pero yo escuchaba cada palabra desde la cocina. Ni siquiera miraba a Guadalupe. Era parte importante de los hechos que se habían sucedido, pero aún así la ignoré por completo.
Limpié tres veces la biblioteca, pero Virginia no apareció. La encontré sentada al piano, tocando una melodía con notables cambios de cadencia, pero siempre fascinante. Ella tocaba con los ojos cerrados, como saboreando cada nota con sus finos labios. Quedé tan ensimismado con esa imagen que estuve parado hasta que acabó la pieza, simplemente mirándola. Le dije que debía hablar con ella en privado.
Le relaté todo lo ocurrido la noche anterior y me alteró su apatía ante la revelación. Dijo cosas que ambos sabíamos: que estaba al tanto de las constantes infidelidades de su esposo, pero que no podía hacer sino convivir con ello y sobrellevarlo de la manera más digna posible. Refloté el tema de mi amor incondicional pero para ella claramente no era un tema relevante, pues aquí me relató su encuentro con el tal famoso pianista, que no se reducía a un simple diálogo sobre música.
Este fue el momento exacto cuando el mundo dejó de tener sentido. Ella se levantó después de decir que nuestro encuentro en mi habitación se debía a un poco de vino tinto que había bebido y al aprecio que sentía por mí, pero nada más que eso. No la quise volver a ver, me recluí en mi habitación fingiéndome enfermo. Allí tomé una determinación: su corazón debía ser mío, y de ser posible esa misma noche.
Saqué de la biblioteca un par de libros: uno que enseñaba cómo preparar un poderoso somnífero y otro grueso tomo de una colección sobre el antiguo Egipto. Preparé el brebaje en silencio; en silencio lo coloqué en las jarras de donde beberían agua los tres habitantes de la casa y aguardé sus efectos, que fueron inmediatos.
Bastaron un poco de sal, aserrín, arena y un filoso cuchillo para cumplir mi objetivo. Dentro de una pequeña caja de madera de cedro coloqué mi magnífico trofeo que me obligaba a amarla por siempre.

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