Dos manos traman un mail en un apartamento de Miraflores,
el texto es breve como una vuelta del reloj,
habla de una coartada y una selva oscura.
El botón “enviar” lo transforma en impulsos eléctricos,
el lenguaje binario codifica un mensaje que es a su tiempo la codificación de un mensaje preexistente;
alguien deberá iniciar sesión para principiar un nuevo punto de partida,
un final que no encuentra nunca su principio,
el río que cree alimentar al océano ignora que en su fin está su origen,
la marea eterna cierra y abre un camino baldío de caminantes.
Tal vez imaginar:
imaginar que el tiempo sigue pasando aunque siempre son las nueve,
que el tiempo no es tiempo porque se mueve a cada palabra que busca definirlo y cada discurso evita su forma hasta ser devorado por el silencio;
pero ninguna palabra le dará forma,
digo que siempre existió
o que estará allí hasta el fin de todos los mundos incluso cuando el mismo tiempo se haya terminado, lo que fijará un nuevo principio y será tiempo presente incluso cuando no haya un punto inmóvil para nominar el inicio del nuevo final.


