viernes, 18 de septiembre de 2026

Canción

No faltan vergüenzas
no faltan espantos,
no falta lo que detiene 
los pies de los pasos.

No falta el aullido

que despedaza la nada, 

no faltan los fuegos

para coronar la madrugada.


No falta la noche certera

que obliga a olvidarnos del día

ni la sombra imprevista

amarga, impaciente, verdadera.


No faltan los muros de piernas

que con besos animales abren

que ceden frente al dolor

que completan, encierran, arden.


Falta el rocío, el aliento, las ansias,

falta el juego, la fruta, el desentierro, 

falta la risa, el aire, las alas, 

falta un vigía, un viento, un trueno.


jueves, 3 de septiembre de 2026

Luz del cielo

 La luz roja que parpadeaba en el centro de la consola solo podía significar una cosa: fuego. En ese momento la nave comercial GC 309 estaba a cargo del cadete Jor. Joven e inexperiente, se inmutó muy poco y con calma revisó el manual para identificar con claridad el desperfecto que, según él, no debía ser más grave que una variación en la temperatura de la carga o un exceso de velocidad debido a la inercia de algún planeta cercano. 
    Fue más serio de lo que se imaginaba: la luz titilante informaba que el motor número tres de los seis que tenía la nave se estaba incendiando. Aterrado, Jor sólo atinó a llamar al capitán Anika que descansaba en su camarote. 
    El capitán despertó de un sueño intranquilo al sonar el intercomunicador. Inició el diálogo con un insulto fuerte; había dado órdenes expresas de no ser molestado. 
    -¡Capitán! –gritó el joven cadete-. El motor número tres se está incendiando y el fuego se puede extender hasta el número cuatro. ¡Venga rápido, por favor!
    Enseguida estuvo junto a Jor, y segundos después, el puente de control bullía de órdenes, contraórdenes; consejos y especulaciones. El diagnóstico no se hizo esperar; la falla se debía a una fisura en el filtro de combustible, que había generado una explosión. Ahora el motor número tres estaba inutilizado y el número cuatro se encontraba a punto de estallar. 
    El pánico fue general: todos sabían que los seis motores compartían las tuberías de combustible, y que si el fuego se seguía expandiendo la nave quedaría inutilizada. Además del miedo a una muerte terrible, también la idea de la salvación atemorizaba, pues se encontraban en un sistema prácticamente desconocido y sin muchas esperanzas de regresar. 
    Los ingenieros de a bordo planearon un procedimiento desesperado: provocar una explosión que desprendería los motores descompuestos para que los otros no se vieran perjudicados. Rápidamente todos trabajaban con sus tareas bien definidas: los obreros colocando cargas explosivas en los motores y los técnicos haciendo los arreglos informáticos necesarios. Todo estuvo listo en menos del tiempo planeado. 
    Una explosión estremeció la nave. Los tripulantes observan. Algo salió mal, colocaron demasiadas cargas. Al vacío espacial caen los motores número tres, cuatro y cinco. Con ellos, la carga entera de minerales que transportaba la nave. La tripulación sabía que esto podía valerles un juicio al llegar, pues la pérdida de la carga podía hacer pensar en un intento de fraude al seguro. El capitán Anika debió convencer a sus hombres y calmarlos prometiendo hacerse cargo de las explicaciones al llegar y diciendo que sin la carga, la nave más ligera tardaría menos tiempo en llegar a destino porque la potencia de los motores restantes era más que suficiente. Quería tranquilizarlos y también reducir la posibilidad de un motín. Habló de la importancia del trabajo en equipo y del valor de la vida por sobre lo material. Una nube de aplausos epilogó sus palabras. 
    Mientras tanto, la carga y los motores defectuosos de la nave se friccionaban e incendiaban entrando en la atmósfera de un pequeño planeta azul que pronto dejaron atrás. 

Desde la tierra, en un pesebre, un hombre mira el cielo. Su hijo acaba de nacer. Crédulo, se dirige a su esposa.

-María, nos han enviado una señal.


domingo, 30 de agosto de 2026

Una caja de madera de cedro

 Una noche húmeda desperté inquieto. Mi cuerpo estaba empapado en sudor y mi garganta seca. Tardé unos segundos en despojarme del nerviosismo que un sueño tenebroso dejó grabado en mí. Busqué encima del mueble la jarra con agua, pero estaba vacía. El único modo de conseguir algo para beber era bajar hasta el patio interior del caserón y sacar agua del aljibe. Parecía ser bastante tarde, pero la sed que sentía era demasiada así que inicié mi descenso para satisfacer mi necesidad. 
    El corredor era largo y oscuro. No llevé una vela pues conocía de memoria cada rincón de la enorme casa; avanzaba seguro en las tinieblas. Mientras me acercaba a la puerta del dormitorio de mi patrón, el señor Falabella, escuché una respiración entrecortada y un crujido rítmico que ganaban volumen con cada uno de mis pasos.
 Esto no me habría llamado la atención si Virginia, la esposa del patrón se encontrase en casa, pero había partido en un corto viaje a la ciudad para asistir a un concierto de un famoso intérprete extranjero. No necesité especular demasiado para descubrir con quién se estaba revolcando el señor en su cama matrimonial: estaba con Guadalupe, la mucama que habían contratado hace un tiempo atrás. Recordé que en varias ocasiones la había observado mientras dedicaba a nuestro jefe miradas cargadas con una mezcla de apetencia y cariño. Abandoné mi proyecto de tomar agua y volví a mi habitación, temeroso de ser descubierto por los dos fogosos amantes. 
    No volví a dormir, reflexionando. Una desaforada alegría me tomó por las manos y me impedía pensar en otra cosa que no fuese lo que acababa de presenciar. ¡El señor Falabella infiel a su esposa! Había encontrado una mancha que mi querida Virginia no podría ignorar. Todavía revivo que la adoré desde mi primer día en la casa. Soporté fácilmente los abusos a los que me encadenaba el patrón solo para poder verla. Por cada palabra perversa que me dedicaba y cada tarea pesada que me encargaba, recibía de ella un consejo gentil o un vaso de limonada fría hecha con sus propias manos. 

Yo era algo así como un esclavo: podía hacer las veces de jardinero como podía lavar la ropa, limpiar dentro y fuera de la casa, cocinar cuando Guadalupe se encontraba indispuesta o cansada; en fin todo lo necesario para en mantenimiento del caserón y también cumplir con las obstinadas extravagancias del señor Falabella. A pesar de todo esto era conciente de que solo no me habían despedido por la intervención de mi señora, quien me comenzó a apreciar algunas semanas después de mi llegada a la casa. 

El joven matrimonio acababa de mudarse a la casona alejada de la ciudad por varias leguas. Yo acababa de cumplir la mayoría de edad y me inundaba el desasosiego de tener que vivir y trabajar en un hogar que no era mío y tan distinto de lo que había conocido hasta entonces: una casa de veinte habitaciones y varias hectáreas de campo era habitar una dimensión desconocida. Acepté el trabajo de inmediato porque la paga era más que suficiente y mi familia necesitaba mucho el dinero. El patrón era un hábil hombre de negocios, heredero de un astillero y una fortuna que hubiera bastado para retirarse a una vida cómoda sin necesidad de trabajar, pero como nunca es suficiente si se puede tener más continuó llevando adelante la firma de sus antepasados. Como lo exigía su profesión era un hombre frío, calculador, insípido. Los primeros días se mostró paciente y contemplativo, pero más adelante deduje que lo hacía para familiarizarme con sus caprichos.

Durante más o menos un mes fui un fantasma en la casa, solo cumplía con mis tareas y casi no emitía palabra. Creía que cualquier gesto o expresión delataría mi fascinación por Virginia, quien en todo momento intentaba a las claras hacer más llevadera mi esclavitud pasiva. 

Como todos los días, una tarde me encontraba limpiando la nutrida biblioteca que usaba solo la señora. Era casi su única actividad aparte de tocar maravillosamente el piano. Me saludó con timidez a pesar de que ya era un inquilino permanente en su hogar y se sentó en uno de los amplios sillones para leer un libro de tapas rojas. Como la lectura también era una de mis afinidades, lenta y astutamente trasladé mi tarea hasta cerca de ella para descubrir qué estaba leyendo y así iniciar una conversación que no se refería a los asuntos diarios. A partir de ese día organicé mis quehaceres de tal modo que el aseo de la biblioteca coincidiera con sus horas de lectura. 

Descubrimos uno en el otro gustos y preocupaciones muy similares; un debate acerca del significado de un verso podía hacerme olvidar fácilmente de mis obligaciones, lo cual advirtió el patrón en cuestión de pocos días. De todos modos, el menosprecio que sentía por mí era tal que no le preocupaba en lo más mínimo que yo fuera una amenaza para la fidelidad de su esposa; yo era poco más que un mueble dentro de su mansión. 

Cierto día un viaje de negocios lo hizo ausentarse durante un fin de semana. Para ese entonces, mi amor por Virginia era tan absoluto que me impedía pensar en otra cosa que no fuera ella. Esperé hasta la hora de la cena, le serví su plato favorito y me instalé en la biblioteca a leer los tercetos finales de cierto canto. Algunos momentos después ella entro también y cerró la puerta tras de sí. Con palabras torpes e inseguras le declaré mi amor: no hice más que decirle la verdad y no me importó si lo hacía de un modo prolijo y ordenado. Ella me escuchaba mirando hacia un punto fijo en la alfombra, sin contestarme. La besé con fuerza para no darle oportunidad de que se negara. Me miró con sus ojos grandes, se peinó con la mano los largos cabellos del color del trigo y me dijo que estaba cometiendo una falta de respeto hacia ella y su marido, quien me había confiado la responsabilidad de cuidar su hogar durante su ausencia y yo le pagaba de esta manera tan vil y traicionera. 

Salí corriendo de la biblioteca hasta mi habitación, avergonzado por haber desnudado mis sentimientos y por haber sido tan brutalmente rechazado. Sin duda le contaría al señor Falabella de mi descaro y con suerte me despediría, eso si no decidía en un ataque de furia y celos acabar con mi vida de una cuchillada. 

Temblaba de miedo pensando en lo que podía ser mi destino cuando unas levísimas manos golpearon a mi puerta. No dijo nada, se limitó a poner su dedo sobre mi boca, lo que interpreté como un pacto de silencio mutuo. Dejó caer su vestido y se recostó en mi cama. 

No volvimos a hablar sobre esa noche. El patrón regresó y los días recobraron su usual angustioso ritmo. Nuestro contacto se redujo a sencillas conversaciones sobre cualquier cosa rutinaria. Por este tiempo contrataron a Guadalupe porque el patrón juzgó que mi desempeño ya no era el mismo, y fue aquí cuando Virginia se interpuso en el camino de mi casi inevitable despido. Pero tampoco la nueva empleada era demasiado eficiente: todo el tiempo cometía errores y torpezas que el señor Falabella ignoraba, ahora sé que concientemente. Ella era un poco más joven que yo, huérfana y poseedora de una belleza ordinaria. En varias ocasiones se me insinuó, pero los sentimientos que albergaba para mi señora eran demasiado honestos para ensuciarlos tan fácilmente y no me costó negarme. Sin duda el patrón no pensó de la misma manera. 


El sol brilló de pronto. Virginia llegaría a media mañana y yo no podía esperar para recibirla, y menos aún para encontrarla en su habitual momento de lectura cuando sin duda le informaría de la infidelidad de su esposo. Es cierto que no era novedad una aventura del señor Falabella, ambos lo sabíamos, pero esta había sucedido dentro de su hogar, en su propia cama matrimonial: sin duda algo imperdonable. No esperaba que se arrojara en mis brazos, pero mi intención era que nuestra situación se volviera un poco más cómoda. 

Mi señora llegó a la casa todavía emocionada por el concierto al que había asistido la noche anterior. Durante el almuerzo no paró de hablar sobre el virtuosismo del intérprete, su inteligencia, la rapidez con la que había aprendido nuestro idioma, su sensibilidad y elegancia. El patrón no le prestaba demasiada atención, pero yo escuchaba cada palabra desde la cocina. Ni siquiera miraba a Guadalupe. Era parte importante de los hechos que se habían sucedido, pero aún así la ignoré por completo.

Limpié tres veces la biblioteca, pero Virginia no apareció. La encontré sentada al piano, tocando una melodía con notables cambios de cadencia, pero siempre fascinante. Ella tocaba con los ojos cerrados, como saboreando cada nota con sus finos labios. Quedé tan ensimismado con esa imagen que estuve parado hasta que acabó la pieza, simplemente mirándola. Le dije que debía hablar con ella en privado. 

Le relaté todo lo ocurrido la noche anterior y me alteró su apatía ante la revelación. Dijo cosas que ambos sabíamos: que estaba al tanto de las constantes infidelidades de su esposo, pero que no podía hacer sino convivir con ello y sobrellevarlo de la manera más digna posible. Refloté el tema de mi amor incondicional pero para ella claramente no era un tema relevante, pues aquí me relató su encuentro con el tal famoso pianista, que no se reducía a un simple diálogo sobre música. 

Este fue el momento exacto cuando el mundo dejó de tener sentido. Ella se levantó después de decir que nuestro encuentro en mi habitación se debía a un poco de vino tinto que había bebido y al aprecio que sentía por mí, pero nada más que eso. No la quise volver a ver, me recluí en mi habitación fingiéndome enfermo. Allí tomé una determinación: su corazón debía ser mío, y de ser posible esa misma noche. 

Saqué de la biblioteca un par de libros: uno que enseñaba cómo preparar un poderoso somnífero y otro grueso tomo de una colección sobre el antiguo Egipto. Preparé el brebaje en silencio; en silencio lo coloqué en las jarras de donde beberían agua los tres habitantes de la casa y aguardé sus efectos, que fueron inmediatos. 

Bastaron un poco de sal, aserrín, arena y un filoso cuchillo para cumplir mi objetivo. Dentro de una pequeña caja de madera de cedro coloqué mi magnífico trofeo que me obligaba a amarla por siempre. 


domingo, 21 de junio de 2026

Sequía

Aquella noche fue todo un éxito.

lo vi y también me lo contaron,

y cada nuevo relato me resultaba un poco más gracioso.


Una mujer serena y desgarbada,

no sabíamos mucho sobre ella,

imaginamos que tenía un trabajo

al que odiaba;

y atravesaba un bloqueo creativo

hacía más de veinte años,

pero solo lo imaginamos.

Alta y liviana,

recorría esos diminutos hospicios

donde se juntan cada quince días

algunos poetas y sus amigos

a beber y fumar

y a limitarse a la pena

como único tema.

Su acto era el siguiente:

dejaba caer objetos cotidianos al suelo

(elementos ordinarios, baratos, multiformes)

y los pisoteaba.


Soltaba también algunas frases al aire,

lacónicas.

Casi no leía, lo hacía con el cuerpo

y avanzaba al cierre, siempre el mismo:

extraía de su bolso un frasco minúsculo

casi lleno de gotas de su sangre

que extraía de a poco,

con la cautela con que se manipulan los objetos escasos.

En la sangre mojaba una pluma

y con ella escribía una palabra, una sola,

sobre una hoja, en silencio,

lo exhibía

y ese era el fin de su acto

y el auditorio aserraba el silencio con aplausos, 

cada vez.


Nunca supimos cómo, ni por qué,

un día su acto cosechó fama.

Comenzamos a ver carteles con su cara

en las paredes de los bares que frecuentábamos,

en las avenidas después,

más tarde en contratapas de semanarios

y una breve entrevista al final del noticiero

donde explicó que aquello no era una sátira

sino un manifiesto.


Fue creciendo el auditorio,

y como es lógico,

creció el tamaño del lienzo del gran desenlace,

ya no alcanzaba con una hoja oficio

o A4.

Extendió la duración del acto

para justificar el precio de las entradas

sin modificar el desarrollo, 

ni el gran remate.

Debió aumentar el caudal de las extracciones,

muy de a poco.

Su manager propuso sustituir la sangre

por una mezcla de plasma de cerdo y tinta

pero ella jamás lo aceptó

porque traicionaba el concepto.


Aquella noche,

una de localidades agotadas,

dibujó una palabra sobre el lienzo,

de esas que se balbucean sólo una vez

en la vida.

Acto seguido

se derrumbó

de cara al público

seca

igual a su lienzo.

viernes, 19 de junio de 2026

Realidad aumentada

Desayuno viendo el teléfono,

como cada mañana.

Veo reels de animales de otras latitudes,

cocineros hindúes, 

reseñas de aspiradoras, 

pócimas que eliminan la grasa abdominal, 

elegías de mascotas,

ahogados nudistas, 

la revancha de los Persas.

drones surcando el cielo de Chernobyl.

Entre hashtags y tuits en tiempo real,

las noticias, al unísono,

me informan de un derrumbe,

un desplome de reflejos,

manantial de cifras en caída libre, 

descenso involuntario a cinco mil pies del suelo.

Los medios concuerdan: 

comienza arriba y termina abajo.

¡Es hora del espectáculo!

Veo las rocas que se incorporan a más rocas

en declive constante y obstinado aplomo

desplome

desplome

desplome.

Arrastra los pinos a su paso,

los cauces secos que fueron ríos

y la madriguera del gato montés.

Socavón de lodo de abrazo intrépido,

rigor nefasto 

marea marrón de madera.

La colina, distanciada para siempre del sueño,

es arrullada por una nefasta canción de cuna.

Trueno distante, ruge una bestia desatada,

la sangre del volcán robusto une para sí

tierra con más tierra

hojas muertas, hojas sagaces,

osamenta y arena.

El mapa se borra,

se desarman los márgenes 

terremoto del territorio.

Desde mi pantalla de bolsillo

veo la imagen HD del derrumbe.

No reconocí el escenario

hasta que el primer guijarro

rebotó contra mi puerta.

domingo, 15 de marzo de 2026

Altazor: Canto VI (Vicente Huidobro, 1931)

Alhaja apoteosis y molusco                       

Anudado                           

noche

nudo

El corazón                        

Esa entonces dirección                

nudo temblando

Flexible corazón la apoteosis                    

Un dos tres                      

cuatro

lágrima               

mi lámpara

y molusco

El pecho al melodioso                  

Anudado la joya                            

Conque temblando angustia                    

Normal tedio                   

Sería pasión

Muerte el violoncelo

Una bujía el ojo              

Otro otra

 

Cristal si cristal era                       

Cristaleza                          

Magnetismo                    

sabéis la seda

Viento flor                       

lento nube lento

Seda cristal lento seda                 

El magnetismo                

seda aliento cristal seda

Así viajando en postura de ondulación                 

Cristal nube                      

Molusco sí por violoncelo y joya                            

Muerte de joya y violoncelo                     

Así sed por hambre o hambre y sed                      

Y nube y joya                   

Lento                  

       nube                           

       Ala ola ole ala Aladino                         

El ladino Aladino Ah ladino dino la                        

Cristal nube                      

Adónde               

en dónde

Lento lenta                      

ala ola

Ola ola el ladino si ladino                           

Pide ojos                          

Tengo nácar

En la seda cristal nube                 

Cristal ojos                       

y perfumes

 

Bella tienda                      

Cristal nube                      

muerte joya o en ceniza

Porque eterno porque eterna                  

lento lenta

Al azar del cristal ojos                  

Gracia tanta                     

y entre mares

Miramares                        

Nombres daba                

por los ojos hojas mago

Alto alto                           

Y el clarín de la Babel                   

Pida nácar                        

tenga muerte

Una dos y cuatro muerte                           

Para el ojo y entre mares                           

Para el barco en los perfumes                  

Por la joya al infinito                    

Vestir cielo sin desmayo                            

Se deshoja tan prodigio               

El cristal ojo                     

Y la visita                          

flor y rama

Al gloria trino                  

apoteosis

Va viajando Nudo Noche                           

Me daría                           

cristaleras

 

tanto azar

y noche y noche

Que tenía la borrasca                  

Noche y noche                

Apoteosis

Que tenía cristal ojo cristal seda cristal nube                     

La escultura seda o noche                         

Lluvia                  

Lana flor por ojo

       Flor por nube                          

       Flor por noche                        

Señor horizonte viene viene                     

Puerta                 

Iluminando negro                         

Puerta hacia idas estatutarias                  

Estatuas de aquella ternura                      

A dónde va                      

De dónde viene              

el paisaje viento seda

El paisaje                          

señor verde

Quién diría                       

Que se iba                        

Quién diría cristal noche                            

Tanta tarde                      

Tanto cielo que levanta               

Señor cielo                       

cristal cielo

Y las llamas                      

y en mi reino

 

Ancla noche apoteosis                 

Anudado                           

la tormenta

Ancla cielo                       

sus raíces

El destino tanto azar                    

Se desliza deslizaba                      

Apagándose pradera                    

Por quien sueña                            

Lunancero cristal luna                 

En que sueña                   

En que reino                    

de sus hierros

Ancla mía golondrina                   

Sus resortes en el mar                 

Ángel mío                         

tan obscuro

tan color

Tan estatua y tan aliento                           

Tierra y mano                  

La marina tan armada                  

Armaduras los cabellos               

Ojos templo                     

y el mendigo

Estallado corazón                         

Montanario                      

Campañoso                      

Suenan perlas                 

Llaman perlas                  

 

El honor de los adioses                

Cristal nube

El rumor y la lazada                      

Nadadora                         

Cristal noche

La medusa irreparable                 

Dirá espectro                   

Cristal seda

Olvidando la serpiente                 

Olvidando sus dos piernas                         

Sus dos ojos                     

Sus dos manos                

Sus orejas                         

Aeronauta                        

en mi terror

Viento aparte                  

Mandodrina y golonlina                             

Mandolera y ventolina                

Enterradas                        

Las campanas                  

Enterrados los olvidos                 

En su oreja                       

viento norte

Cristal mío                        

Baño eterno                     

el nudo noche

El gloria trino                   

sin desmayo

Al tan prodigio                

 

Con su estatua                

Noche y rama                  

       Cristal sueño                           

       Cristal viaje               

Flor y noche                     

Con su estatua                

Cristal muerte