domingo, 8 de mayo de 2016

"Cerveza" - videopoema de Charles Bukowski

BEER by Charles Bukowski from NERDO on Vimeo.

Cerveza 

No sé cuántas botellas de cerveza
bebí mientras esperaba que las cosas mejoraran.
No sé cuanto vino, whisky y cerveza,
principalmente cerveza,
bebí después de haber roto con una mujer,
esperando que el teléfono sonara
esperando el sonido de los pasos;
y el teléfono no suena
sino mucho más tarde
y los pasos no llegan
sino mucho más tarde.
Cuando el estómago se me sale por la boca,
ellas llegan frescas como flores en primavera:
-“¿Qué carajo hiciste?
Pasarán tres días antes de que puedas metérmela”
Una hembra dura más,
vive siete años y medio más que el macho,
y toma muy poca cerveza
porque sabe que es mala para la silueta.
Mientras nos volvemos locos,
ellas están fuera, bailando y riendo
con muchachos divertidos.
Bueno, hay cerveza
bolsas y bolsas de botellas vacías de cerveza
y cuando levantas una se desfonda,
y las botellas caen, rodando
entrechocándose,
derramando ceniza gris húmeda, y cerveza vieja
o las bolsas caen a las 4 de la mañana,
produciendo el único sonido en tu vida.
Cerveza:
ríos y mares de cerveza
cerveza, cerveza, cerveza.
La radio pasa canciones de amor,
mientras el teléfono permanece en silencio
y las paredes se ciernen

y cerveza es todo lo que hay.

De “El amor es un perro del infierno” (Poemas: 1974-1977)


domingo, 1 de mayo de 2016

"La calle de los caídos: (la TV)" - Felipe Polleri (2013)




Extraído de "Todos los cuentos" (Irrupciones Grupo Editor, 2013)


(La TV)
Aparece el enano (carita de chiquilín vicioso, puesta como un huevo gris en un nido negro) y saca un revólver gigantesco, un revólver más grande que todo el supermercado.
Fundido en negro.
El conductor del programa, un viejo gordo, teñido de castaño rojizo, anuncia “sangre” y “tiroteos” y “más, más y más”. Corte.
Nina en la ducha se acaricia un hombro desnudo y le sonríe a la cámara.
-Dicen que la sangre se lava con sangre. Yo prefiero usar MACBETH: el-jabón-que-lava-hasta-la-sangre –dice Nina-. Siete de cada diez ladrones de supermercado usan MACBETH. Favorece la cicatrización y humecta la piel seca por la fiebre y el delirio. MACBETH es el jabón de los malheridos, de los agonizantes.
Fundido en rojo.
Primer plano del revólver más grande que todo el supermercado.
Primer plano de una bala.
Corte.
-Solo los muertos no usan MACBETH –agrega Nina, y el camarógrafo recorre sus largas piernas hasta encontrarme (desnudo y ensangrentado y muerto) en el piso de la ducha-. ¡NO TE MUERAS, RATA!
Fundido en rojo. Aparece el viejo teñido y señala la pantalla gigante: Nina, con una escopeta, y yo, con ese revólver más grande que el supermercado, acribillamos a dos guardias de seguridad y a una cajera y a una familia que estaba haciendo el surtido y a tres consumidores más. Y seguimos avanzando hacia el botín, parapetándonos en las góndolas y en UNA JOVEN MADRE EMBARAZADA DE SIETE MESES. La policía, diez patrullas con sirenas y armas largas, nos hace frente; los picamos finito. Después, nos atacan las fuerzas armadas con aviones y lanzatorpedos…

En la última escena, Nina sonríe extasiada y estira su largo brazo hacia una sola barra de jabón MACBETH y la besa y la aprieta contra su gran corazón y su gran teta izquierda y, por supuesto, yo salto de alegría.

(Ilustración: Toshio Saeki) - Ver más en http://art.vniz.net/en/saeki/

domingo, 24 de abril de 2016

"Milagro" - Raymond Carver (1989)

Van en un vuelo, desde el aeropuerto de Los Angeles
al de San Francisco, los dos borrachos y semitumbados
después de haber sorportado la vista del juicio,
su segunda bancarrota en siete años.
¿Y quién sabe lo que se dijo, si se dijo algo,
en el avión, o quién lo dijo?
Podría tratarse únicamente de una acumulación
de los sucesos del día, o de años y años
de fracaso y corrupción lo que disparó la violencia.
  
Antes, dados la vuelta, crucificados y considerados
muertos, habían quedado igual que la
basura delante de la terminal. Pero
una vez dentro encontraron sus pertenencias,
se refugiaron en el bar del aeropuerto donde bebieron
sin parar dobles bajo un banderín que decía ¡Vamos Dodgers!
Estaban en curda, como de costumbre, cuando se sujetaron
los cinturones de sus asientos y, como siempre, dispuestos
a asumir que era la condición humana universal, esta batalla
entablada continuamente con fuerzas más allá de todo cálculo
fuerzas que superan la comprensión de los humanos.
  
Pero ella está trastornada. No lo puede soportar más
y pronto, sin una palabra, se vuelve
en su asiento y le da codazos. Le da puñetazos sin parar,
y él no hace nada. En el fondo sabe que lo merece
—lo que ella quiera hacerle— que merece
que le peguen por algo, que hay buenas
razones. Y todo este tiempo le sacude en la cabeza,
que se zarandea de un lado a otro, mientras los puños
de ella caen sobre sus orejas, sus labios, su barbilla, protege
su whisky. Se aferra al vaso de plástico como si, sí,
se tratara de un tesoro largo tiempo buscado que tiene
allí en la bandeja de delante.
  
Ella sigue así hasta que a él le empieza a sangrar la nariz,
y entonces la ruega que pare. Por favor, querida,
por el amor de Dios, basta. Es como si su súplica
llegara a la mujer igual que una débil señal de otra
galaxia, una estrella moribunda, pues eso es lo que es,
una señal codificada de otro tiempo y espacio
que pincha su cerebro, recordándole algo
tan perdido que se ha ido para siempre. En todo caso,
ella deja de pegarle, y vuelve a su copa. ¿Por qué para?
¿Acaso recuerda los años de vacas gordas
que precedieron a los de las flacas? Todas las historias
que han compartido, se unen unas a otras, ¿los dos
solos contra el mundo? Imposible. Si de verdad
recordara todo eso y los años hubieran caído
de golpe en su regazo
ella le habría matado allí mismo.
  
Puede que tenga los brazos cansados, y por eso pare.
Digamos entonces que está cansada. Por eso para. Toma
su vaso igual que si no hubiera pasado nada
aunque ha pasado, claro, y a él le duele la cabeza
y le da vueltas. Ella vuelve a su whisky
sin decir una palabra, ni siquiera las usuales
«cabrón» o «hijo de puta». Callada como una muerta.
Él está en silencio como un miserable. Levanta su vaso
con la servilleta bajo la nariz para contener la sangre
y vuelve lentamente la cabeza para mirar fuera.
  
Allá muy abajo, las lucecitas continuas de casas
suben y bajan por un valle de la costa. Allí
abajo es la hora de cenar. La gente se sienta a
mesas puestas, dan las gracias,
manos juntas bajo techos tan sólidos
que nunca volarán de sus casas—casas donde,
imagina él, viven personas honradas que comen, rezan
y cooperan unas con otras. Personas que, si se levantaran
de la mesa y miraran por las ventanas
del comedor, verían una luna llena de setiembre y
justo debajo, como un insecto con luz, el apagado resplandor
de un reactor. Se esfuerza para mirar más allá
del ala, hacia la miriada de luces
de la ciudad que se acercan rápidamente,
el sitio donde los dos viven con otros parecidos a ellos,
el sitio al que llaman su casa.
  
Pasea la vista por el avión. Hay más personas,
eso es todo. Personas como ellos mismos
en cierto modo, personas no completamente distintas
a ellos mismos —pelo, orejas, ojos, nariz, hombros,
genitales— Dios mío, hasta la ropa que llevan
es parecida, y está ese cinturón
que les sujeta por la cintura. Pero sabe que él y ella
no son como los demás, aunque le gustaría ser,
y a ella también le gustaría serlo.
  
La sangre empapa la servilleta. La cabeza llama y llama
pero no puede contestar. ¿Y qué diría si pudiera?
Lo siento ya no están aquí. Se marcharon,
hace años. Desgarran
el tenue aire nocturno sujetos por el cinturón, un marido
que sangra y su mujer, los dos tan quietos y pálidos que
podrían estar muertos. Pero no lo están, y eso es parte del
milagro. Todo esto es un paso de gigante más
en la misteriosa experiencia de su vida.
  
¿Quién podría haber previsto algo de esto años atrás
cuando, sujetando el cuchillo, hicieron
el primer corte profundo en la tarta de la boda?
Y luego el siguiente. ¿Quién lo habría escuchado?
Cualquiera que trajera semejantes noticias del futuro
habría sido echado a latigazos de la puerta.
  
El avión baja, luego se ladea bruscamente. Él le toca
el brazo. Ella le deja. Incluso le coge la mano.
Estaban hechos el uno para el otro, ¿o no? Es el destino.
Sobrevivirán. Aterrizarán y seguirán
juntos, alejándose de este terrible problema
simplemente lo tienen, deben tenerlo.
Sin embargo hay muchas cosas esperándoles, demasiadas
sorpresas desagradables, y pocas exquisitas. Y ahora
tienen que ocuparse de la sangre
de su cuello, de la mancha oscura
que destaca en el puño de la blusa de la mujer.

"Un sendero nuevo a la cascada: últimos poemas" (1989)



"La pena inevitable del ave"

domingo, 17 de abril de 2016

Canto ajeno I

Mentiré además mi nombre:
(Carlos también es el nombre de un muerto).
También es cierto que fui alguno,
anduve por los años ajeno a la marea,
los ojos esquivando la orilla también.
Mis huesos nunca se quebraron, ni lloré por amor,
codicié convicciones o cualquier adicción grave,
reflejé sombras, tuve dioses.
Camino todo el día con zapatos desatados
dentro de mi casa alquilada.
Tapo la luz con cortinas blancas,
muevo la luna para que ilumine el patio.
No fui a la guerra donde mataron a mi padre;
escuché en la plaza, un día festivo,
-no fui a su funeral-
que cayó de espaldas en el barro de una laguna
con la pistola cargada y un grito en la garganta.
Yo veo caer la lluvia desde mi ventana y elijo no salir,
releo lo que escribo, corrijo referencias, evito cargos por plagio,
elimino palabras, páginas enteras, apuro mi café a propósito
y presiento un poema que no habla de poesía. 


"Las máscaras del modernismo"

domingo, 10 de abril de 2016

T.E. Hulme (1883 - 1917)

La obra completa de T.E. Hulme (Endon [Inglaterra] 1883; campo de batalla desconocido [Francia] 1917) consta de 5 (cinco) poemas.  Fueron incluidos en la recopilación  de los poemas breves de Ezra Pound "Personae" (Hiperión, 2007) "por camaradería; siguiendo una buena costumbre propia de la Toscana y de Provenza (...) por conveniencia, visto lo delgado de su tamaño y como rememoración, visto que evocan ciertas noches y encuentros de hace dos años (...)"
Vida y obra de Hulme son magníficos ejemplos a imitar en lo que a quehacer literario se refiere: leer mucho, escribir poco y morirse en una escaramuza de proporciones globales.

OTOÑO

Un toque de frío en la noche otoñal,
salí a dar una vuelta
y vi la luna rojiza apoyada en una cerca
como un granjero enrojecido.
Yo no paraba de hablar, aunque cabeceaba,
y en torno estaban las tristes estrellas
con rostros blancos como niños de pueblo.

MANA ABODA

La belleza es el tiempo indeleble, la vibración estacionaria, el éxtasis
fingido de un impulso detenido incapaz de abandonar su fin natural.

Mana Aboda, cuya forma encorvada
es en el cielo en círculo arqueado,
parece quejarse siempre de un dolor desconocido.
Pero un día le oí gritar:
“estoy harto de las rosas y de los poetas cantores;
todos vestidos con ropas que les quedan grandes”.

SOBRE EL MUELLE

Sobre el muelle tranquilo a medianoche,
enmarañada en las desmesuras alturas de los cabos del mástil,
cuelga la luna. Lo que parecía tan lejano
no es más que una pelota olvidada por un niño después de jugar.


EL TERRAPLÉN

(Fantasía de un caballero caído en una noche fría y amarga).

Una vez, encontré el éxtasis en la finura de los violines,
en el brillo de tacones de oro sobre el duro pavimento.
Ahora veo
que la calidez es la materia misma de la poesía.
oh Dios, empequeñece
la vieja sábana del cielo devorada por las estrellas,
que pueda envolverme en ella y descansar tranquilo.

CONVERSIÓN

Iluminado el corazón, me adentré en el bosque del valle
en la época de los jacintos,
hasta que la belleza con traje perfumado
me envolvió y sofocó. Estaba rodeado,
quieto y privado de aliento
por el encanto que es el eunuco propio de ella.

Ahora atravieso el río definitivo
de forma deshonrosa, en un saco, sin ruido,
como cualquier turco fisgón atraviesa el Bósforo.











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domingo, 24 de enero de 2016

Cucurto la puta que te parió (BORRADOR)

Cucurto la puta que te parió
villero alcahuete
A cuántos convenciste que era buena idea
Encajar la palabra puto en un poema
Y lo repiten, Cucurto hijo de puta
Armás libros de mierda que se deshojan cuando los abro
Manchan los dedos, las tapas pintadas,
témpera de la más barata,
diluida con agua de canilla bonaerense,
marrón indeleble de las veces que repitió el ciclo de potabilización.
Cucurto, sorete mal cagado
No hay belleza en tu miseria, te mintieron y nos mentiste
Tus villeros bailan en murgas del conurbano y cogen por el orto para no parir más hijos
Y seguir comiendo fideos y arroz y arroz y fideos por seis pesos
Y amanecer en la bailanta con el vino chispeando los dientes,
Repitiendo la desgracia, y qué hay de hermoso,
Decímelo de pie Cucurto, en repetir la desgracia.
Cucurto, la concha de tu madre,
Tu madre que la quedó en cuatro patas
Chupándose los dedos de gusto
Reclamando a grito pelado la siguiente embestida de la verga de tu padre,
El mismo que cuando tenías un mes se fue corriendo atrás de una tetona que conoció fumando porro en plaza Francia,
Dejándolos, a tu madre y a vos
A tu madre vacía de pija
Y a vos vacío de un puño cerrado para cagarte bien a trompadas
Para gritarte, para escupirte en la cara el aliento de birra y pucho
Que dejes de escribir pelotudeces y vayas a conseguir un trabajo
A tener auto o por lo menos pagarte el colectivo
Y una mujer y un hijo o dos.
Pero vos no Cucurto,
Vos querías ser escritor, dormir hasta el mediodía,
Desayunarte un Jockey rojo y ladrar desde la orilla de tu colchón
La razón que tengo, en cuántas partes se está partiendo el mundo
No hace falta un talento, basta con ser humano.
Querías leer libros prestados
Y pedir prestados discos que no pensabas devolver.
Le restaste cien palabras a un cuento
Te quedaste con pocas, con las más baratas, las que escuchamos en la tele,
Contaste que a una mujer descubriendo que tiene el cuerpo desnudo,
El estómago vacío que nadie va a mover un dedo por ella
Podía ser un buen poema.
Pero no estoy puteando a tu madre Washington,
Estoy puteando a tu mismísima esencia, la que de haber llegado a un ovario hubieras repetido
Si no hubieras ido al baño a deshacerte de la mejor parte de vos mismo...




domingo, 4 de octubre de 2015

"Barrow-on-furness" - Álvaro de Campos

Carta astral de Álvaro de Campos


V
¿Hace cuánto tiempo, Portugal, hace cuánto
vivimos separados? Pero el alma,
esta alma incierta, nunca fuerte o calma,
jamás te descuida, ni bien ni tanto.

Sueño, histérico oculto, un escondite vano...
¿Tánto? Sí, tanto relativamente,
Acabemos con esto y con todo lo demás:
el río Furness, que es el que aquí baña,
sólo irónicamente me acompaña,
que estoy parado y él corriendo tanto.

¡Vamos!, acabemos con las distinciones,
la sutileza, el intersticio, el entre,
la metafísica de las sensaciones:

¡Ah, qué ansia humana de ser río o muelle!


(¿1913?)


(Foto: Archivo de viajes)

domingo, 26 de julio de 2015

Antes de partir

Su cuerpo bajo las ruedas. Girando. Desgarrándose. ¿Quién dijo una vez que no se muere en los sueños? Fue en una película en blanco y negro, o hace tiempo en una cena con amigos. Se duerme para descansar, no para pensar en estas cosas, y mas tarde que difícil es sacarse de la cabeza la repugnancia y el miedo y la seguridad de que el ruido de los huesos que estallan y la sangre que corre por el pavimento son míos. ¿Dolor? Alerta. Otra vez ojos abiertos. Durante cinco segundos no recordó su vida hasta ese momento. Dónde estaba, quién había sido el día anterior, por qué estaba tan cansado, si son las siete de la mañana, cómo pude haberme quedado así, no me da el tiempo para bañarme si quiero desayunar, al menos afeitarme, hoy toca supervisión, Inés, la delegada de nuestro departamento, hace dos meses que no la veo, al menos afeitarme, buena imagen.
El vapor del agua caliente empañaba el espejo. Hace frío, malo para la piel al salir, la reseca, y se le había terminado el alter shave. Que pena, tiene perfume tan agradable, sugiere juventud y limpieza, buena imagen, a ver una crema de Lucía… ésta puede servir. “Para pieles sensibles…”, bien, ojalá no tenga olor a nena. No arde, buena señal. Me veo bien, a ver, disculpe señorita delegada, dígame Inés por favor González, ¿hace cuánto tiempo que nos conocemos?, dos años, es cierto Inés, siempre me olvido, el asunto es que después de la última reunión, debo decir que sus recomendaciones se han aplicado al pie de la letra, me he dado cuenta, y debo agregar que las mejoras en la administración de recursos han evolucionado favorablemente, incluso se redujo el déficit de productividad que arrastrábamos desde principio de año, compartimos la satisfacción González, a todos nos agrada que en primer término nos escuchen y nos reconozcan los esfuerzos, ¿demorás Pa? Me estoy meando, si Lu, ya salgo.
Café con leche, pan de ayer tostado con manteca. ¿Dormiste bien? Bien, mejor no les digo nada del sueño, tétrico. Parado en el medio de la calle, pensando en otra cosa. Un auto repentino, pisando a fondo, distraídos el piloto y el peatón. Un Volvo, creo, golpeado, arrastrado, grito ahogado ya sin vida. Poné azúcar en el azucarero. Hoy es viernes, me invitaron unos amigos a un toque, ¿puedo ir? No sé Lu, sabés que nos da miedo cuando vas a esos lugares, hay mucha droga, mucho loco suelto. ¿Por qué “nos”? Ya tiene diecisiete años, es más inteligente que cualquiera de sus amigas, y no porque sea mi hija, de verdad tiene carácter para enfrentarse a cualquier situación sin alterarse. Aquella vez de noche, tarde, que un vago nos pidió una moneda, yo le dije no, Laura le dijo no y él siguió insistiendo, ya nos habíamos puesto nerviosos, “mirá flaco, ya te dijimos que no teníamos ni una moneda, si tuviéramos ya te la habríamos dado para que dejes de romper las bolas” dijo ella. No jodió más. ¿No te parece? Es muy peligroso para ella. No sé, la verdad es que se está sacando notas muy buenas en todo y hace tiempo que no sale. Creo que no va a haber problema si vas con tus amigas y están todo el tiempo juntas, ¿no te parece? Bueno, vos sos el padre, pero si le llega a pasar algo vas a ser vos el responsable. No te preocupes, yo sé que la nena sabe cuidarse, ¿no nena? Sos un capo Pa. Es la banda que estaba escuchando el otro día y a vos te gustó, los Dame Refugio. Buena onda en el desayuno para variar, solo cuando pide algo y aceptamos, mal aprendida de mierda; es culpa nuestra y de nadie más. Último sorbo, último bocado. Chau Ma, chau Pa. Yo también me voy, chau amor. ¿Puedo hablar con vos un segundo antes que te vayas?
En el dormitorio. Sabés que me cae para el orto que con dos palabras me desautorices frente a Lucía y más para una cosa como esta, date cuenta que es una niña todavía, no pude salir cuando se le da la gana, yo no puedo dormir a la noche mientras ella no llega, mirá si se está acostando con cualquier enfermo que la puede drogar o emborrachar o contagiarle Dios sabe que cosa y me sube la presión que Lucía vuelva tarde o que se quede en la casa de esas amigas que son todas unas turras, unas atorrantas porque yo las escucho hablar, esa Jimena y esa que le dicen la Quiri ya andan cogiendo con los compañeros de clase y los tipos se dan cuenta de eso, no sé como pero se dan cuenta y yo no sé donde están los padres de esas chicas pero a mi me sube la presión hasta las nubes pensando en dónde está con quién y haciendo qué porque no es justo que una se desviva para criarla y ella que me dé solo angustias, pero a vos claro, siempre te dio lo mismo lo que hiciera, que los límites los ponga yo porque lo único que te importa es ser el papá canchero y yo no puedo hacerme la desconforme siempre, no aguanto porque de verdad estoy desconforme y vos que la dejás hacer lo que quiere ¿entendés? Creeme que te entiendo, pero ahora tengo que irme, se me hace tarde. Chau, portazo.
Caminando hacia la parada. Me aburre. Ya sé que a la larga todos terminamos detestando nuestras vidas siempre pensé que me llegaría mucho después y no tan sin avisar, golpeando como el asfalto en la cabeza y pulverizando cualquier sentido, cualquier palabra, financiaciones y refinanciaciones, préstamos amortizables y garantías, preguntas, respuestas, tarjetas de crédito con membresía internacional, un fin de semana en un hotel cuatro estrellas, gris como las vacaciones de un oficinista, la sangre goteando desde los oídos, silencio, estruendo, silencio otra vez, ¿un grito contenido suena hacia adentro?, la boca que se tapa ante el horror, envidiar vidas ajenas hasta no sentir mas culpa, ¿y si es una mentira y estas palabras no son mías? Mezcla uniforme de saliva, sangre y aceite sobre y bajo el pantalón, muerto viviente, una noche en una terminal de ómnibus cualquiera se parece a la muerte, ¿a qué sino?, fecha límite, contrato y contador, me bajo en la que viene.
Buenos días, buenos días, buenos días. ¿Alguien más piensa que es un día pésimo? Escritorio, formularios y baja tensión. Inés que no aparece y el informe listo, algunos errores corregidos y un anexo con información inútil pero que llena los ojos, ojos vacíos pero siempre bien pintados, no economiza esfuerzos cada mañana, ¿qué sentiría al despertar junto a ella? Difícil que suceda pero fácil de imaginar, como el latido que responde o el brazo que se mueve bajo la presión de la hipodérmica, seguro ropa interior de seda que combine con color de cabello, nunca sabré si teñido o tan negro como la noche, confusión de pensamiento y respuesta, nacimiento en la muerte o final a secas, solución total o parcial si continúa, camina y se hace notar con facilidad, así agrada y también controla, vaivén, evoluciona a voluntad, se acerca y buenos días Inés.
De pie y ella también. Única secuencia lógica la de saludo y respuesta. Me encantan tus informes porque siempre te las arreglás para sorprenderme, estos complementos… de verdad se nota que hubo trabajo, es que es grato poder colaborar con gente que se toma en serio su trabajo, halago doble, genial y hasta sonó casual, que no se note respuesta-erección ante estímulo-cercanía, no puede ser peor que un despido el invitar a cenar a la delegada o besarla entre las palabras “rendimiento” y “finanza”, de cualquier modo no dice nada relevante, situación crítica, traslado inminente a terapia intensiva y luces que se apagan y calles que pasan, es verdad, se notó desde la última supervisión ¿Atento? Sí, claro, como el ratón ante el gato o la pólvora ante el fuego, clavo mirada y ella también… ¿ojos o entrecejo?, no aparto, afirmo y parece ceder pero es una mirada no una caricia, seguir o detenerse, escuchar “funcionamiento de área”, toma notas al margen y vuelve a mirar, ¿pensará como yo? ¿Tendrá el mismo miedo a no llegar al hospital, a no tener suficiente sangre, a que se detenga el corazón y la mente? Corto y reanudo contacto, mirada perdida y nunca más encontrada, de vuelta al desierto, al lugar sin nombre, desesperar y pedir por favor, que no dure para siempre lo negro de sangre, agradecimiento y despedida, espalda y reanuda la devolución en otra parte; fin de juego, vana gloria, nueva muerte.

Hora del almuerzo. Cerrar sesión, cola para bajar en ascensor, que baje y se detenga en tres pisos promedio, caminar hasta el super, cola en la rotisería, cola en la caja, esperar el cambio, nuevamente que se ponga verde la luz del semáforo, cola para subir en ascensor, que se detenga en dos pisos promedio, cola para usar el microondas de la cocina, sostener la bandeja con comida caliente hasta que se desocupe un sito en la mesada del comedor, almorzar antes de que se enfríe, cola en el dispensador de agua. Es tan fácil perder la razón si cada día que pasa ya pasó, si cada sorpresa ya es antigua como el agua, si cada paso del cuarto de hora que me queda me lleva otra vez rumbo a la calle a respirar por lo menos una bocanada de aire inmundo. Y González, ¿que tal la entrega del informe? Bien, ahora queda afinar el tema de los préstamos, ¿y el culo de la Inés? Bien, ahora queda el tema de enfiestarla, nos vemos adentro. Despreocupado, le fue bien en la lobotomía y cómo me irá a mi con los tubos en la nariz y el cuerpo en la camilla, los pies en la calle y el grito en el suelo, ¿Lucía podrá vivir sin mi?, un pico de dolor adelanta que ya no más, que no vuelve y que se va y confirma que los desquiciados son los demás, yo por lo menos persigo mi sueño aunque sea el de esta mañana, el de la caricia del pavimento en la cara, el de no saber si estoy sin moverme en mis dos pies porque no quiero salir del medio de la calle o si el impacto que me derribó fue tan tremendo, tan estallido, tan de muerto vivo que le queda aliento para preguntarse de donde salen las voces mi voz los gritos mis gritos, si de verdad puedo verme o si no estoy mas aquí.



Duda razonable

Puede ser
que la gravedad sea mentira,
la física nos mantuvo engañados,
tantos años de cabeza entre las nubes
de ojos vueltos a la niebla
que heredamos la ceguera en la sangre;
tanto que levantamos la frente
mientras alabamos la desgracia.
“Es soberbia una roca sepultada

Y la poesía suena igual al silencio”.
Tal vez
la manzana de Newton
se detuvo a la altura de la rama
el mono desciende del hombre
el mundo se creó en un mes
el sol, durante un año(o mil)
se desplaza soberbio desamparado
en torno a un planeta ridículo
que no Galilei, NO se mueve.

Hielo a cien centígrados,
la madera descorre al diamante
cuando la llama la abandona,
todo florece en invierno,
el verano desvanece la vida
la tierra, las alas, los espejos.



 

domingo, 19 de julio de 2015

Vertical

La canasta básica debería incluir un paracaídas:
un anticipo para el día del desplome.
Hace falta,
por lo menos aplazar el cimbronazo inevitable.

Es lo mismo si son diez metros
o cuatro mil pies,
la caída sigue siendo vertical,
y de arriba hacia abajo.

El miedo jurásico al impacto
no desaparece con el último aliento al ras del piso.
Propongo demorar la caída libre
del abrazo incondicional del suelo;
a una distancia adecuada de la tierra,
sobrevivir equivale a cero.

Ni las nubes duran tanto en las alturas,
El agua que hoy es nube
Mañana es río de verano

Al barrilete, su pariente cercano, lo enlaza un hilo inflexible,
engaña cuando se mueve por el viento,
no es libre, ni un símbolo),

El albatros baja en picada a pescar
Su descenso es voluntario,
Un ejemplo majestuoso
para los que tiemblan frente al precipicio
y buscan el motivo para inclinarse ante el aire.

Aconsejo entonces una tregua ante la ley de gravedad,
que sea asunto del lastre del cuerpo
multiplicándose a cada centímetro 
y que la tela decida que todavía es ilusión
el salvaje último sueño
del abrazo de cemento.

Agosto 2012


domingo, 7 de junio de 2015

"Los muertos" (finale); James Joyce (Dublineses, 1914)

     Gabriel se sintió humillado por el fracaso de su ironía y ante la evocación de esta figura de entre los muertos: un muchacho que trabajaba en el gas. Mientras él había estado lleno de recuerdos de su vida secreta en común, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figura ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo. Instintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la vergüenza que le quemaba el rostro.
       Trató de mantener su tono frío, de interrogatorio, pero cuando habló su voz era indiferente y humilde.
       -Supongo que estarías enamorada de este Michael Furey, Gretta -dijo.
       -Me sentía muy bien con él entonces -dijo ella.
       Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que sería tratar de llevarla más lejos de lo que se propuso, acarició una de sus manos y dijo, él también triste:
       -¿Y de qué murió tan joven, Gretta? Tuberculoso, supongo.
       -Creo que murió por mí -respondió ella.
       Un terror vago se apoderó de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, algún ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre él, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para echársele encima. Pero se sacudió libre con un esfuerzo de su raciocinio y continuó acariciándole a ella la mano. No la interrogó más porque sentía que se lo contaría ella todo por sí misma. Su mano estaba húmeda y cálida: no respondía a su caricia, pero él continuaba acariciándola tal como había acariciado su primera carta aquella mañana de primavera.
       -Era en invierno -dijo ella-, como al comienzo del invierno en que yo iba a dejar a mi abuela para venir acá al convento. Y él estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir y ya le habían escrito a su gente en Oughterard. Estaba decaído, decían, o cosa así. Nunca supe a derechas.
       Hizo una pausa para suspirar.
       -El pobre -dijo-. Me tenía mucho cariño y era tan gentil. Salíamos a caminar, tú sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su salud.   Tenía muy buena voz, el pobre Michael Furey.
       -Bien, ¿y entonces? -preguntó Gabriel.
       -Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir acá para el convento, él estaba mucho peor y no me dejaban ni ir a verlo, por lo que le escribí una carta diciéndole que me iba a Dublín y regresaba en el verano y que esperaba que estuviera mejor para entonces.
       Hizo una pausa para controlar su voz y luego siguió: -Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando oí que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no podía ver, por lo que corrí abajo así como estaba y salí al patio y allí estaba el pobre al final del jardín, tiritando.
       -¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? -preguntó Gabriel.
       -Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.
       -¿Y se fue? -preguntó Gabriel.
       -Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el día que supe que, que se había muerto!
       Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.
       Ella dormía profundamente.
       Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin resentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se posaron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.
       Quizás ella no le hizo a él todo el cuento. Sus ojos se movieron a la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón del corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella, también, sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las rodillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llorando y soplándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí: ocurrirá muy pronto.
       El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cuidado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.
       Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.

       Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.